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¿Son importantes los tres primeros
años?

Pese a lo arraigada que está la
idea de la importancia de los tres primeros años de vida
en el desarrollo del adulto, otras voces se levantan para echar
por tierra todo lo que se ha dicho sobre el tema. Idalia
De León
Mucho arraigo tiene por estos días
la teoría que deposita en los "primeros tres años
de vida" toda la importancia en el buen desarrollo del futuro
adulto. Más de un libro se ha editado sobre una adecuada
estimulación para la óptima formación del niño.
Los padres de hoy viven preocupados, por procurarles a sus hijos
una infancia feliz y plena de estímulos, como garantía
de una adultez feliz. Sin embargo, otras voces se alzan para cuestionar,
y para, concretamente, rebatir esta corriente de pensamiento, argumentando
que todo obedece a una mala interpretación de los estudios
realizados.
¿Pero qué dice una y qué
dice la otra? Los partidarios de que los tres primeros años
sí son definitivos, y que constituyen el papel en blanco
donde se registra la información que permitirá potenciar
o no el desarrollo del niño, basan su argumentación
en que el 40% de las habilidades mentales del adulto se forman en
los tres primeros años de vida. Concretamente se habla de
que estos años conforman un momento cumbre en el progreso
de las habilidades cognitivas, del lenguaje y de lo que se ha llamado
inteligencia emocional.
Se cree que la mayoría de las
conexiones entre las neuronas se llevan a cabo durante los tres
primeros años de vida; de allí, la importancia que
durante este período se estimulen las conexiones responsables
del lenguaje, los movimientos, de la percepción del espacio,
y de las distancias, revela el diario La Nación de
Argentina, citando a Diane Dodge y Cate Heroman, autoras del libro
Cómo estimular el cerebro infantil. Pero la información
que últimamente lleva a la mayoría de los padres a
estimular (y en algunos casos a sobreestimular) a su vástago,
es la que sostiene que el tiempo para lograr la mayoría de
las conexiones es limitado, y que una vez atravesada la barrera
se pierde la oportunidad de aprovecharlas. Lo que se le está
diciendo a los padres, en otras palabras, es que a tan corta edad
se estructura la base emocional, la capacidad de pensamiento y toda
la estructura de personalidad que definirá al futuro adulto.
Paralela a esta información y
para reforzar desde otro ángulo dicha teoría, salió
al mercado un libro que hasta los momentos sigue teniendo gran impacto
en los responsables de formar a los futuros adultos: El efecto
Mozart, el cual invita a aprovechar el poder de la música
para curar el cuerpo, reforzar la mente y desarrollar el espíritu
creativo. Fue escrito por el reconocido musicólogo Don Campell
en 1997, sin sospechar el efecto que tendría entre las madres,
y mucho menos en las tiendas de discos, las cuales empezaron a recibir
numerosas solicitudes de CD's del famoso músico de Austria.
El meollo del asunto es que Campell sostiene, sencillamente, que
escuchar a Mozart puede lograr que una persona sea más inteligente.
El musicólogo afirma esta idea no por simple capricho, sino
a partir de la investigación realizada por tres científicos
de la Universidad de California. Entre 1993 y 1995, tres especialistas
descubrieron que un grupo de estudiantes de Irving aumentaban la
puntuación en un test de inteligencia después de haber
escuchado la Sonata para dos pianos de Mozart. El punto cumbre
del estudio destaca que los niños menores de tres años
incrementan su capacidad de aprendizaje si escuchan con frecuencia
a Mozart. Pero para el médico John Bruer, la cosa de los
tres años en cuestión no es tan definitiva.
En el libro El mito de los tres años,
escrito después de haber recopilado abundante información
sobre todo lo que se ha dicho sobre los famosos tres años,
el musicólogo afirma que, ciertamente, durante este lapso
suceden en el cerebro eventos importantes en el desarrollo de la
vista o el lenguaje, por ejemplo, pero intenta romper la camisa
de fuerza que amarra la idea de que el disco duro se carga en ese
tiempo y que después no hay chance de ampliarle la memoria.
Señala que el cerebro es capaz de transformar sus capacidades
a lo largo de muchos años, pues, de hecho, su desarrollo
no se detiene a los tres años de edad. Al parecer, el error,
según Bruer, tiene su punto de partida en análisis
parciales de un estudio realizado a niños rumanos huérfanos
que crecieron en orfanatos y que posteriormente fueron adoptados
por familias estadounidenses. Incluso, un trabajo publicado en el
diario El Mundo de España, afirma que uno de los investigadores
en el estudio del efecto Mozart, se sorprendió por la manera
en que fueron interpretados los resultados del trabajo que realizó.
Una voz local, la de la psicóloga
clínico, Cecilia Cortés, afirma que durante los tres
primeros años de edad se desarrollan habilidades específicas
ligadas a los sentidos, el chico experimenta con su cuerpo a plenitud,
y se entrega a las nuevas experiencias de aprender hablar, caminar
y dominar el espacio. "El problema está en que si lo
sobreestimula, el niño no podrá asimilar toda la información
con la calma suficiente. Los padres se preocupan mucho porque sus
hijos sean mejores que ellos, y empiezan a averiguar para ver cuál
es la nueva tendencia en psicología y cumplirla a rajatabla.
La música es relajante, te permite meditar, eso es cierto;
pero no es que la música active de por si la inteligencia".
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| A
favor de los niños |
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Si bien no se ha dicho la última
palabra con relación a este tema, algunos expertos
recomiendan no casarse con ninguna teoría, y no desechar
las dosis de sentido común que posee cada padre a la
hora de asumir la tarea de criar un hijo. En este sentido,
la psicóloga Cecilia Cortés, enfatiza que los
padres tienen que sentirse más seguros con lo que son
y con la educación que recibieron. No deben descalificar
el potencial que tienen ni muchas de las enseñanzas
que les fueron inculcadas en su niñez. Varias recomendaciones,
que no obedecen exclusivamente a una u otra postura siguen
y seguirán siendo válidas cuando del buen crecimiento
y desarrollo de los niños se trata. Algunas de ellas,
parten del propio instinto básico, y otras de los estudios
realizados por los profesionales vinculados con el tema pero,
en resumen, constituyen un buen punto de partida para formar
a los adultos del mañana. Aquí, algunas de ellas:
Comunicación
Háblele a su hijo, escúchelo cuando él
se exprese (así usted no comprenda lo que dice); motívelo
a gatear y a caminar cuando usted observe que está
listo. No le exija a su pequeño más de lo que
debe dar de acuerdo con su edad. Todos los niños no
son iguales y desarrollan sus avances en diferentes tiempos.
Hábitos
Créele rutinas y respételas. El procurar que
el niño desarrolle diariamente algunas rutinas fijas
(comidas, siestas, aseo personal) redundará en la formación
de un tipo personalidad estructurada, además de que
le proporciona seguridad.
Sonoridades
Hágale escuchar música, pero no tema a los ratos
de silencio. De éstos momentos de tranquilidad, el
niño aprenderá a registrar los sonidos del ambiente
y a sentir que tiene libertad de expresar sus opiniones de
manera espontánea (y no lo que imponga mamá
o papá). Esta es una de las bases de una buena comunicación
entre padres e hijos.
Observación
Usted, más que nadie, conoce a su hijo. Reconozca cuál
es su temperamento, y en función de este hallazgo,
actúe a favor de su óptimo desarrollo de personalidad.
Paciencia
No viva en función de sus hijos. Esto es, no pretenda
hacer a sus hijos tan perfectos como con su actividad laboral;
dicho esfuerzo se convierte en una carrera sin fin que los
termina transformando en padres perfeccionistas y controladores.
Criar con esta presión, puede formar niños rebeldes
y displicentes.
Amor
Lo más importante. Bríndele amor, seguridad
y confianza a su hijo. Respételo y enséñelo
que este tipo de relación funciona en ambos sentidos.
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