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Esta no es una crónica. Es más
bien el boceto de una futura crónica que no llegará
a ser publicada jamás. Escribo sobre renglones invisibles
palabras que se desvanecen apenas la página se impregna del
olor a tinta. Nada permanece, todo desaparece conforme los planetas
giran y los lectores dan vuelta a las hojas de las revistas. Las
anécdotas de las novelas van sepultándose en la medida
que alcanzamos el momento culminante de la epopeya, una vez resuelto
el conflicto y llegado el desenlace, tan sólo queda un rastro
difuso de ellas, casi inerte. Los héroes se convierten en
fantasmas que duermen o transitan perdidos dentro de casas enmohecidas,
mientras las manillas de los relojes avanzan con rapidez inclemente
y el último grano de un reloj de arena cae a uno y otro lado
sin cesar.
La medida del tiempo es una convención
ineludible y absurda, pues todo termina por sumergirse en las recónditas
aguas del olvido, y para que ese mal, el del olvido, no tome cuerpo
en mí, recurro a la escritura como una forma de asirme a
la vida, como una manera de atrapar lo cotidiano que se me escapa
continuamente, un modo desesperado de retener el instante tercamente
perecedero. Y por más que insisto en la tarea de fijar, por
más fe que ponga en la labor de esculpir en papel los hechos,
de repujar lo acaecido, los personajes, los ambientes, siempre terminan
por difuminarse hasta desaparecer por completo, como la huella estampada
en la arena que implacablemente es desdibujada por el viento. "Necia
rutina de la huida" diría Álvaro Mutis en uno
de sus poemas "
mansa procesión de los días
en su blanca secuencia de horas muertas
".
Y es que el tiempo va disolviendo, como la
llama derrite la cera de las velas, no solamente mis escritos, sino
los rostros, las palabras pronunciadas por labios en mesas de cafés,
las miradas sostenidas después del encuentro amoroso, la
sonrisa victoriosa de mi hija al saltar la cuerda 20 veces seguidas,
el vuelo de las aves, el movimiento de las hojas en la copa de los
árboles, el sonido de cascada en la risa de mis sobrinos.
De modo que es inútil mi insistencia de apresar las horas,
los segundos, de atesorar la memoria de mis días mediante
grafías supuestamente coherentes; es inútil realizar
un fresco de lo vivido, porque, además, lo que represento
no es lo real, sino mi impresión de lo real, mi interpretación
particular de eso real que me conmueve y me lleva a organizar una
historia en renglones invisibles. Historia en la que caben ciertas
anécdotas y no otras, ciertos personajes, no otros, ciertas
atmósferas, no otras; historia construida bajo una perspectiva
casi autocrática. Ya lo afirmaba Barthes en torno a la función
utópica de la literatura (¿dije literatura?) "
la
literatura es obstinadamente irrealista: cree sensato el deseo de
lo imposible." Una ilusión, entonces, es lo que plasmo
en estas páginas, vana ilusión que me lleva al clásico
problema sobre los límites entre realidad y ficción,
tocado dentro de sus obras por autores de la talla de Cervantes,
Shakespeare, Calderón de la Barca, Pirandello y tantos otros.
Casi siempre concluyo mis crónicas,
pues, con la seria duda de hasta qué punto lo que cuento
es realidad, hasta qué punto la realidad no es lo que parece
ser, hasta qué punto esa realidad es una ficción y
todos nosotros formamos parte del gran sueño de algún
personaje. Cabe recordar aquí la trasegada cita de Calderón
de la Barca, "¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una
ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida
es sueño, y los sueños, sueños son."
Qué intento hacer con estos escritos,
con estas cronologías historiadas, entonces, ¿revivir
el pasado?, ¿recostruir el ayer? Si todo texto está
cifrado en la clave de la interpretación, y ésta es
lo único que nos queda a nosotros, seres mortales, ¿será
acaso la memoria el embrión de la realidad? Al tiempo que
borro, rehago y vuelvo a escribir estas reflexiones, al tiempo que
me pregunto y cavilo recurrentemente en torno a estos asuntos, canta
Manuel Franja en la entrada siete del disco Buddha-bar IV:
"Ya no hay tiempo, no queda más tiempo. Escucha el dolor
en mi voz, el silencio entre los dos
"
rosa_elena_perez@hotmail.com
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