- Backstreet's back
- Hace calor, hace calor
- Plastilina, besos y humor. Desde Irlanda a Caracas
-
El Monitor de pasea por la música. Preguntas a Ana Karina Casanova

 CRONICA
- Boceto
- Patricia Velásquez
Una dama de buenas raíces
- Querida mamá...
- Alberto de Castro
"Durant y Diego soy yo"
- Lindsay Lohan
Se confiesa
- Recetas por partida doble
FAMILIA
- Los tres primeros años
PSICOLOGIA
- Difícil pubertad
SALUD
- 10 aguas...
que curan
SALUD
- Una cuestión de piel
NUTRICION
- Problemas
con la balanza
TENDENCIAS
- Etiqueta en la mesa
BELLEZA
- Cremas
para el rostro
MODA
- Erika está de moda
BAZAR
- Monederos
COCINA
- Cocina gallega
MASCOTAS
- Ojos sanos
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 
  Boceto
Rosa Elena Pérez

 

Esta no es una crónica. Es más bien el boceto de una futura crónica que no llegará a ser publicada jamás. Escribo sobre renglones invisibles palabras que se desvanecen apenas la página se impregna del olor a tinta. Nada permanece, todo desaparece conforme los planetas giran y los lectores dan vuelta a las hojas de las revistas. Las anécdotas de las novelas van sepultándose en la medida que alcanzamos el momento culminante de la epopeya, una vez resuelto el conflicto y llegado el desenlace, tan sólo queda un rastro difuso de ellas, casi inerte. Los héroes se convierten en fantasmas que duermen o transitan perdidos dentro de casas enmohecidas, mientras las manillas de los relojes avanzan con rapidez inclemente y el último grano de un reloj de arena cae a uno y otro lado sin cesar.

La medida del tiempo es una convención ineludible y absurda, pues todo termina por sumergirse en las recónditas aguas del olvido, y para que ese mal, el del olvido, no tome cuerpo en mí, recurro a la escritura como una forma de asirme a la vida, como una manera de atrapar lo cotidiano que se me escapa continuamente, un modo desesperado de retener el instante tercamente perecedero. Y por más que insisto en la tarea de fijar, por más fe que ponga en la labor de esculpir en papel los hechos, de repujar lo acaecido, los personajes, los ambientes, siempre terminan por difuminarse hasta desaparecer por completo, como la huella estampada en la arena que implacablemente es desdibujada por el viento. "Necia rutina de la huida" diría Álvaro Mutis en uno de sus poemas "…mansa procesión de los días en su blanca secuencia de horas muertas…".

Y es que el tiempo va disolviendo, como la llama derrite la cera de las velas, no solamente mis escritos, sino los rostros, las palabras pronunciadas por labios en mesas de cafés, las miradas sostenidas después del encuentro amoroso, la sonrisa victoriosa de mi hija al saltar la cuerda 20 veces seguidas, el vuelo de las aves, el movimiento de las hojas en la copa de los árboles, el sonido de cascada en la risa de mis sobrinos. De modo que es inútil mi insistencia de apresar las horas, los segundos, de atesorar la memoria de mis días mediante grafías supuestamente coherentes; es inútil realizar un fresco de lo vivido, porque, además, lo que represento no es lo real, sino mi impresión de lo real, mi interpretación particular de eso real que me conmueve y me lleva a organizar una historia en renglones invisibles. Historia en la que caben ciertas anécdotas y no otras, ciertos personajes, no otros, ciertas atmósferas, no otras; historia construida bajo una perspectiva casi autocrática. Ya lo afirmaba Barthes en torno a la función utópica de la literatura (¿dije literatura?) "…la literatura es obstinadamente irrealista: cree sensato el deseo de lo imposible." Una ilusión, entonces, es lo que plasmo en estas páginas, vana ilusión que me lleva al clásico problema sobre los límites entre realidad y ficción, tocado dentro de sus obras por autores de la talla de Cervantes, Shakespeare, Calderón de la Barca, Pirandello y tantos otros.

Casi siempre concluyo mis crónicas, pues, con la seria duda de hasta qué punto lo que cuento es realidad, hasta qué punto la realidad no es lo que parece ser, hasta qué punto esa realidad es una ficción y todos nosotros formamos parte del gran sueño de algún personaje. Cabe recordar aquí la trasegada cita de Calderón de la Barca, "¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son."

Qué intento hacer con estos escritos, con estas cronologías historiadas, entonces, ¿revivir el pasado?, ¿recostruir el ayer? Si todo texto está cifrado en la clave de la interpretación, y ésta es lo único que nos queda a nosotros, seres mortales, ¿será acaso la memoria el embrión de la realidad? Al tiempo que borro, rehago y vuelvo a escribir estas reflexiones, al tiempo que me pregunto y cavilo recurrentemente en torno a estos asuntos, canta Manuel Franja en la entrada siete del disco Buddha-bar IV: "Ya no hay tiempo, no queda más tiempo. Escucha el dolor en mi voz, el silencio entre los dos…"

rosa_elena_perez@hotmail.com l

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso