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Sobreviviente:
al estilo Galápagos

Estas islas tan visitadas, tienen una historia turbulenta. Max Haines

FRIEDRICH RITTER tenía un sueño, pero existía un inconveniente. Tenía una esposa y su sueño no incluía a Frau Ritter.

Friedrich era un médico berlinés que ansiaba escapar de la decadencia de la Alema-nia de los años 30. De hecho, Friedrich creía que todo el mundo era una basura. Soñaba con islas lejanas y la vida tranquila que esperaba a cualquier hombre que tuviera la valentía de hacer ese gran cambio.

Hoy, cuando alguien escucha sobre las islas Galápagos, es natural pensar en Charles Darwin y su Origen de las especies. Sin embargo, las Galápagos, situadas a 1.000 kilómetros de las costas de Ecuador, tienen una historia larga y colorida aparte de la fama que consiguieron por la teoría de Charlie.

Una de las islas del grupo de las Galápagos es Floreana. Fue allí, durante el siglo diecinueve, donde un marinero irlandés, Patrick Watkins, saltó de su barco convirtiéndose en el primer habitante de la isla. Pat era la cautela personificada.
Entre las cenizas de lava criaba verduras y frutas, que las intercambiaba por licor en los barcos visitantes.

Algunas veces, incluso capturaba marineros, que convertía en esclavos. La mayoría del tiempo, Pat se la pasaba borracho. La última vez que se supo algo de él, había remado los 1.000 kilómetros hasta las costas de Ecuador, asistido por algunos marineros.

Cuando Ecuador se hizo cargo de las Ga- lápagos, Floreana se convirtió en una prisión colonial y fue el lugar donde se produjeron varias manifestaciones sangrientas. Pero volvamos a Friedrich Ritter, el doctor con el gran sueño. Friedrich había estudiado las primitivas islas del mundo durante años y decidió que Floreana era justo lo que necesitaba. Tenía la idea de que al vivir primitivamente y rechazar todas las amenidades de la civilización, viviría para siempre.

Había una excepción. Su nombre era Dora Koerwin. Dora, como el médico, tenía deseos de viajar. Pero por desgracia, también tenía un esposo, un viejo maestro de escuela que era un tanto gruñón. A Dora, de 24 años de edad, se le ocurrió una idea fabulosa.

Ella y Friedrich, que en estos momentos no hacían más que pasar cada minuto libre entre las sábanas, presentaron a sus respectivos cónyuges. Estos se llevaron mejor que las salchichas y la mostaza.

En preparación para la gran escapada, Friedrich y Dora pasaron cada noche juntos, comiendo hierbas y frutas del bosque. Frie-drich incluso se sacó todo sus dientes reemplazándolos con dos aparatos cortantes de acero. No tendría dolor de dientes en Floreana.

Friedrich y Dora, quienes podrían haber remado con menos de dos remos en el agua, aterrizaron en Floreana en agosto de 1929.

Floreana no era exactamente un paraíso. Claro que sí que tenía unas playas de arena blanca, pero el agua clara y azul que rodeaba la isla era hogar de cientos de horribles tiburones. Más allá de la playa se extendía un bosque de arbustos pinchudos, cactus y plantas cortantes.

Guiados por un joven guía indio, Friedrich y Dora eligieron un lugar cerca del agua fresca donde establecieron su hogar.

Pasaron los meses. El médico plantó cosechas, que protegía con una alambrada de hierro. El y Dora trabajaban y jugaban al desnudo. Cuando llegaba un yate a la isla, se publicaban en Europa detalles de la existencia de la extraña pareja.

El artículo enfatizaba la vida ideal que el médico alemán y su verdadero amor habían encontrado en el paraíso de la apartada isla.

La publicidad fue el principio del fin para Friedrich y Dora. El luminoso informe de la vida de Floreana atrajo a todo tipo de raritos a la isla. Heinz Wittmer y su esposa Margaret vinieron a la isla. Se asentaron a cierta distancia de Friedrich y Dora y procedieron a considerar, al doctor y a Dora, sus enemigos.

Lo mismo se podría decir del siguiente poblador. Elosie Wagner- Bousquet llegó a la puerta de Friedrich en un burro, acompañada por sus súbditos. La Baronesa, como le gustaba ser llamada, tenía casi 45 años, pero era una mujer bien mantenida, que había decidido con anterioridad convertirse en la reina de Floreana. Llegó con un hombre joven y les dijo a Friedrich y Dora que su esposo se uniría a ella al día siguiente. La Baronesa trajo consigo burros y pollos.

Declaró que su intención expresa era construir un hotel de lujo para millonarios que quisieran venir para escapar de todo. Planeaba llamar al lugar Hacienda Paradiso.
Tras el primer encuentro, Friedrich y Do-ra no vieron a la Baronesa durante dos semanas. Entonces, un buen día, Lorenz, el ayudante de la Baronesa, apareció con una invitación. La Baronesa requería su compañía para una cena.

Para entonces, el doctor, Ritter había estado en Floreana tres años. No le habían invitado a cenar desde que el capitán de un yate que pasaba por allí le había extendido una invitación dos años antes. Aceptó la invitación de la Baronesa.
Friedrich y Dora estaban impresionados con el campamento tan ordenado de la Baro-nesa. La anfitriona estaba vestida con un traje de montar y acarreaba un látigo de lujo. Presentó a su esposo Philippson, un hombre grandote, quien desde el principio parecía estar incómodo por el obvio afecto que la Baronesa profesaba hacia Lorenz.

Después de la cena, los hombres fueron a mirar el ganado, mientras Dora y la Baronesa se quedaron cotilleando. Dora recibió mucha información. La Baronesa empezó con,"Para mí no hay placer más grande en la vida que el glorioso acto de hacer el amor, e incluso eso debe variarse a menudo para darle chispa". Dora asintió. Esta mujer no se aburre. Dora sabía que su juicio no estuvo equivocado cuando la Baronesa dijo, "No sé cuanto tiempo me satisfarán Philippson y Lorenz; espero que lo hagan hasta que aparezca alguien nuevo".

Cuando los hombres volvieron de inspeccionar los burros, o lo que fuera, la Baronesa sin vergüenza alguna probó sus encantos con el médico. Friedrich no le prestó mucha atención. Pronto, Dora y él se marcharon.

Muchas semanas más tarde, cuando el doctor y Dora se encontraron de nuevo con la banda de la Baronesa, era Philippson quien se encontraba como el favorito de la Baro- nesa. Lorenz era únicamente un sirviente. Así es el tortuoso camino del amor.
Según continuaba la vida en la isla, se hizo claro que la Baronesa no era tan buena vecina. Robaba de los Wittmer. Apaleaba y disparaba a los perros callejeros por divertimento. A Lorenz, quien había sido relegado a nada más que un esclavo, se le obligaba a trabajar bajo el ardiente sol todo el día. Desesperado, se escapó para vivir en la jungla.

Un día, ocurrió una cosa extraña. Margaret Wittmer, acompañada por Lorenz, se presentó en la casa de Friedrich. Le dijeron que un gran yate había llegado al puerto de la isla.

El capitán había visitado a la Baronesa y la había convencido de que los mares del Sur tenían mejores islas que le irían mejor a sus visiones futurísticas de Hacienda Paradiso. Ella y Philippson habían empacado lo que pudieron y se fueron en el yate. Ahora Lorenz quería vender las posesiones restantes de la Baronesa para sacar algo de dinero y así marcharse de la maldita isla.

Friedrich y Dora acordaron comprarle las cosas que necesitaran. Unos días más tarde, fueron a la hacienda de la Baronesa. Queda-ron impresionados al ver montones de posesiones personales. De seguro que la Baronesa y Philippson no hubieran dejado tantas cosas sin llevárselas consigo. Dora sugirió, "Tal vez, después de todo, será mejor que no nos llevemos nada ahora. Tal vez no vuelva".

"No te preocupes," gritó Lorenz, "Nunca volverán aquí, ¡nunca jamás!"
El doctor no podía creer que hubiera atracado un yate sin él, o Dora ver a nadie de la tripulación. Le preguntó el nombre del capitán. Los Wittmer y Lorenz no lo sabían. ¿Tal vez el nombre del yate? Maldición, no se habían dado cuenta. ¿Hacia dónde iban? Nadie preguntó. La gente se ha estado haciendo esas preguntas desde entonces, porque la Baronesa y su esposo Philippson nunca volvieron a ser vistos desde que el yate fantasma, supuestamente se les llevara de la isla.

¿Mató el loco de Lorenz a la odiosa pareja y alimentó con sus cuerpos a los tiburones, o simplemente enterró sus cuerpos en algún lugar de la isla?
Los Wittmer, que odiaban a la Baronesa, apoyaron la historia de Lorenz de que ella había abandonado la isla. Hay algunos que creen que Margaret Wittmer tal vez les envenenó y luego le pidió a Lorenz que se deshiciera de los cuerpos.

Con el tiempo, un pequeño barco velero, manejado por un noruego solitario, llegó a Floreana. Friedrich y Dora celebraron una fiesta de despedida para Lorenz y así se marchó para siempre.

El nunca arribó. El y su compañero fueron arrastrados por una tormenta. Sus cuerpos fueron encontrados meses más tarde en Machena, una isla desolada y sin agua.
En 1934, a pesar de su estilo de vida puritano, el doctor Ritter murió envenenado por
alimentos. La muerte fue investigada. En a-quel momento, se sospechó que Margaret Wittmer había puesto un poquito de arsénico en una sopa de pollo, pero no se pudo probar nada. Dora abandonó la isla y regresó a Alemania. Heinz Wittmer más tarde se ahogó en Floreana. l

Ilustraciones: David Márquez

 
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