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  Los cuatro cafecitos que no me tomé
Mónica Montañes

Ultimamente anda rondándome la cabeza la frase esa que dice: Uno no debe arrepentirse de lo que hizo, sino de lo que dejó de hacer.
No es que yo haya dejado de hacer muchas cosas en mi vida, pero sí cargo en el bolsito de los arrepentimientos cuatro cafecitos que no me tomé y que pesan un quintal. Digo cuatro aunque pudieran haber sido muchos más y digo cafecitos aunque quizá esas cuatro personas con las que no me senté a bebérmelos a lo mejor hubieran preferido unos güisquicitos o unos vinitos. Me refiero a más cuatro abuelos, con quienes lamentablemente me pelé al menos cuatro de las mejores conversas que hubiera podido tener en mi vida.
Mi abuelo materno, Esteban Chalbaud, fue nada más y nada menos que edecán de Isaías Medina Angarita, tío de Flor Chalbaud de Pérez Jiménez, autor de varios libros de historia, embajador en un bojote de países, fanático de los toros y de las mujeres bellas, tres de las cuales son las madres de mi mamá y de todos mis tíos, y culpable de regalarme al nacer mi primera minifalda, entre otras miles de picardías que luego se me volvieron costumbre. No sé qué piensan ustedes pero, según yo, un personaje semejante amerita un domingo como éste y mínimo un cafecito para que le hable a uno de lo que le dé la gana.
Otro tanto ocurre con mi abuelo paterno, José Montañés Serena, español y rojo, quien (a pesar de haber sido criado por una hermana mayor que tuvo hasta que murió un inmenso retrato de Franco en la sala) fue gobernador de Cádiz durante la República Española, se le puso el cabello blanco en un campo de concentración en Francia cuando tuvo que huir de su patria, se fue a México donde vivió una pila de años de los que no se sabe un pepino, y, finalmente, llegó a Venezuela, país desde donde reclamó a su esposa e hijos y desde el cual jamás dejó de vaticinar la caída del Generalísimo, fanático también de los toros y de las zarzuelas, culpable, entre otras menudencias, de haberle caído a paraguazos a más de un carrito por puesto que no quiso detenerse a llevarlo al Centro y de haberle vendido la primera enciclopedia al papá del pequeño Ibsen Martínez. Díganme si un caballero de boina negra como este no es como para instalarse a escucharle los cuentos.
Mis dos abuelas no se quedan atrás, así sea nada más porque fueron mujeres de hombres que uno intuye nada fáciles como esos dos. Pero no es sólo por eso. Helene Casterá, mi abuela materna, nació en Burdeos, Francia, hermoso y tranquilo lugar de donde quizá nunca hubiera salido de no ser porque se enamoró perdidamente del cónsul de un país al que jamás había oído nombrar y con quien, sin pensarlo mucho, se embarcó un día en un viaje que le cambió la vida por completo. Era fanática de la moda y de Amador Bendayán, culpable de haberme tejido los títeres de mis primeras obras de teatro de la infancia y de esa sensación de haber sido abandonadas por el hombre amado que tenemos todas sus nietas.
Amparo Laguarda, mi abuela paterna, madre española y sufrida, valga la redundancia, se caló sola y a pulso, con mi papá y mi tía chirriquiticos, toda la guerra española y el principio de Franco, siendo "la mujer del rojo" en medio de una familia franquista, una pila de años, y de sufridera más tarde se montó en un barco con sus dos hijos ya adolescentes a reencontrarse con su marido en un lugar llamado Caracas, donde a pesar de los pesares, ahorrando como una demonia, sacó adelante una familia con títulos universitarios y demás honras. Culpable, entre muchas cosas, de mi imperiosa necesidad de gastármelo todo y de la sensación de ser pariente de los personajes de García Lorca.
En fin que tuve cuatro abuelos sensacionales con quienes nunca pude tomarme esos cafecitos, estaba demasiado pequeña o demasiado adolescente o demasiado ocupada casándome y divorciándome y viviendo, como para darme cuenta de cuánto me iba a arrepentir. Le echo este cuento porque segurísimo que sus abuelos también son fabulosos, y, si usted todavía está a tiempo, suelte esta revista, monte el cafecito e instálese pero ya. l

 
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