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Ultimamente anda rondándome la cabeza
la frase esa que dice: Uno no debe arrepentirse de lo que hizo,
sino de lo que dejó de hacer.
No es que yo haya dejado de hacer muchas cosas en mi vida, pero
sí cargo en el bolsito de los arrepentimientos cuatro cafecitos
que no me tomé y que pesan un quintal. Digo cuatro aunque
pudieran haber sido muchos más y digo cafecitos aunque quizá
esas cuatro personas con las que no me senté a bebérmelos
a lo mejor hubieran preferido unos güisquicitos o unos vinitos.
Me refiero a más cuatro abuelos, con quienes lamentablemente
me pelé al menos cuatro de las mejores conversas que hubiera
podido tener en mi vida.
Mi abuelo materno, Esteban Chalbaud, fue nada más y nada
menos que edecán de Isaías Medina Angarita, tío
de Flor Chalbaud de Pérez Jiménez, autor de varios
libros de historia, embajador en un bojote de países, fanático
de los toros y de las mujeres bellas, tres de las cuales son las
madres de mi mamá y de todos mis tíos, y culpable
de regalarme al nacer mi primera minifalda, entre otras miles de
picardías que luego se me volvieron costumbre. No sé
qué piensan ustedes pero, según yo, un personaje semejante
amerita un domingo como éste y mínimo un cafecito
para que le hable a uno de lo que le dé la gana.
Otro tanto ocurre con mi abuelo paterno, José Montañés
Serena, español y rojo, quien (a pesar de haber sido criado
por una hermana mayor que tuvo hasta que murió un inmenso
retrato de Franco en la sala) fue gobernador de Cádiz durante
la República Española, se le puso el cabello blanco
en un campo de concentración en Francia cuando tuvo que huir
de su patria, se fue a México donde vivió una pila
de años de los que no se sabe un pepino, y, finalmente, llegó
a Venezuela, país desde donde reclamó a su esposa
e hijos y desde el cual jamás dejó de vaticinar la
caída del Generalísimo, fanático también
de los toros y de las zarzuelas, culpable, entre otras menudencias,
de haberle caído a paraguazos a más de un carrito
por puesto que no quiso detenerse a llevarlo al Centro y de haberle
vendido la primera enciclopedia al papá del pequeño
Ibsen Martínez. Díganme si un caballero de boina negra
como este no es como para instalarse a escucharle los cuentos.
Mis dos abuelas no se quedan atrás, así sea nada más
porque fueron mujeres de hombres que uno intuye nada fáciles
como esos dos. Pero no es sólo por eso. Helene Casterá,
mi abuela materna, nació en Burdeos, Francia, hermoso y tranquilo
lugar de donde quizá nunca hubiera salido de no ser porque
se enamoró perdidamente del cónsul de un país
al que jamás había oído nombrar y con quien,
sin pensarlo mucho, se embarcó un día en un viaje
que le cambió la vida por completo. Era fanática de
la moda y de Amador Bendayán, culpable de haberme tejido
los títeres de mis primeras obras de teatro de la infancia
y de esa sensación de haber sido abandonadas por el hombre
amado que tenemos todas sus nietas.
Amparo Laguarda, mi abuela paterna, madre española y sufrida,
valga la redundancia, se caló sola y a pulso, con mi papá
y mi tía chirriquiticos, toda la guerra española y
el principio de Franco, siendo "la mujer del rojo" en
medio de una familia franquista, una pila de años, y de sufridera
más tarde se montó en un barco con sus dos hijos ya
adolescentes a reencontrarse con su marido en un lugar llamado Caracas,
donde a pesar de los pesares, ahorrando como una demonia, sacó
adelante una familia con títulos universitarios y demás
honras. Culpable, entre muchas cosas, de mi imperiosa necesidad
de gastármelo todo y de la sensación de ser pariente
de los personajes de García Lorca.
En fin que tuve cuatro abuelos sensacionales con quienes nunca pude
tomarme esos cafecitos, estaba demasiado pequeña o demasiado
adolescente o demasiado ocupada casándome y divorciándome
y viviendo, como para darme cuenta de cuánto me iba a arrepentir.
Le echo este cuento porque segurísimo que sus abuelos también
son fabulosos, y, si usted todavía está a tiempo,
suelte esta revista, monte el cafecito e instálese pero ya.
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