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  Veneno para erratas
Rosa Elena Pérez Mendoza

 

Si se descubre algún veneno para esta plaga, más fuerte al parecer que la que representa el roedor al que sugerimos en el título, muy seguramente editores, escritores, periodistas y correctores estaremos profundamente agradecidos de ese hallazgo que literalmente fulminaría a las erratas, ya que a medida que se publican nuevos y específicos diccionarios y enciclopedias, así como también se perfeccionan tecnologías con el fin de corregir ortografía y gramática en los documentos de las computadoras, en medio de esta sociedad de la información, resulta curioso que en esa misma medida proliferen los fallos del lenguaje en las publicaciones. Es, en definitiva, una paradoja a la que los profesionales de la pluma estamos permanentemente expuestos a la hora de hacer públicos nuestros escritos.

Haciendo una revisión de la opinión que sobre este tema han expresado algunos hacedores de este oficio nos topamos con protestas, disgustos y chistes nacidos de este singular desliz. El mexicano Alfonso Reyes, por ejemplo, definió la errata como una “especie de viciosa flora microbiana siempre tan reacia a todos los tratamientos de la desinfección”. El escritor norteamericano Mark Twain dijo: “Hay que tener cuidado con los libros de salud; podemos morir por culpa de una errata”. Así como el escritor español Ramón Gómez de la Serna la tipificaría como un “microbio de origen desconocido y de picadura irreparable”. Justamente estas dos últimas condiciones son las que resultan más detestables para cualquiera que esté ligado al mundo editorial, pero lo es aún más para quien cuidadosamente ha redactado un texto y luego lo ve profanado con alguna equivocación no surgida de su pluma.

Llevando lo arriba mencionado a un grado superlativo, el Premio Nobel José Saramago, en su novela Historia del cerco de Lisboa, ahonda sobre el tema de la corrección al situar a un corrector de pruebas ante la tentación de enmendar nada más y nada menos que la historia. En dicha obra se dice: “Está demostrado que el corrector erró, que si no erró se confundió, que si no se confundió imaginó, pero acuda a tirarle la primera piedra aquel que no haya errado, confundido o imaginado nunca. Errar, lo dijo quien sabía, es propio del hombre, lo que significa, si no es yerro tomar las palabras a la letra, que no sería verdadero hombre quien no errara”. No obstante, más adelante replica en un planteamiento disyuntivo: “Quien no sabe debe preguntar, tener esa humildad, y una precaución tan elemental debería tenerla siempre presente el corrector, tanto más cuanto que ni siquiera precisa salir de casa, del despacho donde está ahora trabajando, pues no faltan aquí libros que lo elucidarían si hubiera tenido la sensatez y la prudencia de no creer ciegamente en aquello que supone saber, que es de ahí de donde vienen los engaños peores, no de la ignorancia”.

Dándole un giro humorístico al asunto de las erratas, tendremos que hablar de dos fallos vinculados a la cualidad porcina, aparecidos en un diario que habló de los “cerditos hipotecarios” en vez de los “créditos hipotecarios” y que afirmó que “España trajo el cerdo católico”, en lugar del “credo católico”. En cuanto a errores monumentales, en El jardín de senderos que se bifurcan de Jorge Luis Borges, en la edición de 1961, Buenos Aires, se transcribió: “Lo hice, porque yo sentía que el jefe temía un poco a los de mi raza…”, cuando en realidad debió decir: “Lo hice, porque yo sentía que el jefe tenía en poco a los de mi raza…”

En el ámbito nacional referiremos el error sufrido por el maestro Prieto Figueroa al publicar un libro sobre poesía de escritores de tierras áridas de nuestro país tales como Falcón, La Guajira, Araya, Margarita y Lara, cuyo título debía ser La poesía de los pueblos con sed, y que, una vez lista su impresión, advirtieron el fatal gazapo: “La poesía de los pueblos sin sed”. Obviamente la portada debió rehacerse para corregir tan garrafal equivocación. l

rosa_elena_perez@hotmail.com

 
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