Un caso evidente
Aún cuando el cadáver de su esposa había desaparecido, la policía y los fiscales sabían que Tom Busacca la había asesinado
Aunque en muy contadas ocasiones alguien es condenado por asesinato sin que haya aparecido el cadáver de la víctima, en ciertas oportunidades ocurre. A veces, las circunstancias llevan a una conclusión obvia: se ha cometido un asesinato. Uno de esos crímenes tuvo lugar en el pueblo de Baldwin, Long Island. La casa de madera situada en la calle 1442 Circle estaba ocupada por Florence y Tom Busacca, su hijo Larry, de 15 años y su hija Geraldine, de 17. El hogar de los Busacca no era precisamente un dechado de felicidad.
Tom y Florence tenían 25 años de casados. Él, quien había estado desempleado la mayor parte de esos años, no tenía ninguna ambición en la vida. Estaba todo el tiempo en casa sin hacer nada, viendo televisión. Para ganarse la vida, ella daba lecciones de dicción mientras que Geraldine era cantante profesional. Por su parte, Larry estudiaba secundaria. Florence se las había arreglado para criar a sus hijos.
Con el paso de los años, Tom comenzó a tratar a Florence como si fuera su enemiga. En ciertas oportunidades, trató de soliviantar a su hijo en contra de su madre. Cuando la actitud de Tom hacia su esposa se tornó hostil, Florence sabía que tenía que hacer algo, por ello sugirió que buscaran asesoría matrimonial. Tom no le prestó atención. Desesperada, Florence inició los trámites de divorcio. Así se encontraba la situación el 29 de agosto de 1976.
Ese domingo por la mañana, Florence y Tom estaban discutiendo sobre dinero, como solía suceder. Larry salíó. Por la tarde, telefoneó a su mamá y le dijo que estaba en un picnic con su novia y que no iría a cenar. Geraldine también estuvo fuera todo el día.
Como a las nueve de la noche, Larry llamó a su casa pero no obtuvo ninguna respuesta. Sabía que su madre tenía previsto llevar algunos documentos relacionados con su divorcio a su mejor amiga, Margaret Newman, quien vivía cerca de su casa. El esposo de Newman era abogado. Larry llamó a casa de los Newman. Allí le dijeron que su mamá no había pasado por el lugar. Margaret decidió visitar a Florence. Cuando llegó se dio cuenta de que el auto de Tom estaba estacionado al lado de la casa. Margaret vio la figura de un hombre en el lavadero de los Busacca. Parecía estar agachado, pero se levantó cuando los faros del carro lo sobresaltaron. La persona apagó las luces del lavadero. La amiga de Florence pudo distinguir la borrosa figura de un hombre en la entrada de la cocina. Margaret salió del carro y tocó la puerta varias veces. Desesperada, comenzó a gritar: "Flo, ¿dónde estás?". Finalmente, Tom respondió: "¿Quién es?''.
Margaret se identificó. Tom le dijo que no estaba vestido y que por ello no podía abrirle la puerta. Asimismo, le dijo a Margaret que su esposa había ido precisamente a su casa. Margaret regresó a su casa y se sorprendió cuando descubrió que su amiga no se encontraba allí.
Larry volvió a su casa y entró por la puerta trasera. Retrocedió aterrorizado cuando vio la dentadura postiza de su madre en el piso del porche. En ese preciso instante, Geraldine llegó al lugar. La hija de Florence también comenzó a registrar la casa en busca de su madre. Cuando encendió la luz del porche, gritó aterrorizada al ver el suelo lleno de sangre. En ese momento, sonó el teléfono. Era Margaret, quien se enteró por boca de Larry de la tragedia ocurrida y enseguida tomó su automóvil para ir a casa de los Busacca.
Alguien llamó a la policía y varios efectivos llegaron al lugar. La escena con la que se toparon los oficiales era muy similar a la de un matadero. El piso del porche estaba salpicado de sangre por doquier.
Larry entregó la prótesis dental de su madre a la policía. Fue notoria la ausencia de Tom y de su auto. Mientras la policía acordonaba la escena del crimen, Tom llegó en el auto de la familia.
Los funcionarios policiales se acercaron con cautela. Querían saber qué le había ocurrido a su esposa y en dónde se encontraba. Era evidente que estaba mal herida y, en caso de que estuviera con vida, podría haberse desangrado. Cuando los policías estaban a punto de interrogar a Tom, uno de ellos notó que había sangre goteando de la maleta del vehículo. La puerta de la maleta estaba abierta y todo su interior estaba lleno de sangre.
Durante el interrogatorio a Tom, éste parecía estar fuera de sí, ensimismado. Bussaca apenas le prestaba atención a lo que le decían. En ocasiones, ni siquiera contestaba. Después de un intenso interrogatorio, le contó a la policía un relato increíble. Tom dijo que había tenido una fuerte discusión con Florence por asuntos de dinero. Ella salió de la casa y de pronto él la vio besándose con un hombre más joven que ella en el patio. Según Tom, él salió corriendo al patio y el hombre se fue corriendo a toda velocidad.
Tom dijo que había golpeado a su mujer, la había empujado hasta el lavadero y allí la había golpeado en repetidas oportunidades con un objeto; él no recordaba con qué. Florence comenzó a sangrar profusamente y se desvaneció. Él la levantó en vilo y la colocó en la maleta del auto.
Tom siguió contando su fantástica historia. Indicó que había planeado arrojar el cuerpo de Florence a la Bahía de Lindenhurst, pero cuando oyó que estaba pateando y gritando cambió de idea. Fue con su auto a un área nueva en la que había unas casas modelo. Allí sacó a su esposa de la maleta. Ella estaba semi-inconsciente. Dijo que había dejado el cuerpo de su esposa recostado contra una cerca y se había alejado del lugar con su auto. De vuelta a casa, echó gasolina en una estación de servicio situada en Holbrook.
Los detectives que interrogaban a Bussaca vieron ante sí un hombre de tan corta estatura y tan apacible que les resultaba difícil creer que pudiera ser el responsable de tan horrendo crimen. Aunque no le creyeron nada de lo que les había contado, se fueron de inmediato para tratar de localizar el área que él había descrito. Encontraron la zona cercana a las casas modelo así como la estación de servicio en la que Tom había utilizado una tarjeta de crédito.
La escena con la que se topó la policía era muy similar a la de un MATADERO |
Sin embargo, por más que buscaron, no pudieron encontrar rastros de Florence Busacca. No se necesitaba ser un genio para afirmar que Tom Busacca había asesinado a su esposa y luego había inventado la historia que tenía ciertos visos de veracidad. En algún lugar de Long Island se encontraban los restos de su esposa.
Las autoridades armaron el caso contra Tom basándose en pruebas circunstanciales. Los fiscales plantearon que en el hogar de los Busacca reinaba un clima explosivo. Además, Tom había dejado rastros de sangre por toda la casa.
Mientras se encontraba detenido, Tom le contó a otro recluso que él había asesinado a su esposa. Esa declaración, además de la dentadura postiza, la evidencia hallada en la maleta del auto y la declaración brindada por Margaret eran suficientes pruebas para declararlo culpable. Los detectives pensaron que tenían elementos más que suficientes para llevar a Bussaca a juicio.
El 2 de marzo de 1977, se inició el juicio contra Tom Busacca por el asesinato de su esposa. La fiscalía presentó todas las pruebas circunstanciales. El abogado defensor admitió que Tom había golpeado fuertemente a su esposa, pero afirmó que era muy probable que ella hubiera sobrevivido y que se encontrara viviendo en otro lugar. El abogado también señaló que al recluso que había suministrado evidencias sobre la supuesta confesión de Tom le habían concedido libertad condicional, a cambio de su testimonio.
Después de cuatro horas de deliberaciones, el jurado halló culpable a Tom Busacca de homicidio culposo en segundo grado. Fue sentenciado a pasar en la cárcel un período no menor de ocho años y cuatro meses y no mayor a 25 años.
Las personas que estuvieron presentes en el juicio sintieron que se había hecho justicia. Sin embargo, el hecho de que no hubiera aparecido el cadáver, dejaba ciertas dudas en torno al caso. Por lo general, esas dudas persisten por siempre. Sin embargo, en esta tragedia, las cosas fueron diferentes.
Tres años después, el 21 de noviembre de 1980, un hombre que caminaba por la playa de la Bahía de Hampton chocó con una sandalia que sobresalía en la arena. Los restos óseos de un pie se encontraron en el lugar.
Los restos de Florence Busacca finalmente habían aparecido. Tom, quien aún estaba en prisión, no formuló ningún comentario cuando le dijeron que el cadáver de su esposa había aparecido enterrado en la arena.
Busacca fue dejado en libertad en 1986 y se fue a vivir con su anciano padre. Falleció de muerte natural dos años después de quedar en libertad.
Traducción: Gerardo Cárdenas
Ilustraciones: David Márquez. davidmarquez@cantv.net
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