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AZIER CAZALIS

Vocalista de Caramelos de Cianuro, ve en el contraste la mayor influencia que la capital ha tenido en su banda, y en las caraqueñas, la mejor inspiración. Por Johan M. Ramírez Foto: Natalia Brand

"Caracas es como una mujer
que tiene buen lejos"

Asier Cazalis nació en la Clínica Santiago de León, en El Recreo. Pasó la infancia entre Denver y Pensilvania, donde estudiaban sus padres. La adolescencia, en cambio, entre Plaza Venezuela y Sabana Grande, donde se reunían "punketos" y "metaleros". Tuvo la fortuna de ser de la última generación que disfrutó del bulevar como icono de la cultura, preludio bohemio de la gran estampida buhoneril. En Moloco, popular bar de la zona, dio sus primeros toques siendo todavía menor de edad. "¿Ya ves? Comenzamos a romper las leyes desde temprano", bromea. "Lo malo fue que pronto surgió la Caracas pesimista-prosigue-, la de la economía informal que nos hizo emigrar. Fue así como llegamos a La Belle Époque, que me fascinaba por lo ecléctico".

En consecuencia, Asier se encariñó con la intensa vida nocturna y post nocturna de la ciudad. Sin embargo, aclara: "Rumbeo, pero no tanto como otros panas que no sólo son de la noche, sino también de la mañana… aunque es cierto: es mejor que el amanecer te agarre rumbeando y no que tengas que pararte a hacer diligencias. Así no es tan poética la salida del sol".

Algo que le encanta de la movida nocturna capitalina es que se activa después de la medianoche, y no como en otros países donde a las 12 se acaba la fiesta. "Yo, por ser una criatura de Caracas, salgo bien tarde. Después del cine, a las 11 o 12, es cuando comienzo a pensar si rumbeo o no", apunta.

Gracias a la "buena vibra" de la UCV, hizo tres semestres de Arquitectura, pero no más. Abandonó y se fue a la Metropolitana, donde se graduó de Ingeniero en Sistemas, aunque nunca ejerció.

"Nuestra música es como esta ciudad, dulce y amarga, el bien y el mal, una melodía que a la vez es ruidosa, algo suave, pero luego rompeguitarras. Por eso nuestro nombre debía representarnos bien, y allí estaba todo: Caramelos de Cianuro"

Allí fui la oveja negra, un animal extraño; es que la gente de la 'Metro' era bien homogénea", sonríe. Convencido de que la música era su destino, se unió con varios amigos para formar una banda. Buscaban un nombre que reflejara su estilo, uno abiertamente influenciado por la médula de Caracas: el contraste.

"Nuestra música es como esta ciudad, dulce y amarga, el bien y el mal, una melodía que a la vez es ruidosa, algo suave, pero luego rompeguitarras. Por eso nuestro nombre debía representarnos bien, y allí estaba todo: Caramelos de Cianuro", cuenta.

Las caraqueñas, igualmente, han marcado a la agrupación. "Por fortuna, ellas sienten debilidad por los músicos, y nosotros, por fortuna, sentimos debilidad por ellas, nuestras musas", señala.

Con los años vinieron los éxitos para Asier y Caramelos: discos, invitaciones internacionales y conciertos emblemáticos en una ciudad en la que ya no pasaban inadvertidos.

Se presentaron en el Aula Magna y fue difícil, porque se encontraron con un espacio muy sensible para el rock. En cambio, en el Teresa Carreño fue distinto. Allí cantaron junto a 80 músicos de la Orquesta Sinfónica de Venezuela. "Eso fue anormal, y lo gracioso es que nosotros éramos los únicos zarrapastrosos en el escenario", recuerda.

Como distracción, Asier adora subir El Ávila y mirar la capital desde Sabas Nieves. Se ve preciosa, dice, como una mujer que tiene "buen lejos". Lo importante, añade, es hacer que tenga buen cerca también.

Por eso, piensa que los caraqueños, en vez de enconcharse, deben salir a defender su ciudad. "Ella nos pertenece a todos", apunta, y lleno de optimismo, creyendo que esta urbe será de nuevo "la sucursal del cielo", ofrece idéntica respuesta cuando su familia, casi toda residente en Miami, le sugiere mudarse a otro país: "¿Para qué? -les cuestiona. Aquí estoy tranquilo. Es que en Caracas -simplifica- soy un tipo feliz".

johan_ramirez3@hotmail.com

Asistente de fotografía: Anita Carli

 
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