| Hace unos dias
recibí una invitación muy especial para dar una conferencia
en Manizales, una ciudad de Colombia. Era la primera vez que la
visitaba y quedé completamente impresionada por la belleza
de su entorno natural. Esta enclavada en una pequeña meseta
rodeada de montañas espectaculares que me recordaron nuestra
querida ciudad de Mérida, las montañas son azules
y están coronadas de un nevado permanente y majestuoso llamado
el Nevado del Ruiz. Cada mañana despertaba maravillada por
esta belleza y la paz que se respira en ese lugar.
Me di cuenta de que la mayoría de las personas recorren las
calles de la ciudad sin mirar siquiera hacia este paisaje... Los
atardeceres en la cima de Chipre, en el momento en que el sol comienza
a ocultarse para producir un paisaje que mezcla los diferentes tonos
de azul y violeta, con apenas unas finas líneas decolor rosado
que muestran los últimos vestigios de la luz del sol sobre
la ciudad, me hicieron conectar una vez más, con la extraordinaria
presencia de Dios. El ser humano se va acostumbrando a estos eventos
maravillosos que rodean su vida cotidiana y en algún punto
deja de verlos y de reconocerlos; pareciera que las cosas simples
pero importantes de la vida desaparecen frente a sus ojos... y sólo
parecen fijar su atención en los aspectos negativos y dolorosos.
¿Has pensado
alguna vez en esto?
Ciertamente nos acostumbramos a las personas, a las situaciones,
a los lugares y en muchos casos lo hacemos también con las
circunstancias difíciles y negativas en nuestra vida. Recuerdo
cuando estábamos terminando de construir nuestra casa en
El Valle, todavía nos faltaban unos detalles de acabado y
vino a visitarnos un amigo, al final de su visita nos dijo: anoten
en este punto todos los detalles que tienen por terminar, porque
una vez que se muden y vivan en la casa poco a poco dejarán
de verlos y en algún momento se acostumbrarán a ellos.
Así fue como nos pasó a nosotros, todavía después
de tantos años, no hemos terminado las puertas de los clósets...
Así nos sucede también con los afectos, por ejemplo,
con nuestros hijos... los queremos, nos sentimos maravillados de
su presencia en nuestra vida, pero en algún momento dejamos
de prestarles la atención debida; igual sucede en muchos
casos con la pareja, el día a día, la rutina y los
asuntos pendientes hacen que la relación se vaya volviendo
costumbre y con el tiempo se pierden los detalles, las frases y
los gestos amables hasta que la relación se vuelve fría
y distante. Pareciera que todas las cosas bellas, buenas, especiales
y mágicas que ocurren o aparecen en nuestra vida van perdiendo
nuestro interés y aprecio en la medida en que aparecen nuevas
cumbres por alcanzar en el horizonte.
No permitamos que la rutina, el paso de los días y los asuntos
pendientes por resolver, conviertan en costumbre todos y cada uno
de los eventos esenciales en nuestra vida. ¡Renovemos la pasión
y la emoción que representó para nosotros tenerlos,
recibirlos, descubrirlos o alcanzarlos! Recordemos que muchas veces
en el reconocimiento de alguno de ellos tenemos la posibilidad de
volvernos a conectar con esos sentimientos positivos que renovarán
casi instantáneamente la alegría y el significado
de estar vivo.
Podemos volver a disfrutar
de todo lo que tenemos
Recupera la capacidad de asombro.
Detente un momento y observa a tu alrededor.... Maravíllate
por todos los pequeños y extraordinarios milagros de la naturaleza.
Reconoce y valora la capacidad del hombre al crear tantas maravillas
tecnológicas en beneficio de la humanidad.
Recupera tu presente.
Respira profundo y conecta tu atención a todo lo que está
ocurriendo en este momento. Esto te permitirá disfrutar del
momento reconociendo todo lo que la vida te ofrece.
Valora la presencia
de tus seres queridos. Asume el compromiso y la disposición
de reconocer, valorar y agradecer el amor que otras personas te
entregan de diferentes maneras.
Haz un inventario de
todo lo que tienes. Comienza por el reconocimiento de lo
más pequeño, hasta incluir aquello que sea lo más
importante para ti. Hazlo sin peros...
Agradece cada regalo.
Aprende a sentirte agradecido hacia Dios, por cada uno de
ellos y recuerda que nada sucede por nada en el universo.
Mañana, cuando te levantes...
abre los ojos para disfrutar el milagro de estar vivo. A partir
de ese momento comienza a reconocer y apreciar a cada persona, cada
evento, cada situación y paisaje que envuelva tu vida durante
este día. ¡Eres rico sin saberlo!
maytte@maytte.com
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