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Oscar Niemeyer
Héctor Gambini


"La vida es más importante que la arquitectura"

Es el creador de Brasilia, la capital de Brasil. Nació hace 95 años en Río de Janeiro, donde tiene su estudio, al que va seis horas por día. Dueño de un estilo vanguardista, encuentra en la curva su mejor aliada

"No es el angulo recto lo que me atrae. Ni la línea recta, dura, inflexible, creada por los hombres. Lo que me atrae es la curva libre y sensual. Las curvas que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos. En el mar. En las nubes. En el cuerpo de la mujer preferida. De curvas está hecho todo el universo...".
¿Quién es el poeta que le declara la guerra a las rectas armado con un lápiz? Hace 70 años le dijeron que el único modo de sostener sus estructuras era acostándolas sobre el papel. Que sólo dibujadas no se derrumbarían. Que no podrían llevarse a la práctica. Que la ley de gravedad le pone límites a la imaginación. Oscar Niemeyer se rió de todo eso. Primero hizo un pequeño centro sanitario, después un stand de Brasil en una feria de Nueva York, después un barrio en Belo Horizonte. Después, una ciudad: de la nada dibujó Brasilia, "la flor del desierto", como él la llama. Y desde hace más de 40 años cada uno de los presidentes de Brasil miran por las ventanas de la residencia que él dibujó las columnas con forma de rombo irregular que inventó y que luego se reproducirían en otros proyectos de todo el mundo. A Oscar ya lo copiaban. Y él supo que había tenido razón: "Podemos discutir sobre Brasilia, acerca de si te gustan o no sus edificios. Pero hay algo acerca de lo cual no podemos discutir: no verás nada parecido en todo el mundo".
Ahora está en la pequeña biblioteca de su estudio en Río de Janeiro -la misma ciudad donde nació hace 95 años-, preparándose para recibir el Premio Konex del Mercosur a las Artes Visuales. Tiene una camisa blanca con las iniciales O.N. sobre la izquierda del pecho y un pantalón azul.
Su estudio es despojado para ser el de quien muchos consideran el principal arquitecto vivo de Latinoamérica: pocos muebles, dos enormes divanes de madera y esterilla, un ventanal frente al mar de Copacabana y sus dibujos con fibra negra en las paredes. Ahí escribió que la arquitectura no es más importante que los amigos.
Niemeyer prefiere un rincón más cálido de su biblioteca, en otro ambiente, para la entrevista. Entonces se sienta y cierra los ojos para escuchar la primera pregunta.
Todos en Río lo conocen. Eso puede ser natural para deportistas, estrellas de rock, pero no para un arquitecto. ¿Cómo vive esa popularidad?
"Tranquilo. Estoy satisfecho, tal vez porque yo no me limito al trabajo de arquitecto. Yo encuentro que la vida es más importante que la arquitectura. Me intereso también por la política y por otros temas".
¿Cómo fue hacer Brasilia?
"Brasilia comenzó en Pampulha (un barrio de Belo Horizonte), diez años antes. Pampulha fue la primera obra que Juscelino Kubitschek (en ese momento intendente de la ciudad y luego presidente de Brasil) me encargó. Fue el primer trabajo que hicimos juntos. Y las mismas correrías, las mismas angustias, las mismas esperanzas, las mismas preocupaciones de concluir la obra en el plazo establecido que vivimos en aquel momento en Belo Horizonte se repitieron. Diez años después él vino a mi casa (ya era presidente) y me dijo: Oscar, ahora lo que vamos a construir es la nueva capital".
Hay una arquitecta iraquí, Saha Hadid, que acaba de ser premiada en Europa y dice que antes era mal visto ser vanguardista en arquitectura y ahora está mal visto no serlo.
"Ah, sí, pero yo trato de no leer sobre eso. Intento no leer ni siquiera a los que escriben sobre mi propia arquitectura. ¿Sabe por qué? Porque hacen falta cosas más concretas. Ahora en Brasil por lo menos hay un movimiento que es muy importante (se pone una gorra que tiene la inscripción "Reforma Agraria"). El Movimiento de los Sin Tierra. Sin tierra y sin techo, que son miles".
¿Está conforme con Lula en el poder?
"Estoy satisfecho, lógico. Es un hombre correcto, aunque cometió el error de ir a ver a Bush".
¿Qué le habría gustado ser si no hubiera sido arquitecto?
"A mí me habría gustado escribir. Si yo tuviese talento, por ejemplo el de Jorge Amado, de quien fui amigo, llevaría una vida tranquila, calma. Allí, en la literatura, lo que se construye son personajes. En cambio los arquitectos encaran proyectos y tenemos que pasar del papel a la construcción real".
¿Existen arquitectos jóvenes que siguen la línea Niemeyer?
"Creo que cada arquitecto sigue su arquitectura. Yo, por mi parte, tengo la mía. Y no critico a mis colegas. A mí me gustaba Le Corbusier así como también me gustaba Mies van der Rohe".
Si sus edificios tuviesen sentimiento, ¿cuál sería?
"Esperanza. La esperanza de hacer un mundo mejor". l Clarín

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