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De quita y pon

En los años setenta, la moda de lucir "siempre peinada" obligó a la mayoría de mujeres a tener en su tocador una pieza que les garantizaba un cambio radical pero no definitivo: La peluca. La pieza se convirtió en accesorio obligado en el atuendo femenino, y era un símbolo de coquetería que permitía cambiar de look en un abrir y cerrar de ojos. La versátil prenda, que ya había sido popularizada por la célebre Reina Margot de Francia debido a la calvicie que padeció, permitía a la mujer moderna ser rubia o pelirroja a capricho. La primera actriz Marina Baura, en su celebérrimo doble personaje en la telenovela La Usurpadora, le sacó el jugo a la prenda, haciéndole la vida imposible al pobre Raúl Amundaray.
En los tempranos setenta, una de las marcas más conocidas y solicitadas en el país era Pelucas Cuchita, la más bella peluquita de quita y pon, rezaba el jingle. Ofrecía diversos modelos a precios que si bien eran costosos para la época hoy son una gracia. La más cara podía costar una barbaridad: 230 bolívares; la más barata: 75 bolívares. Otras casas especializadas brindaban ofertas para bolsillos menos abultados, como el aviso que ilustra esta columna, que promocionaba pelucas desde 28 bolívares. Curioso es que estas "rígidas cabelleras" se impusieron justo en la época en que otra moda "muy despeinada" estaba en su esplendor. Las pelucas se convirtieron, podría decirse, en símbolo de orden frente al desorden de la generación hippy.




 
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