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Nada para reírse
Max Haines
Era uno de los cómicos más
admirados de su época,
pero una vida desbocada y extravagante terminó por destruirlo
Rosco
Arbuckle comenzó cobrando tres dólares al día
por su trabajo en las películas mudas, y terminó firmando
un contrato por tres millones que cubría sus servicios por
tres años.
Esta cantidad de dinero todavía hoy es una fortuna, pero
55 años atrás era propio de un rey.
Con excepción de Charlie Chaplin, Fatty Arbuckle era el hombre
líder en materia de comicidad. Pesaba alrededor de 150 kilos
y tenía una manera de manipular su enormidad y sus expresiones
faciales que era realmente graciosa.
Para pintar a Fatty y sus tiempos, de manera acertada, debemos señalar
que la moral de Hollywood en esa época era muy sospechosa.
Los jugadores eran más importantes que la vida misma. No
podían equivocarse y a veces iban demasiado lejos. Grandes
carros, fiestas salvajes y mujeres fáciles estaban a la orden
del día. Las estrellas vivían a lo grande y sus admiradores
se lo creían.
El domingo 4 de septiembre de 1921, Fatty Arbuckle condujo a San
Francisco en su Rolls Royce y lo estacionó frente al hotel
St. Francis. Fatty llamó al conserje a un lado y le dijo
que se encargara de su coche y de la bebida. El actor dijo que él
se encargaría personalmente de las mujeres. Iba a organizar
una fiesta que sería la cúspide de todas las fiestas.
Un desfile constante de coristas, jugadores, champagne y gin, era
entregado en la habitación de Fatty. Las risas y la música
sonaban a todo volumen en la fiesta al estilo Hollywood.
Las compañeras de Fatty sabían que el ser amigables
con una estrella significaba pequeños papeles y la exposición
que necesitaban para llegar al estrellato. Ellas harían cualquier
cosa por alcanzar el oro. La fiesta no cesaba.
Estos personajes de la noche no sabían que Virginia Rappe,
una pequeña tramposa, estaba hospedándose en el Palace
Hotel con su agente y una amiga personal. El cómico había
querido acercarse durante años a Virginia, y ella se había
sentido repelida por su apariencia. Por alguna razón, eso
no fue nunca realmente establecido. Ella sabía que Arbuckle
estaría en San Francisco ese domingo y le había dado
su número telefónico. Esperó su llamado. Sin
duda alguna, ella esperaba algún tipo de entrada en el mundo
de la industria del cine, a cambio de ciertos favores.
Mientras tanto, Arbuckle comenzó a cansarse de sus invitados,
así que tomó el teléfono y llamó al
Palace. Virginia no perdió tiempo en llegar al St. Francis.
Se llevó con ella a su amiga y a su agente. Tomaron unos
tragos con el comediante y la conversación giró en
torno a lo que él haría para ayudar a Virginia en
su carrera. Luego, sin más, Fatty se levantó, tomó
a Virgina del brazo, y la condujo hasta una habitación privada.
Más tarde, algunas personas que presenciaron la escena dijeron
que Fatty la había empujado dentro de la habitación.
Otros dicen que ella entró no sólo por su propia voluntad,
sino con ganas.
De repente, la atmósfera de la fiesta sucumbió ante
los gritos que provenían de la habitación. Eran del
tipo de alaridos que indican que algo está realmente mal.
La amiga de Virgina corrió hasta la habitación, pero
estaba trabada desde adentro. Los gritos continuaron. Levantó
el teléfono y llamó a la recepción.
Justo cuando la asistente del gerente entraba en la habitación,
Fatty abría la puerta. Todo el mundo hizo lo que él
dijo.
“Entren y vístanla. Llévenla al lugar del que
vino. Hace mucho ruido”.
Del otro lado del enorme cuerpo del comediante, estaba acostada
Virginia Roppe. Su cuerpo pálido y desnudo gemía con
fuerza. Le lloraba a su agente: “Me estoy muriendo. Me estoy
muriendo. Roscoe lo hizo”.
Arbucle gritó: “Cállate, falsa, cállate
la boca o te lanzo por la ventana”.
Alguien llamó a un doctor. Virginia estuvo entre la vida
y la muerte durante varios días, pero, finalmente, falleció.
Se le realizó una autopsia. El médico descubrió
que no había fallecido por causas naturales: tenía
la vejiga destrozada. Llamó a la policía.
La versión preliminar de los sucesos se convirtió
en un escándalo. Los detalles de lo que realmente ocurrió
en la habitación del hotel, fueron considerados tan espantosos
que eran escritos en trozos de papel y pasados entre la gente en
la corte.
Ahora, en un buen caso de asesinato, muy publicitado, algunos testimonios
de evidencias hacen que el caso se incline para un lado o para el
otro. Cuando la muerte no ocurre inmediatamente, la gente dice y
hace cosas que luego los persigue. En este caso, Arbuckle no sintió
siquiera por un minuto que Virginia había muerto. En los
días en los que la mujer estuvo en el hospital, el comediante
se burló de ella. Luego, un testigo aseguró que Fatty
le dijo no haber violado a Virginia para nada. En sus propias palabras,
el testigo dijo: “El, simplemente, tomó un pedazo de
hielo y se lo introdujo en los genitales”.
Este
asqueroso testimonio puso al público en contra de Arbuckle.
Le perdonarían casi todo, menos eso. El testimonio nunca
logró ser comprobado, pero eso no importó. El daño
estaba hecho.
Fatty tuvo tres juicios por asesinato. Finalmente, tras cumplirse
el tercero, obtuvo un veredicto de no culpable.
En los años en que este caso recorrió las cortes,
Fatty había gastado su fortuna en su exitoso esfuerzo para
mantenerse fuera de la cárcel. Hollywood no quiso saber nada
más de él. El actor trató de hacer una gira
por pequeños centros, pero muchas veces lo abucheaban para
que abandonara el escenario. Incluso, trató de dirigir bajo
un nombre falso. No funcionó.
Un día de calor, en 1933, Fatty Arbuckle volvió a
su hotel en New York, luego de una fiesta. Sufrió un ataque
cardíaco, y murió solo en el medio de la noche. l
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