Filantrópicas de cuna
Federica Pietri, Mishka Capriles y Andreína Vogeler muy bien podrían estar todo el día echándose aire en la terraza de sus respectivas casas, pero en lugar de eso decidieron emprender o continuar —cada una con razones propias— exitosos programas sociales con los que ayudan a quienes más lo necesitan, pues están convencidas de que haber nacido en sábanas de seda no les da licencia para taparse los ojos ante la cruda realidad que les circunda. Más bien, todo lo contrario. María Elisa Espinosa. Fotos: Luis Miguel Briceño
Federica Pietri de Riveroll no le cuesta mucho reírse de sí misma. “Una de mis primas que trabaja con nosotros llegó el otro día contando que había llamado a un amigo para invitarlo a cenar a su casa, y éste como que se le andaba negando al otro lado del teléfono porque creía que lo llamaba para pedirle plata… ¡Es que como nos la pasamos en eso!”. Y allí es cuando suelta la carcajada.
También se suele jugar con el resto de las directoras de la Fundación Venezolana Pro-Cura de la Parálisis con el hecho de que, de tanto bregar recursos para esa institución, cada vez que van a saludar a alguien muchos de éstos las imaginan abriendo la palma de la mano hacia arriba, en lugar de estrecharla como lo hace el resto del planeta... “¡Es que no sabemos sino pedir!”. Y entonces vuelve a soltar la risa.
Ambas son bromas que Federica Pietri comparte con los otros miembros de la familia y los amigos cuando se toma el tiempo de distenderse entre las muchas obligaciones que recaen sobre sus hombros, al manejar esa organización sin fines de lucro dedicada a la consecución de dinero para ayudar a personas de escasos recursos para que puedan contar —cuando menos— con una silla de ruedas, y —cuando más— con una vida digna, a pesar de enfrentar una parálisis ocasionada por una lesión medular.
Llegó a esto en medio de una circunstancia que quisiera no tener que desempolvar, pues le borra de cuajo la alegría transportándola a los duros días cuando Alfonso, su hijo mayor, sufrió un accidente que le afectó la columna vertebral, lo que le provocó una paralización desde la mandíbula hacia abajo. Apenas tenía 19 años y todo un futuro por delante. Y no es que hoy —a los 35—no lo tenga, pues con todo y que nunca volvió a caminar, sí logró recobrar algunas facultades físicas, así como consiguió un título universitario, un buen trabajo, una esposa y tres hijos. Pero no hay dudas de que la vida entonces le cambió rotundamente, tanto a él como a sus padres, hermanos y otros afectos, cuando en pos de su recuperación, todos debieron enfrentarse a una situación que no discrimina entre quienes mucho tienen y quienes tienen poco.
Por esa misma razón fue que terminó naciendo en 1991 la Fundación Venezolana Pro-Cura de la Parálisis. La historia de cómo la cosa pasó de ser una simple idea para que unas señoras se mantuvieran con la cabeza ocupada a lo que hoy es Fundaprocura, la cuenta la propia Federica:
“Al salir Alfonsito del hospital, luego de ocho meses, yo estaba muy compungida. Entonces mi hermana (Fabiana) y mis primas (Cecilia Puppio y Ana Luisa Baptista) inventaron que íbamos a montar una tienda para hacer dinero, pero la tienda en realidad tenía varios oficios: una de ellas quería plata porque se estaba divorciando; la otra (que era yo) tenía que entretenerse porque estaba demasiado triste; y otra de nosotras también tenía un problema familiar y había que borrarle las cosas de la cabeza y ponerla a trabajar… Así que comenzamos por la tienda y nos fue buenísimo. De hecho, cuando fuimos a repartir los dividendos nos dijimos: ‘Hemos gastado tanto en esto que vamos a comprar sillas de ruedas para regalarlas’, y fue lo que hicimos. De alguna manera allí fue cuando nos dimos cuenta de que era buenísimo hacer dinero para ayudar a otros, no para gastarlo… Al año siguiente concluimos que debíamos ponerle nombre a lo que estábamos haciendo”. Y ese nombre fue: Fundaprocura.
Sin negar que su experiencia particular la llevó a desarrollar el exitoso trabajo social que realiza hoy junto a un gran número de colaboradores, Federica Pietri no repara en advertir que el mayor crédito en todo esto lo tiene su hijo. “Alfonso nos impresionó mucho a todos. A mí que soy su mamá es normal que me impresione, pero también impresionó mucho a toda mi familia, pues realmente él tuvo un coraje y un valor enormes. Por eso digo siempre que él fue nuestra gran inspiración, y lo sigue siendo”.
Tampoco se olvida de reconocer que, en muy buena medida, sus apellidos y el roce social que le vino amarrado a su cordón umbilical han favorecido las gestiones que se hacen en Fundaprocura. No obstante, hay muchas otras cosas involucradas: “Desde luego que en un primer momento nosotros pudimos conseguir fondos de nuestros amigos. ¿Quiénes más podían creer en nuestra idea entonces? Pero teniendo ya 15 años trabajando, esto ya no es sólo una idea, lo estamos haciendo, y lo estamos haciendo ¡con éxito!, así que esto ha contribuido a generar una credibilidad hacia la institución por parte de colaboradores de todo tipo. Aunque no se piense que fue fácil. La primera vez que salí a pedir dinero, las lágrimas se me salieron y lloré; la segunda vez tartamudeé; y apenas en la tercera fue cuando empecé a poder respirar. Es bien difícil pedir cuando tú nunca has pedido”.
Coordenadas:
www.fundaprocura.org
Otros apellidos
que abren puertas
Una situación similar ronda en torno a la Fundación Amigos del Niño con Cáncer, dirigida desde hace 12 años por Mishka Capriles de Rodríguez, y nacida hace casi 22 de la mano de su hermana Tania y otros muchos voluntarios (incluida ella), quienes se involucraron emocionalmente con el problema que una persona cercana a su entorno —aunque de procedencia humilde— estaba sufriendo al tener un hijo padeciendo la enfermedad “más maluca que puede existir”.
Al principio, si se quiere, fue más sencillo, pues contaban con el banquero y empresario David Brillembourg como principal benefactor. Pero llegaron días estrechos, viéndose en la obligación de tocar otras ventanas.
“Cuando asumí esto, no estaba preparada. Si hubiera tenido una bola de cristal para saber lo que iba a estar haciendo ahora, me hubiera preparado entonces. Pero lo he ido aprendiendo en el camino, el tiempo me ayudó y mi personalidad también. Quizás por eso es que hoy no me cuesta tanto”.
La práctica, de hecho, le ha permitido cumplir cada año con las metas de un presupuesto nada pequeño, tratándose de una fundación que debe proveer a los pacientes de costosísimos tratamientos médicos. “¿Qué cómo lo logramos? No es fácil. Muchas veces cuando han pasado los primeros siete meses del año y vemos que no llegamos todavía, les digo a los muchachos: ‘¡Okey, pónganse las máscaras que vamos a asaltar un banco!’”, cuenta en son de broma Capriles, para quien, sin embargo, no es nada gracioso “tener que decirle a la madre de un niño a quien le toca la quimioterapia mañana que no se la podemos hacer porque no hay medicamento”.
Lo cierto es que afortunadamente —“¡y gracias a Dios, que siempre nos ayuda en esto!”— hasta ahora no ha hecho falta robar ningún banco. Ha sido suficiente la labor de hormiguita de pedir donde se sabe que hay —sea a nivel privado o gubernamental— aprovechándose incluso de su apellido y la cadena editorial que reposa sobre la familia. “Gracias a eso se nos abren muchas puertas y a mí no me importa decirlo, porque si yo utilizo esas cosas para beneficio de los niños con cáncer, soy muy feliz”.
Pues de eso se trata: “Mi padre (Miguel Angel Capriles Ayala) nos decía siempre —y a mí se me quedó grabado— que nosotras teníamos que hacernos perdonar la suerte y los privilegios que nos había dado la vida. Para él nosotras teníamos todo: éramos bonitas, sus princesas, inteligentes (a lo mejor no lo éramos, pero para el sí), teníamos apellido y todo lo que un ser humano quisiera tener. Así que teníamos que hacernos perdonar por eso, y así fue como crecimos. Es una cuestión de formación”.
Coordenadas:
www.fncancer.org.ve
El legado del abuelo
Y tal como Mishka Capriles y Federica Pietri lo han tenido todo y no se han conformado con eso, Andreína Vogeler de Pérez también. Sentada en su escritorio luce impecable, pero además destila eficiencia y sensibilidad social. Desde allí, justamente, traza todas las estrategias de found raising que le permiten dar continuidad a una obra que ya cumplió seis décadas de éxitos.
Orgulloso estaría su abuelo, don Eugenio Mendoza, si la pudiera ver por un huequito. Y orgullosa está su madre, Gertrudis, sabiendo que la gestión que durante 35 años hizo como directora ejecutiva de la Fundación Venezolana contra la Parálisis Infantil, tiene garantizado un futuro en manos de su hija, a quien le delegó tal responsabilidad hace 12 años por considerar que ya era hora de pasar el relevo, y porque, además, Andreína tenía fibra para esto. Desde entonces, la fundación —a través de la cual se buscan los recursos para atender las necesidades de los pacientes del Hospital Ortopédico Infantil— ocupa los días y parte de los sueños de la joven administradora de empresas. Allí se le ve cómoda, segura de lo que hace y confiada en que así ayuda a muchos niños que lo necesitan: “Siempre me llamó la atención, mi mamá desde chiquita nos llevaba al hospital. Es decir, siempre mantuvimos ese contacto; para nosotros el Ortopédico no era algo lejano; era algo que pertenecía a la familia, que de alguna u otra manera siempre se nombraba en la casa. Y bueno, me llamaba la atención el trabajo, aunque no voy a negar que también tuve mis reservas en cuanto a si lo que quería era trabajar aquí. Ahora sé que sí. Este trabajo es muy gratificante”.
Y muy riguroso también, según no se para en advertir Andreína: “Manejar una fundación tiene toda una técnica. Es decir, no es una cosa que tú vas a tocarle la puerta a una persona para pedirle que dé tantos bolívares y ya. Hoy en día hay mucha competencia, muchísimas organizaciones preparadas le piden a la misma gente. Así que tienes que presentar proyectos que sean viables y autosostenibles en el tiempo”.
Tanto como las varias fundaciones sociales erigidas por su abuelo, a quien conoció en vida, y de quien ha leído lo suficiente para admirarlo como lo admira.
De él guarda un recuerdo muy particular: “Y fue el día cuando montando a caballo me caí durísimo, por lo que me iba a poner a llorar, y entonces me dijo: ‘No, señorita, usted se vuelve a montar’. Y son lecciones que uno aprende en la vida”. l
Coordenadas:
www.ortopedicoinfantil.org
mespinosa@eluniversal.com
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