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¿Qué se siente ser mujer?

Mañana se celebra el Día Internacional de la Mujer, y Estampas convocó a seis de ellas a revelar los "misterios" de la naturaleza femenina. Desde la menstruación hasta la menopausia: Todos abordados con humor e inteligencia en primera persona, incluyendo el guiño de precisar el popular calificativo de "cuaima". Ilustraciones: Rayma

 

María Isabel Párraga
Periodista y conductora de radio y TV

¿Qué se siente tener la regla?

Afortunadamente las cosas han cambiado. Ya el "tener la regla" no es tema ni de "susurros" ni de misterios. Ya no oímos frases como " me llegó la tía comunista " o "estos son días de marea roja" (bueno, a menos que estemos hablando estrictamente de política). Pero lo cierto es que las metáforas ya no son necesarias. Tengo la regla y punto. El resto son pastillitas para los malestares y la "duda existencial" de escoger entre una variadísima gama de toallas sanitarias. Con alitas, sin alitas, malla sec, nocturnas, diurnas, para flujo abundante, mediano, casi nada, para bikinis, de lujo, populares, etcétera, y una frente a aquella muralla de algodón absorbente... ¿y ahora que hago? Bueno, son las delicias del libre mercado. Mi regla convertida en símbolo del "capitalismo salvaje".

Sin embargo, las "reglas del pasado" evocan cierta nostalgia. Aquellas, cuando teníamos quince años y nos provocaban un "dolorón de vientre" que ponían en acción a todo el tren femenino de la casa. Mamá, tías y abuelas preparando "menjurjes" para el malestar. Que si un tecito, que si una lechita caliente, que si.. sí, ginebra. Un palo de ginebra. Era superefectivo, si no se te pasaba el dolor, por lo menos te sentías de lo más feliz brindando, por lo que algunos le daban un carácter bíblico al afirmar que se trataba del castigo por la tentación de la tataratataratatara.... abuela Eva.

Sin embargo, no vamos a hacer aquí una suerte de "oda a la menstruación". De que es fastidioso, lo es. ¿Quién en "esos días" no se ha sentido alguna vez gorda, fea, triste, desaliñada, adolorida, con barros en la cara y, lo peor de todo, con el fastidio de tener que escuchar la frasecita típica de tu pareja que te dice con sonrisita socarrona y cara de perdonavidas: "tranquila, mi amor... ya sé que tienes la regla" para evidenciar que él es muy bueno porque se "cala a su loca" con estoicismo.

Sin embargo, todas sabemos la verdad. Nos viene a nosotras porque si les pasara a ellos todos los meses los tendríamos como unos "guiñapos" adoloridos, gritando como enajenados "me desangro, me desangro"...

Además, aquí entre "nos", cada vez que nos viene sentimos en nuestro fuero interno esa potencialidad maravillosa de poder ser madres. ¿Qué mayor bendición? ¿Vieron?, algo de hermoso sí tiene...

 
Mirtha Rivero
Periodista y cronista
de Estampas

¿Qué se siente tener senos?

Para mi amigo Gerardo, una mujer sin senos -sin un buen par- es un buen amigo. Sólo eso. Para él, dos poderosas razones prendidas al pecho establecen el sexo. Cuando oí por primera vez su comentario, entendí que yo, a sus ojos, desde mi normalita talla 34 B era uno más. En masculino. Un amigo. Un pana con quien salir a tomar tragos o sentarse a jugar dominó.

La cosa no es fácil de aceptar. Y no es que una ande por ahí cual Demi Moore enamorando muchachitos (Gerardo tiene como 10 años menos que yo), ni más faltaba, pero la vanidad es la vanidad.

Menos mal que mi marido -a Dios, gracias- no piensa así (por lo menos expresamente), porque si así fuera, no estaría echando este cuento tan tranquila. Pues una tiene corazón dentro del pecho -pechito, más bien- y por más feminista que se sea, hay opiniones que zarandean. Más cuando se está consciente de que el busto propio, además de normalito, no cumple con los estrictos estándares de calidad que fija el mercado. En especial esa norma que tiene que ver con la ley de gravedad.

Desde siempre, los senos han sido un atributo femenino. Son un símbolo de la mujer, y por tenerlos (o mantenerlos) aguantamos mucho. Desde soportar estoicamente su afloramiento cuando todavía no sabemos quiénes somos ni qué queremos en la vida (nada duele más que un golpe al pecho de una púber) hasta cargar de modo perenne con ese incómodo arnés que constituye el sostén. Sin contar el sufrimiento de amamantar por primera vez, padecer la súbita turgencia y extrema sensibilidad que ocurre cada 28 días, encarar la mamografía o sobrellevar las molestias quirúrgicas a las que se someten algunas valientes que tienen demasiado pecho -y se van de boca- o que no tienen y se creen tablas de surf.

Por eso, cuando me preguntan qué se siente tener senos, me viene a la mente, primero, mi amigo Gerardo. Luego, en sucesión: la imagen de unos globos perfectos -no sé si de silicona- promocionando una cerveza; una borrosa y estropeada silueta reflejada a oscuras en el espejo del baño, y por último un comentario de mi hija hace ya quince años, cuando yo estaba recién divorciada y ni pensaba en segundas nupcias. Entonces, ella me dijo: ¿Y cómo vas a hacer para casarte de nuevo ¡con esas lolas!?

Si pienso en todo eso, creo que lo mejor sería que no tuviéramos senos. Para que no nos dolieran, para que siempre pudiéramos ser algo más que amigos, pero, sobre todo, para que no se nos cayeran.

 
Rosa Elena Pérez
Licenciada en Letras, cronista de Estampas

¿Qué se siente estar embarazada?

Yo no me cuidé mucho con eso de la alimentación sana durante el embarazo: mi bebé, y yo junto con ella, comimos suculentas hamburguesas y también unas caraotas refritas divinas que me hice un día. Eso sí, a la hora, tenía una intoxicación tremenda y tuve que salir corriendo a un médico para que me quitara las horribles manchas rojas que tenía en la cara. Tampoco me esmeré demasiado con las respiraciones Lamaze, porque en el fondo de mí sabía que lo que venía era una cesárea y no un parto normal; sin embargo, puse la mejor cara de sorpresa posible cuando el doctor me dijo que fuera escogiendo la fecha de la opereta, para que así él no se sintiera ofendido con los cursitos de parto psicoprofiláctico en los que tanto se esforzaba. Y es que no me hicieron mucha mella las clases, por más atención que ponía y por más relajaciones que hacía, aquello me sonaba como que ese acondicionamiento físico tan arduo no cuadraba conmigo. Bueno, pero yo muy disciplinada, llegaba temprano, me sentaba en un cojín delicioso de la sala y empezaba a chismear con las chicas del curso mientras llegaban las instructoras. Esa parte sí la disfruté.

Estar embarazada es bonito y aparatoso: yo sentía que no cabía ni en silla ni pantalón. La imagen de tener un pez dentro de la panza la suscribo. Un día, acostada en el piso de mi casa, cuando tenía como ocho meses de embarazo, de mi barriga sobresalió un bulto puyudo. Yo no entendía qué era hasta que acepté que podía ser el codito de mi hija: un promontorio de lo más singular. Entonces, puse a todo el que pasaba por allí a que le tocara el codo a mi hija a través de mí: todas las mujeres lo hicieron, pero los hombres, no.

Algo muy bonito fue hablarle a Mariana apenas estaba salidita de mi panza y que ella se tranquilizara con mi voz atontada, porque es que estaba bajo efectos de anestesia y lloraba mucho también y, entonces, todo era como un sollozo grande e interminable. Yo le decía: Hola, mi cielo, aquí está mamá y ella, pequeñita y morena, abría más los ojos y dejaba de llorar. Ese fue el primer encuentro con mi hija: Mucho gusto, señorita Mariana, ¿cómo está? Y ya.

 
Ana Teresa Torres
Escritora

¿Qué se siente tener la menopausia?

Cuando estaba esperando la menarquia -lista para empezar los ritos de sangre del periplo femenino- me sentía impaciente. Era una suerte de pase que ya la mayoría de mis amigas había alcanzado y quería lo antes posible "saber lo que es ser mujer". En fin el día llegó, en el colegio, como es usual, y efectivamente me sentí muy feliz. Después, como psicoanalista, me enteré que era un proceso que llenaba de inseguridad a las púberes y que estaba acompañado de las más profundas ansiedades. Inicialmente me encantaba que me "viniera la regla". Me proporcionaba una cierta sensación de importancia. Después, ya lanzada a la continuidad del ciclo, el entusiasmo decayó. No diré que lo olvidé porque la menstruación es una suerte de implacable reloj para las mujeres -tanto si viene como si no, y más si se retrasa- pero, simplemente, me acostumbré.

Esa sangre mensual, después que mis deberes reproductivos fueron cumplidos comenzó, cómo diría, a sobrarme. Quizás un cansancio de "otra vez me vino la regla", o de "se me olvidó comprar los modess", que paulatinamente se fue instalando en algún chip inconfesable. Sin embargo me sentía bien de continuar menstruando porque era signo de juventud. De nuevo la psicoanalista que era, me informó de que estaba entrando en al parecer más difícil momento de mi vida: la menopausia. (Por cierto, el inicio lento y progresivo comienza fisiológicamente hacia el final de la tercera década). Me preparé, pues, para una depresión postmenstrual periódica, para los más sombríos sentimientos de tristeza por lo que perdía, y para afrontar el derrumbe que, de acuerdo a la bibliografía, me esperaba. Hacia los 45 años (parece ser usual que las mujeres con menarquia tardía tienden genéticamente a un ciclo corto) la sangre fue disminuyendo y en pocos meses desapareció discretamente; un buen día me di cuenta de que ya no me "venía". Experimenté brevemente "los vaporones" y la irritabilidad característicos, y finalmente me sentí liberada de una cita de la cual nada me interesaba. Ahora muchas de mis amigas toman estrógeno con lo cual, aunque no haya ovulación, se perpetúa el rito rojo. Nada me aburriría más que verme a estas alturas en eso. La joven que había en mí cumplió su destino y nos despedimos en muy buenos términos. Dejo que sea mi hija la que compre los Always y me alegro por ella de que hayan mejorado el producto.

 
Carla Tofano
Periodista, conductora de televisión y cronista
de Estampas

¿Qué se siente depilarse?

Existen en el mercado diversos métodos de alta efectividad y costo moderado, muy útiles para hacer realidad la obsesión por eliminar del cuerpo ciertos vellos -impertinentes e indisciplinados- que insisten en aparecer en lugares antiestratégicos de nuestra deliciosa, delicada e imperfecta anatomía femenina. Las convicciones estéticas del mundo tropical, nos obligan a presumir que hay rincones y superficies del cuerpo de las mujeres que son más sexys lampiños y, por lo regular, es preferible no oponerse a convicciones tan arraigadas: de otro modo, puedes terminar sin novio, y con las tablas en la cabeza. Existen en el mercado cremas depiladoras, depiladoras eléctricas, pinzas, afeitadoras desechables, terapia de electrólisis y láser, con la única finalidad de proporcionarnos efectivas técnicas de tortura portátil, en la necesaria batalla contra el florecimiento inadecuado de vellos. El método seleccionado para cumplir con la operación depilatoria de rigor, es lo de menos, lo de más, es que las mujeres tenemos décadas entregándonos al sadomasoquista ritual de blandir nuestros juguetes antivellos contra los intrépidos folículos capilares que, con malsana persistencia, nos invaden las axilas, la ingle, las piernas, el bocio, las cejas, y otros rincones del cuerpo.

El dolor que produce la migración forzada de cada folículo indeseado hasta el lavamanos, el desagüe del baño, o la papelera, se ubica entre el gusto y el disgusto más contradictorio, y la sensación que te inunda sin chistar, cuando te incorporas a tu habitual ceremonia depilatoria, es anodina y distraída porque la padeces sin darle el lugar que merece. El placer tiene tantas máscaras que reconocer su aparición en una circunstancia tal, puede resultar un escándalo inesperado e inoportuno, sin embargo, sólo una prudente y bien administrada dosis de morbo, hace posible que sigamos sosteniendo rutinas de embellecimiento que parecen sutiles métodos de tortura cavernícola. De igual modo, a pesar de las molestias, la piel irritada, los poros sensibilizados, los aullidos y los vellos encajados, que en ocasiones arroja nuestra cotidiana lucha antipelos, sin lugar a dudas, lo que yo prefiero, es exhibirme, preconcebidamente hermosa y sin un solo pelo de tonta en el cuerpo.

Aunque estés acostumbrada a depilarte con regularidad, cada nueva ceremonia en la lucha antipelos te proporciona un sutil y sensual coctel de martirio, placer y desconcierto. De hecho, si no has sido víctima de una experiencia sadomasoquista de la gama depilatoria, te falta conocer una de las caras más bizarras del sufrimiento doméstico.

 
Mónica Montañez
Periodista, dramaturga
y cronista de Estampas

¿Qué se siente ser una "cuaima"?

¿Qué quieres que te diga? Ser una cuaima es divertidísimo. Sencillamente, porque te permite sentarte con otra pila de cuaimas a hablar pistoladas, que es realmente de lo que se trata esto de ser una cuaima. Una cuaima es básicamente una grandísima habladora de pistoladas. Al principio uno cree que ser una cuaima quiere decir que te liberaste del yugo de los hombres, que ya no te friega más nadie, que de ahora en adelante la que vas a echar vainas eres tú, que puedes decir con conocimiento de causa que todos los hombres son un asco, puesto que tú no eres mujer de un solo idiota sino de varios, que a ti no te manda nadie porque eres dueña de tu vida y de todo lo demás, que si el tipo se pone cómico tú vas y lo botas, que el divorcio no te asusta y la soledad menos y, por lo tanto, el hombre que ande contigo tiene que andar derechito porque de lo contrario le formas un lío de pronóstico y chao pescado. Ajá. Todo eso y mucho más cree uno cuando se anda estrenando de cuaima. Pero, cuando ya tienes un tiempito en esto, te das cuenta de la verdad, te cae la locha de que del yugo de los hombres pasaste al yugo de los hijos porque la culpa de haberles botado al padre te mata, que en vez de llorar por uno ahora uno llora por varios, que ciertamente eres la dueña de todo y por lo tanto nadie te ayuda con nada, que eso de andar formando líos de pronóstico todo el día es agotador, en fin, que en rigor de lo que se trata es de poderte sentar cuando te salga del forro con tus amigas cuaimas a gozar un puyero destrozando verbalmente a los muérganos esos y a declarar sin vergüenza ninguna nuestra profunda admiración por todas las mujeres que no son cuaimas, las que son buenísimas y santísimas, las que todavía consultan las cosas con los esposos y hasta les piden ayuda y les queda estupendo el "sí, papi"; es decir, las que sí tienen fregadísimo al marido, las que sí logran que les paguen todo, las que cuidado y tienen más experiencia que uno, pero con la diferencia de que no lo dicen. Esas que no hablan pistoladas como nosotras y por lo tanto son aburridísimas.

Léxico
La conductora radial colombiana Alejandra Azcárate armó para la publicación Soho un particular diccionario básico femenino.
He aquí un compendio del mismo:

Amigas
Seres humanos en vía de extinción.

Cartera
Buzón de secretos, cueva del desorden, Triángulo de las Bermudas y arma de defensa personal. Accesorio unisex. después de pisar el altar.

Celos
Demonio del alma que no desaparece ni por medio de un exorcismo. Sensación imaginaria inevitable. Impulso fundamental para montar guiones de gran calidad y ganarse un premio Oscar.

Chisme
Poder imaginario que nos permite verles los defectos a los demás, solucionar problemas que no son nuestros e inventar los finales de las historias ajenas. Vía a través de la cual recibimos y transmitimos información que nos hace sentir importantes por conocer lo que no nos importa.

Cirugía plástica
Garantía para vencer la ley de gravedad. Descubrimiento científico que amamos y negamos. Procedimiento arriesgado, costoso y doloroso que nos aumenta la autoestima, las curvas y la libido.

Dieta
Actividad que se inicia sólo los lunes y raramente se ejerce los fines de semana. Manera sencilla de amargarse las vacaciones.
Sacrificio obligatorio para no dormir solas.

Infidelidad
Traición estratégicamente pensada y procesada, difícil de olvidar, complicada de ocultar, imposible de evitar.

Lágrima
Gota de sentimentalismo que vierte el ojo una vez al mes. Los demás días, arma de convencimiento y manipulación.

Maquillaje
Vía rápida para descubrir el otro yo atrayendo de noche y espantando de día.

Maternidad
Milagro de la vida que deteriora el cuerpo, aumenta la sensibilidad, ahuyenta al hombre y quita el sueño para siempre.

Matrimonio
Prerrequisito para colgar un vestido de por vida, aprender a cocinar, dividir el clóset, compartir el baño, desarrollar el arte de creer mentiras y conformarse con la monotonía sexual, todo a cambio de una felicidad pasajera. Fenómeno social que multiplica los defectos, suma las deudas, resta la libertad y divide la identidad.

Orgasmo
Viaje a las estrellas conducido por un cohete humano. Segundos de explosión inesperada que activa los sentidos y, al momento del "aterrizaje", produce una inmensa gratitud.

Salón de belleza
Local comercial donde las vidas ajenas son cortadas por las tijeras de las clientas. Unico lugar donde el paso del tiempo pierde importancia y se entra sin ser invitado a gastarse lo que
no se tiene.

Separación
Efectivo sistema para abolir el fútbol, recuperar el control del televisor y evitar las haladas de cobija. Doloroso pero satisfactorio regreso a la libertad.

Soledad
Estado que a veces anhelamos, pocas veces manejamos y casi nunca soportamos. Impulso primario por el cual abandonamos al que nos conviene para involucrarnos con el que nos abandona.

Teléfono
Cordón umbilical adherido a la oreja. Medio de comunicación para matar el ocio y quedar en bancarrota.

Trago
Bebida desdoblante que bloquea el cerebro, acelera las emociones, amplía la mente, esabrocha la imaginación y relaja las extremidades inferiores.

Zapatos
En sentido figurado, es lo que se les da a los hombres por la cabeza para que funcionen en una relación.

 

Ver también en Encuentros:
- Ese algo especial de Lucy

 
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