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Valeria y Vivian son dos mujeres cercanas,
aparentemente muy distintas pero con cosas, al menos una cosa, terrible,
en común.Valeria acaba de cumplir cuarenta años, Vivian
tiene rato ya en la cuarentena. Valeria estuvo casada con un
tal Manuel y padeció junto a él y por unos cuantos
años un matrimonio mediocre hasta que no aguantó más
y se divorció bajo la creencia de que la vida le debía
una segunda oportunidad. Vivian se casó con un tal Jorge
y, a pesar de que su matrimonio también fue una mediocridad,
nunca jamás se planteó la posibilidad de divorciarse,
bajo la creencia firme de que estaba haciendo lo correcto, lo bonito
y, que así, junto a su marido, iba a ser feliz.
A pesar de sus dos muy distintas apuestas hoy
en día Valeria y Vivian están solas y, lo que es peor,
no son felices. Tienen todo para ser felices pero no lo son. Y eso
que ambas son absolutamente preciosas, figúrese, a ambas
las representa nada más y nada menos que Mimí Lazo.
Ah, sí, se me olvidaba aclarar que tanto Valeria como Vivian
son personajes. Dos personajes de dos monólogos escritos
por dos mujeres sobre dos mujeres aparentemente muy distintas (la
que le apostó al divorcio y la que le apostó al matrimonio)
que cobran vida de la mano de la inmensa Mimí Lazo en dos
obras de teatro, El Aplauso va por dentro y No seré feliz
pero tengo marido, frente a un mismo público, el venezolano,
que acude a las salas a reír y llorar junto a ellas de tanto
identificarse con ellas. Las dos, tanto Valeria como Vivian, han
recorrido un bojote de países conquistando un éxito
envidiable, y yo hoy quiero hablar de ellas por esa cosa terrible
que tienen en común. No me refiero ni a que sean mujeres
ni a que sean personajes ni a que los escribimos dos mujeres latinoamericanas
ni a que a ambas las representa aquí Mimí ni al éxito
que tienen ni a que estuvieron casadas ni a que al principio lo
hacen reír a uno para luego dejarlo llorando ni a que son
bellas y le echaron piernas y, sin embargo, ni a que están
solas ni a que no son felices. Bueno, a que no son felices sí
porque el motivo es terriblemente el mismo. Tanto Valeria como Vivian
le pusieron la responsabilidad de su propia felicidad en las manos
a otro. Vivian a su marido, Valeria a su marido primero y, luego,
a sus novios, pero en definitiva a otros. A ninguna de las dos se
le ocurrió que estaba en sus manos ser felices, que estar
o ser feliz, satisfecha, plena podía depender exclusivamente
de ellas y no de sus parejas. De unos hombres que, quizá
eran unos muérganos, pero que sencillamente y quizá
no podían o no sabían cómo hacerlas felices.
Si uno ve esas dos obras corre el riesgo de
sentir que no hay salida, porque tanto a la divorciada como a la
casada les fue pésimo, ninguna de las dos ilumina el camino
hacia la felicidad. Como quiera que soy responsable de una de ellas
me atrevo hoy a proponerles una tercera mujer, a la que podríamos
bautizar como Victoria, por seguir con lo de la V. A esta tercera
mujer la conozco tanto como a las otras dos; es decir, hay un montón
de ejemplos en la calle. Así como Valeria tiene 40 y Vivian
puede tener 50, Victoria ya cumplió 60 y, sorpresivamente
debido a todos los prejuicios que en nuestra sociedad soporta la
vejez, ella sí es feliz. Pero felicísima. Está
sola también, se divorció o enviudó, el efecto
es el mismo, pues no tiene un marido al lado, pero está bien,
tranquila, plena. No anda desesperada tratando de conseguir un novio
ni de complacer al marido. No. Victoria es tan sabia como para saber
lo que quiere y encima hacerlo. Disfruta sus labores, sus hijos,
su tiempo, su vida, su soledad mejor entendida como libertad. Es
decir, tomó las riendas de su felicidad en sus propias manos
y por lo tanto es más difícil que nadie se la estropee.
Con esto no quiero decir que hay que esperar sesenta años
para ser felices. Tampoco que no existan mujeres felizmente casadas,
pero esa sería una cuarta obra y no apostaría mucho
a su éxito de público, que se aguanten su felicidad
ellas solas. l
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