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Asesinato a mandarriazos

Un bioquímico sostuvo su inocencia después
de purgar 11 años por un asesinato

Max Haines

Toda gran ciudad tiene al menos un asesino tristemente célebre, el cual llega a asociarse indeleblemente con ese lugar. ¿Quién puede
olvidar el caso de Charles Stuart de Boston,
quien mató a su esposa embarazada y luego
atentó contra su propia vida, o de Peter Demeter
de Toronto, quien planificó el asesinato de su cónyuge mientras él estaba lejos de casa?

Shreveport, en Louisiana, fue el escenario de un crimen similar. El asesinato tuvo lugar el 31 de marzo de 1980 a las 4:12 de la madrugada. El doctor Lewis Graham y su esposa Kathy vivían con sus tres hijos: David, de 16; Eric, de 12; y Katie, de 8, en el número 2.033 de South Kirkwood Dr., una zona elegante de Shreveport.

Lewis recibió una herencia que le significó una renta de 100.000 dólares al año. Esto se sumaba a su considerable salario como profesor de bioquímica e investigador del Centro Médico de la Louisiana State University. Lewis no era médico. Tenía un PhD en bioquímica.

Los Graham estaban en proceso de construir una casa a la medida de sus sueños cuando, en cuestión de pocos minutos, durante la madrugada de un día lunes, sus vidas cambiarían para siempre.

He aquí lo sucedido, según el relato de Graham. Él y su esposa se acostaron, igual que siempre, el domingo en la noche. Los niños dormían en su habitación. La primera señal de que pasaba algo extraño tuvo lugar cuando él pensó haber escuchado un grito, el cual fue silenciado de inmediato.

Al mismo tiempo, lo arrojaron de la cama al piso. En la oscuridad más profunda, lo alzaron, lo sacudieron momentáneamente y lo arrojaron contra la pared del dormitorio. Tuvo una sensación de ardor en un costado.

Lewis cayó al piso, perdiendo el conocimiento.  No sabía cuánto tiempo había pasado cuando recuperó el sentido, pero al despertar encendió la luz del dormitorio.

Allí estaba Kathy, cuya cabeza estaba horriblemente aplastada. Un rápido vistazo le indicó a Lewis que su esposa estaba muerta, pero para asegurarse, tocó su cuerpo, que estaba impresionantemente frío. Salió de la habitación, cerrando la puerta con cerrojo a su paso. Lewis afirmó que no quería que sus hijos vieran el terrible espectáculo del cadáver de su madre. Pasó frente al cuarto de los niños hacia la cocina, donde buscó un directorio telefónico y llamó a la policía. Le dijo a los agentes que su casa había sido asaltada, su esposa estaba muerta y él herido. Luego llamó a su vecina Carolyn Godwin, cuyo esposo casualmente estaba fuera de la ciudad. Ella llamó a otro vecino, Jerry Siragusa, quien corrió de inmediato a al hogar de los Graham. Despertaron a los niños y los llevaron a la casa de Carolyn, al otro lado de la calle.

Los detectives entraron en la residencia. Desde el principio supieron que no se trataba de un crimen común. La pareja había estado casada durante 17 años. Lewis era un prominente profesional con un coeficiente intelectual de 132.

Inmediatamente después que la policía llegó a la escena del crimen, Lewis fue llevado en ambulancia al hospital. Tenía una herida superficial de cuchillo en un costado. Un sólo punto de sutura fue suficiente para cerrarla.

En la residencia de las víctimas, la policía encontró señales de que la puerta trasera había sido forzada. Sobre el piso había una mandarria de mango corto manchada de sangre y un cuchillo de caza de 15 centímetros de largo. Ambos objetos pertenecían a la familia.

Al principio pareció que uno o varios intrusos entraron en la casa y tomaron el cuchillo de Lewis y una mandarria de un armario antes de subir las escaleras. Kathy, quien tenía el sueño ligero, quizás se despertó, gritó y le atestaron un despiadado golpe con la mandarria. Cuando se movió, la golpearon de nuevo. A Lewis, según declaró, lo arrastraron desde la cama, lo apuñalaron y lo arrojaron al otro lado del cuarto. Pero él atrajo sospechas debido a su comportamiento, porque nunca derramó una lágrima en ningún momento por la muerte de su esposa. Carolyn Godwin y Jerry Siragusa confirmaron que no había actuado como alguien que acaba de perder a su esposa.

Los detectives escucharon la historia de Lewis una y otra vez. Algo no les convencía. Después de recuperar el sentido, ¿pasaría un padre al lado de la habitación de sus hijos sin ver cómo estaban? Después de todo, ellos también habían podido ser víctimas del agresor o los agresores. Lewis no tenía explicación para su ilógico comportamiento. Además, estaba el asunto de la herida superficial. ¡Qué afortunado! La hoja del cuchillo apenas atravesó la piel.

Los detectives descubrieron que vivía un prolongado amorío con su asistente de laboratorio, Judith Carson. Le explicó a la policía que ella y el bioquímico habían trabajado juntos por años. Lewis le dijo que él y su esposa tenían dificultades maritales. Aparentemente, a lo largo de los años, la naturaleza extrovertida y locuaz de Kathy había llegado a exasperar los nervios de Lewis, quien tenía fama de ser introvertido y callado.

Judith y Lewis trabajaban juntos en el área confinada de un laboratorio. Nunca se citaban de noche ni habían pasado un fin de semana juntos. Más o menos cada dos semanas, alquilaban una habitación de hotel al mediodía. La policía se preguntaba si el amor de Lewis por Judith Carson era motivo de asesinato.

El caso contra el doctor Graham era totalmente circunstancial y para nada estaba blindado, pero tres meses después del asesinato lo arrestaron y lo acusaron del asesinato de su esposa. Salió libre una hora más tarde después de pagar una fianza de 200.000 dólares.

El 21 de julio de 1981 comenzó el juicio por asesinato. Los detalles de la noche
en que Kathy Graham fue asesinada con una mandarria fueron cuidadosamente reconstruidos.

Lo más perjudicial para el acusado fue la evidencia suministrada por Herbert MacDonell, un criminólogo cuya especialidad era el análisis de patrones de manchas de sangre. El examinó la franela que había usado Graham en la cama
la noche del asesinato. Declaró al jurado que encontró cientos de manchas de sangre en la parte trasera de la franela. La sangre era tipo
A, el mismo de Kathy.

Según la versión del acusado sobre los hechos acaecidos, era literalmente imposible que se hubiera manchado la espalda de la franela. MacDonell explicó que las manchas coincidían totalmente con las que caerían de una mandarria sostenida por Graham por encima de su cabeza mientras golpeaba a su esposa.

El criminólogo, también examinó sangre encontrada en la parte frontal de la franela. Era del tipo O, el mismo de Lewis. La mancha formaba una línea recta de sangre, la cual probablemente se formó cuando el acusado limpiaba la sangre en su propio cuchillo, pasando éste por la franela. La evidencia de MacDonell tuvo un profundo efecto en el jurado. Éste emitió un veredicto de culpable de asesinato en segundo grado. El condenado escuchó las devastadoras palabras del juez: “Es decisión de esta corte, Lewis Graham, que sea sentenciado a cadena perpetua con trabajos forzados, sin el beneficio de libertad bajo palabra ni suspensión de la sentencia”.

Pero la dura sentencia pronunciada por el juez sería drásticamente alterada más tarde. El 3 de febrero de 1988, el saliente gobernador Edwin Edwards conmutó la sentencia de Graham a 25 años de cárcel.

Casi dos años después ya era elegible para obtener libertad condicional. El 9 de diciembre de 1992, el Dr. Lewis Graham recibió libertad bajo palabra y salió de la cárcel después de purgar 11 años. . l

Traducción: José Peralta. Ilustraciones: David Márquez

davidmarquez@cantv.net

 
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