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Pamela, la mejor amiga de mi hija, se va a casar dentro de poco y como es natural todo en su vida gira en torno a la boda y a la etapa que va a iniciar. No habla de otra cosa, o mejor dicho: sus amigas —incluida mi hija— no dejan hablar de otro asunto. Unas porque están emocionadas y se ocupan de los detalles de la fiesta, del vestido, las flores, la música, el viaje de luna de miel, mientras que otras —las que se dicen veteranas— porque se preocupan en darle consejos para la nueva vida. Esas son las que ya se han lanzado al agua, y con la voz de “la experiencia” le llenan la cabeza con sugerencias, recomendaciones, avisos. Quieren advertirle sobre lo que puede encontrar. Para que se vaya acostumbrando. Porque por mucho amor que haya en medio, aseguran, debe saber que hay cosas desagradables que tiene que enfrentar, o por lo menos tolerar, cuando vea que no tienen remedio. Una suerte de ceremonia de amonestación.
Victoria, por ejemplo, le habló de la amenaza de la toalla mojada:
-Si son hijos únicos, como tu novio y como mi esposo —le confió—, ellos están acostumbrados a que su mamita linda y querida ande detrás de ellos recogiéndole su desorden: los zapatos, la ropa sucia y, lo peor de lo peor, la toalla mojada que se empeñan en dejar encima de la cama. En su mente de “yo nunca he fregado un plato”, ni siquiera se les ocurre pensar que la toalla no se guinda sola y mucho menos se deja en el lado de la cama que no es el de ellos.
-Pero eso se les quita —explicó Sue— el día en que vayan a dormir y se encuentren con que la sábana está mojada. Más nunca lo hacen.
-Hay algo que es imposible modificar —alarmó Judith—. Yo he intentado de todo y no he encontrado la manera de explicarle a Armando que el tubo de la pasta de diente se aprieta de abajo hacia arriba, no en el medio, como hace él, y mucho menos se deja sin tapa.
-Y si él ronca —saltó Ana Cristina— no hay nada qué hacer. A menos que tengan cuartos separados. Porque una cosa es dormir una que otra vez con alguien que silba de noche, para decir lo menos, y otra muy distinta y muy fea es acostarte al lado de esa persona todas las noches del resto de tu vida.
-Tampoco es que ellos son los únicos que tienen que cambiar —intervino, conciliadora, María Teresa—. Yo sé de un caso en que ella, que venía de una familia de 7 hermanas, estaba acostumbrada a tender su ropa interior en los grifos de la ducha y eso era chocante para su pareja, así que mi amiga tuvo que aprender a que los trapos sucios se lavan y se tienden cuando él no está y donde él no los vea.
-Y lo que le pasó a una prima mía —habló entonces Ana Lucía, que aunque no es casada, se sabe sus cuentos—. Ella tenía un tic nervioso que la hacía mover la pierna apenas se acostaba, y con ese tembleque estaba toda la noche. Algo inconsciente. En cambio su esposo, que la adoraba, tiene el sueño liviano, y no podía pegar un ojo en toda la noche. El primer año de casados fue duro, muy duro. Hasta terapia tuvieron que hacer.
-Todo eso puede ser muy difícil y todo lo que ustedes quieran —habló Eloísa— pero hay algo que no se puede evitar.
Pamela, que ya tenía los ojos redondos como dos platos de sopa, casi pegó un brinco cuando oyó la advertencia de Eloísa:
-El issue del queso fresco.
La mejor amiga de mi hija se veía aterrada.
-Cuando una es soltera —abundó en detalles Eloísa—, hay cosas que hacen otros. De pagar la luz, el gas, el agua, se encarga la mamá, el papá, o el hermano. Pero cuando una se casa, los trámites tienen que turnarse con el marido. Eso es fastidioso, pero es una vez al mes, y qué remedio. Ahora, comprar el queso para el desayuno no puede hacerse cada 30 días, ni siquiera una vez a la semana. Tiene que comprarse, cuando mucho, cada tres días. ¡Y eso sí que es horroroso! Porque él nunca tiene tiempo y tú nunca tienes ganas, y alguien tiene que hacerlo y empiezan los conflictos: que si yo fui el lunes, ahora te toca a ti, que porqué no puedes ir tú que sales primero, que…
A esta altura de la conversación salí corriendo de la casa. Me acordé que no tenía ni queso, ni pan, ni leche para el desayuno…Eran casi las nueve de la noche y ya me iban a cerrar la panadería… ¡Volé! l
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