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foto: www.shutterstock.com / Monkey Business Images

CÓMO ACTUAR ante los problemas
de audición

Tu hijo necesita oír para aprender a hablar y a comunicarse. Una audición deficiente puede perjudicar esas capacidades. Por eso es vital detectarla pronto

El oído es un órgano complejo y delicado. Su función es recoger las ondas sonoras del exterior, procesarlas y enviar las señales al cerebro. Pero su papel en nuestra vida va más allá: de su correcto funcionamiento depende el desarrollo de las habilidades lingüísticas.

DESDE EL PRIMER MES
El oído del niño comienza a formarse en las primeras semanas de gestación. Entre el cuarto y el quinto mes de embarazo el bebé ya distingue sonidos, primero los más cercanos (tus latidos, tu respiración) y en meses posteriores los del exterior. A las pocas semanas de nacer, su agudeza auditiva es similar a la del adulto y le permite apreciar sonidos agudos, que le sobresaltan, y graves, que le tranquilizan.

En varios países del mundo funcionan programas para la detección precoz de la hipoacusia (es decir, de la disminución de la capacidad auditiva), que implica la realización de pruebas de audición a la mayoría de los recién nacidos. Se pretende así detectar los problemas de hipoacusia en el primer mes de vida, establecer el diagnóstico antes de los tres meses, iniciar el tratamiento a partir de los seis meses y hacer un seguimiento continuado de todos los casos de hipoacusia detectados.

ASÍ SE HACE EL DIAGNÓSTICO
Aunque cada niño tiene su propio ritmo evolutivo, su comportamiento habitual puede ayudarnos a descubrir si oye correctamente. Si a tu hijo no le han hecho las pruebas y sospechas que no oye bien, consulta al pediatra, que le realizará una exploración completa y te remitirá al especialista si lo considera oportuno. El otorrino valorará la pérdida auditiva mediante la observación del niño, preguntas a los padres y la realización de pruebas que determinen la naturaleza de la hipoacusia (neurosensorial o conductiva) y su intensidad (leve, moderada o severa). Hay diferentes tipos de pruebas:

Otoemisiones acústicas (OEA). Con ellas se registra la respuesta del oído interno ante un estímulo sonoro, mediante la colocación de una pequeña sonda, por supuesto indolora e inocua para el bebé, en el conducto auditivo externo del oído.

Potenciales evocados auditivos automatizados (PEA). Se somete al oído a un estímulo acústico y se registra la actividad cerebral que genera. Para ello se colocan unos electrodos, como los de un electrocardiograma, en la cabeza del bebé (no suponen riesgo para él).

Ambas son pruebas objetivas de respuesta fisiológica que no precisan la colaboración del pequeño, sólo que esté tranquilo y quieto para que sus movimientos no interfieran en el resultado. Por eso se le hacen dormido.

Audiometría. Consiste en hacer escuchar al niño diferentes sonidos para que confirme si los oye o no. Es una prueba subjetiva que precisa de la participación activa del niño, por eso sólo resulta útil a partir de los tres o cuatro años. Durante las pruebas podrás permanecer con tu hijo para que esté tranquilo.

CAUSAS Y SOLUCIONES
Existen dos tipos de hipoacusia. La hipoacusia conductiva se debe a alteraciones en el oído interno o medio. En niños entre cero y cinco años suele ser consecuencia de una otitis mucosa (acumulación de moco en el oído medio como resultado de un catarro o infección de vías respiratorias altas). Esta afección suele provocar una pérdida auditiva leve o moderada y pasajera. Se trata con corticoides nasales (aerosoles) y, si hay infección bacteriana, con un antibiótico específico.

Un niño con hipoacusia tiene,
a priori
, la misma capacidad de DESARROLLO
COGNITIVO
que un niño que oye

Si la otitis persiste durante tres-seis meses hay que aspirar el moco mediante cirugía. En principio se trata de una operación ambulatoria de escasa dificultad. Cuando la otitis mucosa se agudiza, puede producirse una perforación del tímpano, que suele cerrarse espontáneamente. Pero si la perforación se cronifica, es preciso realizar un injerto para cerrarla y conseguir que el niño oiga bien.

La hipoacusia neurosensorial implica lesiones en el oído interno o en el nervio auditivo. Provoca pérdidas auditivas severas y permanentes. La mayoría de los casos son consecuencia de una predisposición genética, aunque también puede producirse en prematuros con menos de 1,5 Kg de peso. Una enfermedad infecciosa padecida por la madre durante el embarazo (como la rubéola, el citomegalovirus...) o que el niño haya sufrido una meningitis bacteriana, también pueden causarla.

foto:www.shutterstock.com / Vladimir Mucibabic

Para tratarla se opta, en principio, por el uso de audífonos, que actúan a modo de amplificador del sonido procedente del exterior. Cuando el pequeño no responde a este tratamiento se recurre al implante coclear, una especie de minúsculo microchip que se coloca dentro del oído interno mediante una pequeña e invisible incisión, realizada detrás de la oreja, y que permite que el niño oiga.

En cualquier caso, el niño precisará revisiones periódicas para controlar si la hipoacusia permanece estable o se acentúa con el tiempo, y para así poder adaptar los tratamientos oportunos a cada circunstancia.

EL DESARROLLO DEL PEQUEÑO
En el aprendizaje y desarrollo de un niño con hipoacusia influyen varios factores: tipo e intensidad de la hipoacusia, si ésta es genética o adquirida, si se ha manifestado/detectado antes de que el pequeño aprenda a hablar (etapa prelocutiva) o después (etapa postlocutiva), etc. Sin embargo, a priori tiene la misma capacidad de desarrollo cognitivo que un niño que oye. Además, los actuales avances tanto médicos como tecnológicos permiten tratar prácticamente cualquier tipo de hipoacusia.

foto:www.shutterstock.com / lisa eastman

Las mejoras de los audífonos, las posibilidades que ofrece el implante coclear y la intervención logopédica temprana ayudan a desarrollar el lenguaje y el aprendizaje de forma más natural y con menos esfuerzo. Por eso es tan importante la detección antes de los tres meses de vida. De este modo se inicia el tratamiento para que la pérdida auditiva no condicione su desarrollo.

Pero incluso cuando la hipoacusia se detecta más tarde, la labor de médicos, psicólogos y logopedas ayuda al niño a salvar las carencias que hayan podido afectarle hasta el diagnóstico, favoreciendo su integración. Cada vez son más los niños con hipoacusia que aprenden junto a niños oyentes consiguiendo que se desarrolle su autonomía en el aprendizaje, y en su vida personal y social.

 

Pruebas que puedes realizar en casa
En sus primeros meses, observa si el bebé parpadea, extiende los brazos y mueve el cuerpo cuando hay un sonido fuerte cerca de él y si se tranquiliza al escuchar tu voz.

• Si ya tiene seis meses, sitúate detrás de él y confirma si se vuelve cuando le llamas, tocas una campanilla o das un portazo. Y cerciórate de que emite sonidos (pa, ta, ma...).

• Con un año, prueba a llamarle o hacer un ruido fuerte desde otra habitación para ver si reacciona (se calla, se asusta, llora). Comprueba si dice palabras como mamá y papá.

• A partir de los 18-24 meses, pídele, sin hacer ningún gesto, que se señale alguna parte del cuerpo o que coja un juguete y comprueba si responde. Ya debe decir frases cortas.

• A los tres años, comprueba que habla con claridad y fluidez. Fíjate además en si suele mostrar falta de atención, si pide muchas veces que subas el volumen de la televisión o si, cuando conversas con él, necesita constantemente que le repitas lo que le has dicho. Observa también si da respuestas incoherentes a tus preguntas.

 

Apoyo emocional para toda la familia
Ante la pérdida de audición de un hijo, es común que los padres se sientan desorientados. Consultar a especialistas ayuda a aceptar la situación e involucrarse en la educación del niño.
• Integrar la paciencia, la constancia y el optimismo en la vida familiar favorece mucho el equilibrio emocional del pequeño con baja audición y preserva su autoestima.

• Para conseguir normalizar la situación y potenciar la autonomía personal del niño hay que evitar sobreprotegerle o establecer diferencias respecto a sus hermanos y amigos.

• Conviene incentivar la comunicación verbal y afectiva abrazándole, hablándole, cantándole... y activar su relación con el entorno mediante miradas, gestos, palabras.

• Los especialistas (psicopedagogos, logopedas) y las asociaciones de familiares pueden aclarar las dudas y orientar a los padres sobre la forma más adecuada de actuar.

 


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