ADOLESCENTES
(Instrucciones de uso)
Sus padres los adoran tanto como los odian, al tiempo que hacen
lo imposible por evitar los supuestos errores que cometieron
los suyos con ellos. ¿Cómo lidiar con esos seres? Por Alicia Centenera
 |
| wwww.shutterstock.com.ve / andresr |
Para no sentirse absolutamente solos y para saber que todavía importan, los hijos adolescentes necesitan que se les impongan ciertos límites, que se les fijen unas normas, que ejerzan algún control sobre ellos. Eso les proporciona seguridad y tranquilidad; calma su ansiedad. "Los jóvenes no son más que personas que no saben dónde están ni adónde van. Lo único que intuyen es que tienen que llegar a alguna parte. Por primera vez han de hacerlo solos, sin ayuda de nadie. Y eso duele. Tanto duele que aunque piden libertad a gritos casi ninguno la desea totalmente", explica Alejandra Vallejo-Nágera, reconocida psicóloga española.
En su camino hacia la autonomía y la independencia, los adolescentes se sienten en guerra con el mundo en general y con su familia en particular. En muchas ocasiones, a lo largo del día, los padres son el enemigo. Los atacan desde todos los frentes, en parte porque son los adultos que están a mano, aquellos con los que tienen más confianza, pero, sobre todo, porque están llenos de sentimientos contradictorios: los quieren y quieren sentirse amados por ellos, pero esa dependencia y vulnerabilidad les hace sentirse infantiles, algo que rechazan de plano.
Para los padres "todos los frentes" son demasiados territorios de batalla, teniendo en cuenta que apenas logran que mantengan cierto orden en su cuarto. En cuanto intentan fijar algún límite a sus exigencias, se topan con malas contestaciones, reacciones desmesuradas... Saben que no aceptarán una imposición que no sea razonada hasta el aburrimiento. Entonces pueden ocurrir dos cosas: o se agotan queriendo llegar a un acuerdo o acaban imponiéndose a la fuerza. Para evitar el desgaste de tanto roce continuo, los padres deben eliminar las discusiones por asuntos que no sean esenciales, aunque les resulten muy molestos. Uno de los sistemas más útiles para facilitarse la vida como padres de adolescentes es analizar si la conducta que causa desagrado afecta sólo al joven o también a ellos o al resto de la familia. En el primer caso, puede eludirse la cuestión, en el segundo, hay que intervenir.
Sea como fuere tienen que ser firmes, deben escuchar los argumentos del adolescente, ser flexibles mientras se dialoga, poner de cada parte hasta alcanzar un acuerdo que consideren razonable... pero, una vez tomada una decisión, es preciso que se mantenga hasta el fin. El cambio en las normas o la posibilidad de saltárselas a la torera desconcierta al adolescente y le crea inseguridad.
NO SE DESGASTE CON...
El orden en su cuarto. La ropa por el suelo, la cama deshecha, los libros abiertos en la silla... son un reflejo del desconcierto que el hijo siente, su primer intento de independencia y también una forma de "orden": la suya propia, que irá evolucionando al compás de su crecimiento. Por eso es mejor hacer la vista gorda sobre el caos de su habitación y, en cambio, poner unas normas básicas en el resto de la casa. "El orden es bueno en los espacios comunes porque fomenta la convivencia", explica Paloma Méndez de Miguella, especialista española en comportamiento infantil y de adolescencia . "Pero es preciso respetar el orden que tiene en su cuarto, aunque no sea el que a nosotros nos gustaría", añade.
LOS PADRES DEBEN DIALOGAR HASTA ALCANZAR
UN ACUERDO... PERO UNA VEZ TOMADA UNA DECISIÓN, DEBE MANTENERSE HASTA EL FIN
 |
Su manera de vestirse o peinarse... Incluso si lleva piercing o tatuajes (siempre que se realicen en óptimas condiciones higiénicas). Su hijo, al usar determinadas marcas de ropa o complementos, busca integrarse en su grupo de iguales. Y, en muchos casos, provocar a los adultos, desafiando sus gustos estéticos. Lo mismo puede decirse de los peinados extravagantes: les identifican y les adscriben a un grupo, y esto les da seguridad. Si, además, fastidia a sus padres, mejor. Quieren llamar su atención y... lo consiguen. "Hay que tener cierta flexibilidad -explica Méndez de Miguel-, el adolescente está buscando su identidad y, al final, que lleve un zarcillo de más o una camiseta que consideramos fea es irrelevante porque no le va a hacer mejor o peor persona".
Su vocabulario. El uso de "malas palabras" e insultos es una de las mejores vías de los adolescentes para desarmar a los padres. No es más que otra manera de reafirmarse y desafiar las normas familiares. Pero es inevitable: molestan profundamente, primero porque implica una agresividad hiriente y, luego, porque ayuda a desviar la atención y es una excelente estrategia para librarse de hacer algo que no les provoca. Si le pide a su hijo que saque la basura y recibe como respuesta un par de "groserías", suele empezar el problema: Exigirá un poco de respeto, insistirá en que en casa no se admiten esas palabras y, cuando se dé cuenta, el adolescente se ha encerrado previo portazo en su habitación... y la basura sigue donde estaba. "Por supuesto que un lenguaje ofensivo y soez no debe tolerarse, pero es suficiente zanjar el asunto con un simple recordatorio. Si entramos en su juego, sólo lograremos despistarnos y apartarnos de nuestro primer objetivo", explica la especialista Vallejo-Nágera.
PERO SÍ DEBE INSISTIR EN...
Fomentar la unidad familiar. Un adolescente tiende a aislarse en cuanto puede, quiere encerrarse para sentirse "mayor", autónomo, para afirmar su individualidad. Pero no siempre podemos permitírselo. Sigue viviendo dentro de una familia y ha de compartir con ella algunas comidas, ciertas actividades de ocio o visitas a otros familiares. Todo ello puede pactarse y debe hacerse desde el principio, antes de que el joven adquiera el hábito de mantenerse aislado. Porque permitirle ese aislamiento cotidianamente y luego intentar que se integre de nuevo en determinados momentos (la comida del domingo, el cumpleaños del abuelo...) es muy difícil. Para no dejarse "comer el coco" por sus protestas, es útil recordar que, cuando a un adolescente se le da tanta independencia como exige, acaba por interpretarlo como un abandono. Y la pregunta que le ronda es: "¿Estoy solo porque quieren que me sienta libre o porque en casa no le importo a nadie?". El psicólogo madrileño Javier Urra afirma: "La convivencia en el hogar es enriquecedora y conflictiva. Las conductas en la familia están entrelazadas, no son individuales".
 |
| Foto www.shutterstock.com.ve |
Respetar los horarios. Es preciso fijar con el adolescente un horario y atenerse a él. Pactar no sólo la hora de llegar a casa la noche del sábado, sino la de levantarse y la de acostarse entre semana, el tiempo que debe dedicar diariamente al estudio o a la diversión. Atenerse a un horario facilita la vida al adolescente. De esa forma pueden llegar a un acuerdo. Aunque parezca lo contrario, la mayoría de los jóvenes entiende a la perfección que debe dedicar un tiempo a estudiar o que no todas las noches puede salir hasta tarde.
Usar bien la tecnología. Un adolescente es una persona pegada al teléfono y a la computadora, atrapado por el Messenger, hasta que los padres pegan el alarido. Además, puede chatear en Internet mientras está colgado del móvil o del mp3. Lo quiere todo al mismo tiempo y los medios de comunicación se lo ponen fácil. La computadora cambió la manera de jugar y comunicarse, y la Red ha cambiado el mundo. Los padres tienen la obligación de ayudar a los hijos para que aprendan a controlar tiempos, usos... hasta que se responsabilicen solos. Aquí sí debe presentarse batalla. Esto implica pactar el tiempo que emplearán en la computadora, dialogar sobre lo bueno y lo malo de la comunicación virtual y fijar normas que les impidan manejar a la vez los distintos medios de comunicación.
| JAMÁS BAJE LA GUARDIA |
Hay que educarlos desde pequeños para que tengan una sexualidad sana. Cuéntales que mantener relaciones sin estar emocionalmente preparado y usar el sexo para reafirmarse, desencadena sentimientos de culpa, baja autoestima y, a veces, depresión.
Cada vez se inicia antes el consumo de drogas. El mayor problema es que en la adolescencia uno se cree invulnerable y piensa que, aunque consuma, no va a engancharse. Por eso es bueno que antes de esta edad se hable de sus inconvenientes y de las consecuencias de por vida.
Hay que estar alerta para detectar indicios de consumo precoz de alcohol. En adolescentes, cuando el sistema nervioso no está consolidado, es más perjudicial que cuando se es adulto. Tampoco hay que ser alarmistas: beber una cerveza no les convierte en alcohólicos. Lo importante es dar buen ejemplo.
En la familia hay unas normas y unas consecuencias si éstas no se cumplen. En realidad todo funciona así. Si en el trabajo lo hacemos bien, nos pagan; y si no, nos despiden. Los chicos tienen que entender que su conducta tiene consecuencias. Los sermones reiterados no suelen dar fruto.
Para que cambien su comportamiento, lo mejor es premiar aquello que queremos que hagan. Si un adolescente vive en una disciplina rígida con castigos frecuentes, puede volverse en contra de los padres. Él piensa: "Cuanto más me castigas, más me vengo", y ¿cómo lo hace? Portándose mal.
|
© prisacom, s.a./hachette filipacchi. derechos de El universal.
|