| Temperamento ácido
El protagonista de este artículo quedó en los anales
del crimen inglés como uno de los peores asesinos que han existido. Max Haines
Uno de los temas más espinosos cuando se intenta cometer un asesinato perfecto es el embarazoso problema de cómo librarse de un cadáver. A lo largo de los años, estos cadáveres tienen la posibilidad totalmente inoportuna de reaparecer, metiendo en grandes líos al asesino.
Un hombre que creyó tenerlo todo pensado para resolver esta delicada cuestión fue John George Haigh.
Haig nació en Stamford, en el condado de Lincoln (Inglaterra), el 24 de julio de 1909. A principios de la treintena, John tuvo problemas con la policía pero logró librarse de la justicia pasando de un trabajo a otro. Intentó la compra y venta de vehículos. En la mayoría de los casos se salió con la suya y, en ocasiones, su padre le echó una mano. Es interesante resaltar que, posteriormente, los empleados de Haigh dijeron que era una persona excepcional desde todo punto de vista. De hecho, todos dijeron que si no se hubiera torcido, habría tenido éxito en casi cualquier tarea que emprendiera. Ese no fue el caso. Cuando estaba cumpliendo condena por un delito de poca importancia, John empezó a darle vueltas a la idea de que es tan fácil pasarse mucho tiempo en la cárcel por algo gordo como por hacer cualquier tontería sin importancia.
En cualquier caso, cuando John salió de la cárcel, fue directamente a la ciudad de Londres. Pronto consiguió trabajo en un centro de entretenimiento propiedad de William Donald McSwan y su hijo Donald. Este trabajo resultó demasiado honesto para John, así que decidió abrir un bufete especializado en la venta de títulos bursátiles falsos, a un poco menos de su verdadero valor de mercado. Como todo el mundo sabe, es difícil hacer eso. La policía informó a John que el asunto era tan difícil que se iba a llevar nada menos que unos tres años en la prisión de Dartmour. De nuevo libre, volvió a las andadas y fue sentenciado a 21 meses de trabajos forzados por imputársele el robo de todos los enseres de una casa. Está claro que nuestro héroe no estaba yendo a ninguna parte, excepto a la cárcel continua y rápidamente.
Transcurrieron seis meses sin que pasara nada. Haigh pasó de un sitio a otro y fue a aterrizar a un lugar de lo más inusitado: el hotel Onslow Court de South Kensington, Londres. Para un hombre relativamente joven y soltero, irse a vivir al Onslow Court era algo extraño de verdad, porque en este hotel vivían casi exclusivamente mujeres de la tercera edad. También alquiló un local en el número 79 de la calle Gloucester, en Crawley, Sussex, donde se dedicaba a “ingeniería de luces”.
Por pura casualidad, John se encontró al hijo de su antiguo empleador, Donald McSwan. Empezaron a verse con frecuencia. Haigh invitó a Donald al número 79 de la calle Gloucester, le golpeó en la cabeza y lo metió en un bidón. A partir de ahí tenía que lidiar con la desagradable tarea de extraer ácido sulfúrico de un garrafón y ponerlo en el bidón donde estaba el pobre Donald. Solucionó este problema a mano, con ayuda de un cubo. Ulteriormente, Haigh confesaría que el humo que despedía casi le volvió loco.
Nuestro hombre esperó 10 meses hasta invitar a la madre y al padre de Donald a visitarle al número 79 de la calle Gloucester. Para entonces ya había mejorado su técnica y tenía una bomba para trasladar el ácido sulfúrico del garrafón al bidón. Mató a la pareja de ancianos de la misma manera. Por supuesto, Donald, quien ya estaba totalmente disuelto en ese momento, fue arrojado sin más, al patio.
No es necesario contar aquí todas las manipulaciones y falsedades a las que Haigh tuvo que recurrir para obtener todos los bienes de la familia McSwan. Baste con decir que lo hizo tan astutamente que con la venta de la propiedad y otros activos, consiguió la fantástica suma de unas 4.000 libras.
En la primavera de 1948, el doctor Henderson y su mujer (amigos del Haigh) supuestamente se fueron de viaje a Sudáfrica. Naturalmente, el médico le dio a su amigo Haigh un poder para que se deshiciera de sus activos. Ahora sabemos que el pobre doctor y su esposa acabaron en lo que se podía considerar la cadena de montaje de Haigh.
Si están contando el número de víctimas, ya hemos llegado a cinco. Hay una regla dura y concisa que todos los asesinos inteligentes siguen: bajo ningún concepto, asesinar a una mujer mayor, de pelo cano, indefensa. Y esto por dos razones. La primera es que no hay jurado alguno que pueda admirar al asesino. La segunda: siempre tienen demasiados amigos que saben por donde andan.
John Haigh cometió el error de engañar a la señora Olive Durand-Deacon, de 69 años, para que fuera a su matadero. Vivía en la misma pensión que Haigh e inmediatamente se le echó de menos.
Scotland Yard no tardó mucho tiempo en llegar a Crawley. Haigh pensó que no tenía nada que temer porque no había ningún cadáver por ninguna parte. La policía levantó literalmente todo el jardín y encontró cosas tan reveladoras como cálculos biliares, horquillas del pelo, entre otras.
En cuanto Haigh supo que estaba acabado, confesó haber cometido varios crímenes más y otras atrocidades a los cadáveres, para intentar simular locura. Nada de esto se probó nunca y se le consideró sano, siendo juzgado y ejecutado por sus crímenes.
Como comentario y para calibrar lo que tenía en la mente un hombre que asesinó a seis personas, diré que muy meticulosamente legó toda su ropa a la Cámara de los Horrores del Museo de Madame Tussaud en Londres. Dejó instrucciones claras de que su ropa se mantuviera en perfecto estado y que el pelo de la figura de cera que le representara estuviera peinado y con raya. Allí se exponen hoy día al público. l
Ilustraciones: David Márquez |