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Consultorio sentimental
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En los primeros años de la década
de los sesenta, Estampas tenía su consultorio
sentimental. La sección se llamaba Frente a la vida,
y la firmaba Scarlet. Los consejos de la susodicha eran de
antología, como el dado a una mujer que envió
su carta bajo el apodo de "esposa angustiada". Ella
escribió: "Acudo a tu consultorio como se acude
a un confesionario. Me casé hace más de cuatro
años, al principio todo hacía presagiar un feliz
matrimonio. Desde hace algún tiempo noto que ha cambiado
completamente; si vamos a alguna fiesta él me deja
sola y baila con muchachas más jóvenes haciendo
'zócalo' como se dice. Casi nunca le hago reproches,
pero esta situación me desespera, y más ahora
que voy a tener un hijo".
Scarlet respondió: "Seca tus lágrimas que
a nada bueno han de llevarte. Tu marido se cansará
de su donjuanismo. Tú, amiga, tienes todas las ventajas:
juventud, bondad, inteligencia, y por si fuere poco, pronto
tendrás el mejor aliado de tu causa: un hijo. Verás
cuando ese montoncito de carne rosada esté en sus brazos
cómo cambia y cómo lo retendrán contra
cualquier llamado extraño. No te atormentes inútilmente".
Pues sí, la consultora le instaba a confiar en esa
creencia de que "hijo asegura marido". Sin duda,
era otra la época.

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De la dulce Heidi
a la anaconda
asesina en un momento
Mónica Montañes
Todo ocurrió una mañana
en la que iba yo de lo más tranquila caminandito por el Parque
del Este
disfrutando mi cosa, relajadísima, sin ningunas intenciones
de matar a nadie, lo juro. De pronto, cuando voy pasando junto
a las canchas, me fijo, sin demasiada atención, en un grupo
de hombres que están fajadísimos jugando un partido
de futbolito. Me fijé en ellos por la sencilla razón
de que me parece admirable que a las siete y diez de la mañana
alguien sea capaz de echarle piernas a disputarle un balón
a otro y encima corriendo. Ya iba a seguir mi camino tranquilísima
cuando uno de ellos chutó a gol y el arquero no pudo hacer
nada por impedirlo. No sólo no pudo hacer nada sino que,
el pobre arquero que no tenía para nada un físico
atlético, muy por el contrario, era un gordo inmenso de tobillos
finitos, cayó aparatosa y esplatanadamente al suelo. Inmediatamente
un bigotudo que hacía las veces de entrenador le lanzó
la siguiente frase: "Coño, pareces una jeva". Me
transformé en una anaconda en el acto. Yo, que estaba tan
tranquilita dando mi vuelta, cual Heidi viendo a Pichí, me
convertí en una anaconda. ¿Cómo es posible?
¿cómo que una jeva? ¿de qué manera la
aparatosa caída de aquel almohadón parado sobre dos
conitos tipo vasito Selva le recordó al bigotúo a
una jeva? ¿qué clase de jeva tenía él
en mente? ¿cómo es posible que alguien use la palabra
jeva para insultar a un pobre gordo torpe y sin tobillos? Me van
a perdonar pero a mí me indigna que, a estas alturas del
universo, todavía se siga utilizando a la mujer para insultar
a los tarados, los cobardes o los llorones. Si a un hombre le asusta
algo no falta quien le diga "pareces una mujer", si un
niño varón llora lo tildan de "niñita".
¿Qué es eso? Porque vamos a estar claros, yo no sé
nada de estadísticas pero no me cabe la menor duda de que
debe ser muchísimo mayor el porcentaje de hombres que se
aterran y se pintan de colores al saber que su "jeva"
quedó embarazada, que el de mujeres que se acobardan ante
una barriga, por ejemplo. Y segurísimo que son muchos más
los caballeros demandados en los tribunales porque no le pasan la
pensión alimentaria a sus hijos, que las mujeres a las que
no les tiembla el pulso si les toca echarle pichón solas
para sacar adelante a los muchachitos. Eso sin hablar del mercado
de trabajo inundado de mujeres, desde cardiólogas hasta buhoneras,
o de los salones de clase atestados de mujeres queriendo graduarse
y postgraduarse de cuanta profesión existe, o de las marchas
y contramarchas repletas de féminas dispuestas a todo por
defender lo que creen, y pare usted de contar. Es más, ¿no
y que somos todas unas cuaimas aterradoras y para muestra un botón?
¿y entonces? ¿cobardes cómo? ¿lloronas
quiénes? ¿debilucha cuál? ¿hasta cuándo
tildar a alguien de mujer, de niñita o de jeva va a ser un
insulto?
Yo les juro que andaba tranquilísima, relajadita, cero cuaima,
con la anaconda adormecida, disfrutandito mi mañana en el
Parque del Este sin la menor intención de matar a nadie pero...
él empezó. l
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