| Cursaba yo tercer año de bachillerato,
cuando un día, a la salida de clases, reconocí de
lejos al hijo de un amigo de mi papá. Estaba entre el grupo
de muchachos que a esa hora rondaban por el liceo. Era una figura
ajena a esos predios, pero lo acompañaba una muchacha que
estudiaba en un salón al lado del mío. Para mí
era evidente en lo que andaban. Ella, que contaba 15 ó 16
años de edad y se había escapado de clases, estaba
apoyada en un carro y miraba a su acompañante entre arrobada
y divertida. El, que tendría unos 19 y ya debía estar
en la universidad, la miraba de frente —a una distancia no
mayor de 50 centímetros— haciendo gala de una sonrisa
ladeada, que a lo mejor consideraba seductora.
La escena me llamó la atención
no por la química que emanaba de la pareja, sino porque la
actitud del joven rompía completamente con la imagen del
tipo formal y lejano que me había hecho. El —gordito,
pelo corto, y camisas de señor— había visitado
varias veces mi casa, siempre con su padre, y en cada una de sus
visitas me había parecido una persona reposada, callada,
que sólo mostraba interés por conversaciones serias
y tranquilas, típicas de gente grande. Al sorprenderlo en
actitud tan coetánea y terrenal me emocioné —tiene
alma en el cuerpo, pensé— y al llegar a mi casa no
pude dejar de comentar lo que había presenciado.
—Vi al hijo de César —le
dije a mi papá—, se estaba levantando a una muchacha
del liceo.
Lo que sucedió en seguida me agarró
de sorpresa. Mi papá, muy molesto, me regañó
y poco faltó para que me castigara.
—¡¿Qué palabras
son esas?! —bramó, porque eso fue lo que hizo: bramar—.
Por un instante no entendí el motivo
de su disgusto, y, confundida, llegué a pensar que se me
había escapado alguna grosería. Repasé mentalmente
lo dicho, y concluí que no. Pero resulta que para mi progenitor,
sí: para él, era inaceptable que alguna de sus cuatro
hijas hablara de “un levante”. El término lo
juzgaba vulgar e inapropiado en boca de cualquiera de nosotras.
¡Haberlo sabido!
En la actualidad, lo ocurrido hace treinta
y cinco años forma parte de mi anecdotario familiar. Desde
mi punto de vista, expresa de modo gráfico la velocidad vertiginosa
con que cada generación incorpora voces y expresiones nuevas
al léxico cotidiano. Expresiones que, poco a poco, con el
correr de los años llegan a ser toleradas, luego admitidas,
y después —desgastadas— pasan a ser sustituidas
por otras.
Ahora, por ejemplo, nadie dice “mi pana”
para referirse al mejor amigo porque “pana” puede ser
cualquiera (esos panas cantan bien, señala un locutor en
la radio). No se menciona “la chamba” ni “la nave”.
Tampoco se dice que una mujer “está buena” o
que ese hombre “es un mango”. Esos modismos quedaron
atrás, muy atrás.
Cuando una joven es linda se dice que es “una
cossssita” —arrastrando la s— o “una mami”
si la chica supera los estándares normales de belleza. Y
si del sexo masculino se trata, se habla de “meloncito”.
—Aunque Brad Pitt está en otro
nivel —aclara mi hija, que me alecciona en estas lides—.
El rebasa esa categoría.
Al alabar la buena factura de una cosa se
le califica de “brutal” (Pulp fiction, diría
mi amigo Sebastián, es brutal). Y si de estado de ánimo
se trata, se usa “fino” (de la voz inglesa fine) para
apuntar que se encuentra bien, o “friqueado” (también
del inglés freak out) si se quiere destacar que sucedió
algo desagradable o molesto. De manera semejante se utiliza “tripear”
(de trip) que indica pasarla bien o “mal tripear” para
señalar lo contrario.
En materia de amores y noviazgos, los cambios
en el lenguaje también se han hecho sentir. Se asegura que
“fulano está pendiente de fulana” o que “le
tiene ganas” cuando alguien gusta de otra persona, y que “a
zutano le dejaron la peluca” —una variante del “le
dejaron el pelero” de hace unas décadas— para
advertir que terminaron con él, que la novia lo dejó.
Así, cada generación va creando
su propia jerga, alimentándola de sus vivencias, y al pasar
de los años, la buena disposición y la fuerza de la
costumbre hacen que esas vivencias convertidas en voces terminen
por imponerse. Nos guste o no.
Hoy en día, cuando mi hija saluda a
su abuelo y le pregunta cómo está o cómo le
ha ido, él no titubea al contestar:
—Fino —dice, al tiempo que sonríe
y abraza a su nieta mayor—. l
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