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.
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  Fino
Mirtha Rivero

Cursaba yo tercer año de bachillerato, cuando un día, a la salida de clases, reconocí de lejos al hijo de un amigo de mi papá. Estaba entre el grupo de muchachos que a esa hora rondaban por el liceo. Era una figura ajena a esos predios, pero lo acompañaba una muchacha que estudiaba en un salón al lado del mío. Para mí era evidente en lo que andaban. Ella, que contaba 15 ó 16 años de edad y se había escapado de clases, estaba apoyada en un carro y miraba a su acompañante entre arrobada y divertida. El, que tendría unos 19 y ya debía estar en la universidad, la miraba de frente —a una distancia no mayor de 50 centímetros— haciendo gala de una sonrisa ladeada, que a lo mejor consideraba seductora.

La escena me llamó la atención no por la química que emanaba de la pareja, sino porque la actitud del joven rompía completamente con la imagen del tipo formal y lejano que me había hecho. El —gordito, pelo corto, y camisas de señor— había visitado varias veces mi casa, siempre con su padre, y en cada una de sus visitas me había parecido una persona reposada, callada, que sólo mostraba interés por conversaciones serias y tranquilas, típicas de gente grande. Al sorprenderlo en actitud tan coetánea y terrenal me emocioné —tiene alma en el cuerpo, pensé— y al llegar a mi casa no pude dejar de comentar lo que había presenciado.

—Vi al hijo de César —le dije a mi papá—, se estaba levantando a una muchacha del liceo.

Lo que sucedió en seguida me agarró de sorpresa. Mi papá, muy molesto, me regañó y poco faltó para que me castigara.

—¡¿Qué palabras son esas?! —bramó, porque eso fue lo que hizo: bramar—.

Por un instante no entendí el motivo de su disgusto, y, confundida, llegué a pensar que se me había escapado alguna grosería. Repasé mentalmente lo dicho, y concluí que no. Pero resulta que para mi progenitor, sí: para él, era inaceptable que alguna de sus cuatro hijas hablara de “un levante”. El término lo juzgaba vulgar e inapropiado en boca de cualquiera de nosotras. ¡Haberlo sabido!

En la actualidad, lo ocurrido hace treinta y cinco años forma parte de mi anecdotario familiar. Desde mi punto de vista, expresa de modo gráfico la velocidad vertiginosa con que cada generación incorpora voces y expresiones nuevas al léxico cotidiano. Expresiones que, poco a poco, con el correr de los años llegan a ser toleradas, luego admitidas, y después —desgastadas— pasan a ser sustituidas por otras.

Ahora, por ejemplo, nadie dice “mi pana” para referirse al mejor amigo porque “pana” puede ser cualquiera (esos panas cantan bien, señala un locutor en la radio). No se menciona “la chamba” ni “la nave”. Tampoco se dice que una mujer “está buena” o que ese hombre “es un mango”. Esos modismos quedaron atrás, muy atrás.

Cuando una joven es linda se dice que es “una cossssita” —arrastrando la s— o “una mami” si la chica supera los estándares normales de belleza. Y si del sexo masculino se trata, se habla de “meloncito”.

—Aunque Brad Pitt está en otro nivel —aclara mi hija, que me alecciona en estas lides—. El rebasa esa categoría.

Al alabar la buena factura de una cosa se le califica de “brutal” (Pulp fiction, diría mi amigo Sebastián, es brutal). Y si de estado de ánimo se trata, se usa “fino” (de la voz inglesa fine) para apuntar que se encuentra bien, o “friqueado” (también del inglés freak out) si se quiere destacar que sucedió algo desagradable o molesto. De manera semejante se utiliza “tripear” (de trip) que indica pasarla bien o “mal tripear” para señalar lo contrario.

En materia de amores y noviazgos, los cambios en el lenguaje también se han hecho sentir. Se asegura que “fulano está pendiente de fulana” o que “le tiene ganas” cuando alguien gusta de otra persona, y que “a zutano le dejaron la peluca” —una variante del “le dejaron el pelero” de hace unas décadas— para advertir que terminaron con él, que la novia lo dejó.

Así, cada generación va creando su propia jerga, alimentándola de sus vivencias, y al pasar de los años, la buena disposición y la fuerza de la costumbre hacen que esas vivencias convertidas en voces terminen por imponerse. Nos guste o no.

Hoy en día, cuando mi hija saluda a su abuelo y le pregunta cómo está o cómo le ha ido, él no titubea al contestar:

—Fino —dice, al tiempo que sonríe y abraza a su nieta mayor—. l


 
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