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Hollywood dice
no a la guerra

Idalia De León

Los actores de los años cuarenta tuvieron que pagar un precio por participar en política, ahora, cincuenta años después, la historia parece que puede repetirse ante las acciones pacifistas emprendidas por las estrellas en torno al conflicto con Irak.

Un numeroso grupo de artistas de cine encabezado por Kim Bassinger, Tim Robbins, Uma Thurman, Matt Damon, Susan Sarandon, Richard Gere, Martin Sheen y el director Robert Altman, presentaron en Los Angeles la coalición Artistas Unidos para Ganar Sin Guerras, la cual se materializó en un documento en el que enfáticamente rechazaron las acciones de George W. Bush en contra de Irak. Sin embargo, no es la primera vez -ni será la última, probablemente- en la que los artistas decidan unirse y dar la cara en pos de una idea política.
De 1947 data el primer antecedente importante en esta materia tan ajena, aparentemente, al mundo del espectáculo. En esa oportunidad, los protagonistas no vistieron trajes con los colores de la bandera estadounidense ni salieron de varios puntos de la ciudad, pero sí confluyeron en un solo lugar, la Casa Blanca. Eran estrellas de Hollywood que ataviados con abrigos de piel, ellas, y saco y corbata, ellos, se unieron en una protesta contra la House Committee on Un-American Activities, HUAC (Comité de Actividades Antiamericanas). Humphrey Bogart y Lauren Bacall encabezaron el movimiento que procuraba defenderse de las acusaciones que estaban recibiendo actores y libretistas.
En una industria que se había consolidado a punta de musicales -sobre todo en los días de posguerra-, pero que también coqueteaba con películas "con mensaje", un fantasma recorría los estudios para intentar cambiarle la trama a las historias que se estaban contando. Supuestamente, la política había logrado colarse entre los camerinos y de una manera que no complacía precisamente al orden establecido.
El 12 de marzo de 1947 se instauró en Estados Unidos la llamada doctrina que llevaba el apellido de su presidente, Truman, la cual exponía sin cortapisas la política anticomunista que establecería los lineamientos de la política exterior de ese país durante los siguientes cuarenta años. A partir de ese momento, la nación del Tío Sam inició una serie de medidas orientadas a erradicar el comunismo en todo el mundo. Hollywood no escapó de la mirada perseguidora de esta suerte de big brother, que tuvo como cara visible al senador Joseph Mc Carthy. En mayo de ese año, la HUAC instaló en Los Angeles un tribunal al que tuvieron que comparecer no pocas personas vinculadas con el mundo cinematográfico, y quienes presuntamente debían tener información valiosa sobre los nexos de Hollywood con grupos de izquierda. Muchos fueron los convocados, pero en especial destacaron aquellos que se negaron a responder preguntas. El dramaturgo Bertold Brecht, que había sido llamado a declarar, hizo sus maletas y se marchó rumbo a Suiza. Quienes se quedaron y se negaron a hablar fueron bautizados como "los diez de Hollywood", lo que no fue el único estigma que marcó a estos guionistas, actores, músicos y directores de cine, pues el castigo fue incluirlos en una lista negra que les cerraba las puertas al mundo laboral; algunos tuvieron que sufrir sentencia en la cárcel.


Humphrey Bogart y Lauren Bacall encabezaron el movimiento
contra el Comité de Actividades Antiamericanas

Es probable que si la guerra fría no hubiese cesado, más de un director contemporáneo hubiese corrido la misma suerte. Digamos Oliver Stone, quien ha sido consistente en su posición política y en su afán de contar una versión no oficial de la guerra de Vietnam del Norte, por ejemplo. Allí están Pelotón (1986), Nacido el 4 de Julio (1989), JFK (1991) y Nixon (1995). Antes que él, la actriz Jane Fonda había llamado la atencion sobre el problema de Vietnam, país al que viajo en la Navidad de 1972, lo cual supuso que probara, en su propio país, un poco el sabor de la intolerancia. El filme Regreso sin gloria (1978) donde actúa, es una crítica a la participación de Estados Unidos en este conflicto.
Meses atrás, Sean Penn emuló a la Fonda al viajar a Irak para conocer de cerca la realidad de esa nación. Penn, cuyo padre estuvo en la famosa lista negra de los años cuarenta, no se conformó con visitar Bagdag ni estampar su firma en la coalición antibelicista recién creada, sino que de su bolsillo pagó la suma de 56.000 dólares al Washington Post para publicar un aviso en donde, entre otras cosas, criticaba el maniqueísmo del presidente Bush relacionado al conflicto con Irak.
A diferencia de Sean Penn, algunos preferirán más bien verle el filo comercial al asunto. Se dice que Tom Cruise ya se está asesorando para la tercera parte de Misión Imposible donde los enemigos procederán del islamismo. De momento, el Sindicato de Actores de Cine de Estados Unidos advirtió que se están creando listas negras con los que se pronunciaron en contra de la guerra. El documento señala que "esta evolución demuestra que las enseñanzas de la historia se topan con oídos sordos en el caso de algunos". Ojalá que no.

Tres momentos
Sin novedad en el frente
Paralelo al cine de "entretenimiento" siempre existió un Hollywood independiente, ajeno al brillo del oropel y más adepto a contar historias con mensajes, el cual tenía, entre la masa de inmigrantes, un público siempre consecuente. Esa era la realidad hacia comienzos de 1900, cuando la población más carenciada tenía sed de verse reflejada en el celuloide, aunque fuese a través de argumentos quizás todavía muy básicos, didácticos y moralistas. Con los años la tendencia se mantuvo, evolucionó y ganó nuevos espectadores; se filmaron películas hoy catalogadas de culto que inmortalizaron los nombres de directores como Elia Kazan y Frank Capra; a este último se le considera el más consecuente con las ideas de crítica social, las cuales reflejaba por igual en filmes dramáticos o en comedias.
Pero hay que retornar un poco a comienzos de siglo para ubicar en 1915 un hito que abriría un nuevo camino en cuanto a la función del denominado séptimo arte. Fue con la superproducción El nacimiento de una nación que el director David Wark Griffith inauguró el cine de persuasión social, aunque vale decir, lo hizo de una manera no muy feliz que se diga. La historia se desarrolla durante la Guerra de Secesión, lo cual no tiene nada de espectacular si no fuese porque la muy polémica película, fue un espaldarazo y una conminación para exacerbar los sentimientos racistas de la población estadounidense.
La Primera Guerra Mundial es otro de los hitos importantes dentro de un cine que debió aprender rápidamente su lugar dentro del juego bélico. Con el ejército requisando el material que se realizaba, y frente a un público ocupado en buscar qué comer, al cine europeo no le quedó más camino que dejarle libre el paso a los países neutrales, lo cual favoreció a Estados Unidos, el gran victorioso en esta contienda. Dando grandes -grandísimos- saltos en la cronología que recoge la historia del cine, hay que mencionar que durante este período "la guerra toma la apariencia de un gigantesco decorado western, donde los buenos son los aliados y los malos los alemanes", según se lee en la Enciclopedia Salvat El Cine. En Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1921), Rodolfo Valentino "encarna el clásico latinlover... en una guerra, descrita con gruesos trazos que perfilan unos alemanes despreciables frente a unos franceses tocados por el chauvinismo característico del momento". Sin novedad en el frente (1929), del director Lewis Milestone, considerada un clásico dentro del género, es una de las cintas a las que se le aplaude el mérito de lograr captar el lado humanista del problema. Fue ganadora del Oscar en la categoría de Mejor Película. Sin embargo, es Charles Chaplin uno de los pocos que logra marcar la diferencia con producciones como Armas al hombro y The Bond, donde el sentido del humor es el vehículo para cuestionar los avatares del momento.
Casablanca
Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, los productores de cine se abocaron a realizar documentales orientados a explicar lo que sucedía en el conflicto; pero de forma paralela, se dedican a elaborar largometrajes en los que se evidenciaba la posición estadounidense frente al nazismo, especialmente. Son muchos los filmes -imposibles de citar acá-, pero en esta época se inserta el eterno clásico Casablanca (1942) de Michael Curtiz, filme en el que la política juega un papel preponderante en el destino de una historia de amor. Este sino se repite en Tener y no tener (1944) del director Howard Hawks, protagonizada por Lauren Bacall y Humphrey Bogart, quienes viven un romance en el marco de las acciones de la resistencia francesa en la isla Martinica. Al irrumpir 1944, Hollywood dejó de producir filmes de este corte, pues la propaganda de guerra ya no era tan necesaria ante el inminente fin del problema. De allí en adelante, las películas no abandonaron rápidamente el tema pero fue enfocado desde otra perspectiva. Las producciones afrontarían los efectos que trajo el enfrentamiento sobre el ciudadano común y corriente.


ideleon@eluniversal.com

 

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