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Mi amado coche
Rosa Montero

El Real Automóvil Club británico ha hecho una macroencuesta sobre las relaciones de los ingleses con sus coches y los resultados han sido espectacular.
Hete aquí que el 80% de los conductores dicen que hablan con su vehículo; el 78%, que le tienen verdadero afecto, y el 45% ha "bautizado" su automóvil con un apelativo cariñoso. Vamos, estoy segura de que un estudio sobre las relaciones conyugales no arrojaría unos datos tan optimistas. Bien es verdad que el coche no te contesta cuando le hablas, no discute y no exige gran cosa, aparte de un poquito de aceite y una buena ración de gasolina.
Desde luego el automóvil ocupa un lugar preeminente en el mundo anglosajón. En 1985, cuando fui a vivir por primera vez a Boston, Estados Unidos, recuerdo que la gente solía preguntarme si echaba de menos mi coche. Podrían haberme planteado si añoraba a mi familia, o a mis amigos, o mi casa, o mis libros, o incluso la gastronomía de mi país... Pero no. Lo único que parecía extrañarles es que hubiera "roto" con mi automóvil.
Por entonces esa fijación motora me pareció un tanto extravagante y desde luego muy lejana a mi cultura. Hoy ya no sé si me chocaría tanto, porque la sociedades latinas nos vamos mimetizando cada vez más con el modelo norteamericano. Ignoro qué resultados arrojaría una encuesta semejante si se hiciera en España, pero creo que los conductores enamorados de su vehículo también serían legión. No hay más que ver la enorme importancia afectiva y simbólica que ha adquirido ese artefacto en nuestro mundo. La gente se entrampa para cambiar de coche o para adquirir modelos que están por encima de su poder adquisitivo; y, en las barriadas más depauperadas y miserables, aquellos que no tienen nada lo único que poseen es un vehículo. Ahí están los coches, en ocasiones incluso buenos coches, plantados en mitad del polvoriento poblado de chabolas, como alienígenas venidos desde la modernidad a un mundo feroz y primitivo de cartón y hojalata. Ya lo dice machaconamente la publicidad: si no tienes automóvil, eres un pringado. Hoy en día es mucho más raro y más asocial carecer de vehículo que de familia. Lo cual no dice nada bueno de nuestra forma de vida, por supuesto.
Si el 80% de los ingleses hablan con su coche, debe ser porque están verdaderamente hambrientos de palabras. Es cierto que los ingleses son muy suyos, o eso dice el estereotipo que tenemos sobre ellos. Se supone que son más reservados que la media, más introvertidos. Además, en el periódico en el que leí la noticia no se especificaba cuántas mujeres y cuántos hombres habían contestado la encuesta, y me parece que éste puede ser un dato relevante. Porque de todos es sabido que, entre las muchas cosas que nos diferencian a las señoras de los señores y viceversa, suele estar nuestra distinta necesidad de conversar. Esto es, las mujeres por lo general perseguimos sañudamente a nuestras parejas por la casa al grito de "¡Tenemos que hablar!", mientras que ellos, parapetándose tras un periódico o clavando en el televisor una mirada absorta, suelen contestar: "¿Pero hablar de qué? Si no hay nada que decirse, si todo nos va estupendamente...".
Pues bien, tengo la sospecha de que quizá ese porcentaje tan elevado de conductores charlatanes puede deberse al hecho de que la mayoría de los participantes fueran varones. ¡Qué cantidad de información nos proporcionaría ese dato! Porque demostraría que los hombres también necesitan hablar, sólo que les arredra la facilidad y la desmesura emocional con las que a veces les abrumamos las mujeres. Quién sabe, a lo mejor podríamos llegar a algún arreglo. Por ejemplo, se podría instalar un intercomunicador en el salpicadero del coche y conectarlo con el cónyuge, para aprovechar la locuacidad y el enternecimiento que el vehículo provoca en el marido. A saber cuántas parejas se podrían salvar de esta manera.

 
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