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  Tiempo robado
Carla Tofano

 

Desde siempre, convivo con la atropellada sensación de estar apurada, de vivir en contra de mí misma y a favor de una carrera que he preferido porque mi propia prisa interior no me deja elección ni escapatoria. El tiempo es un aspecto de la existencia francamente indescifrable, que también puede resultar natural y simple. Simple como el tic tac mecánico de las agujas del reloj y natural como los latidos ensangrentados de los ventrículos del corazón. El tiempo es esencial y elemental cuando lo vives sin descifrarlo, cuando lo vives sin acertijos, sin justificaciones, sin moralejas. Cuando procuras entenderlo mediante la aplicación teórica de alguna ley del pensamiento universal o alguna filosa máxima existencialista, entonces termina transformándose en algo abominablemente absurdo e irracional.

Desde la mañana hasta la noche, todo lo que me envuelve y acondiciona son deberes a los que me acomodo para hacer de mi vida un ritualístico acto de fe. Cada día intento ser mujer-amante, madre-moderna, ama de casa desesperada y aguerrida-profesional de las comunicaciones, sin perder nunca de vista mi pasión por no dejar de ser, ante todo, inspiración para mí misma. De hecho, las acciones puntuales, específicas, certeras, que desempeño a lo largo del día, me acercan -aunque a otros pueda ocurrirles lo contrario- a ese naturalísimo espacio de tiempo liberador y esencial, que no demanda mayores explicaciones para adueñarse de mi realidad y abrazarme como si se tratara de una enorme mantarraya transparente. Ese tiempo, el que se consume entre vaivenes cotidianos y pragmatismos ordinarios, me permite comprenderme sin pensarme demasiado porque logra morderse la cola con la boca.

El tiempo que nos habita desde la cárcel del reloj y la rutina es el que menos me asfixia, porque es el que termina pareciéndose más a la doctrina autómata que ampara la existencia misma. El tiempo que no se detiene, el que transcurre sin pausa, el que no me da tregua, me ofrece mejores oportunidades de riesgo porque me muestra la salida. Sin laberinto no hay salida, y quizás algunos dirán que me dejo aplastar por la noción más esclavizante de la vida y su evolución en el espacio, pero yo lo veo claro. Cada fragmento de espacio robado al tiempo que nos asfixia, nos ofrece la gloriosa oportunidad de liberarnos de los dictámenes del tiempo carcelario.
Suena el despertador en las mañanas y así comienza una seguidilla de deberes impostergables que es necesario enlazar con la gracia de un trapecista y la fortaleza de un levantador de pesas, para no poner en riesgo el éxito de la función. Pero es la cadena de deberes consecutivos a los que debes entregarte cada día desde el primer minuto de la mañana lo que te aclara el rompecabezas. ¿Por qué?, sólo es posible saber qué pieza le hace falta al juego cuando has avanzado algo en la tarea de armar el todo. Si te detienes a explorarte desde la nada, es posible que nunca te atrevas a empezar. Es posible que un frío glacial te paralice el cráneo y el estómago. Sin embargo, cuando la tarea que te atañe no te deja espacio para extraviarte en la dictadura de vivir demasiado conciente del tiempo que te roba tu tiempo, todo el tiempo es tuyo.

Mis ilusiones sobreviven gracias al tiempo robado, estafado, trampeado. Gracias a los momentos en los que me dejo llevar por las faenas y al mismo tiempo me libero de ellas sin que nadie lo sepa. Dicen que uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice y mis minutos, segundos, milésimas de tiempo propio son absolutamente autónomos porque son íntimos a pesar de la condición pública de mi naturaleza vital. El tiempo que logro robarme -sin contemplación ni remordimiento- es el que me abre las puertas del laberinto y me enseña con la experiencia, que ladrón que roba a ladrón queda absuelto de toda culpa y no debe pedir perdón. l

tofano@hotmail.com

 
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