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Desde siempre, convivo con la atropellada
sensación de estar apurada, de vivir en contra de mí
misma y a favor de una carrera que he preferido porque mi propia
prisa interior no me deja elección ni escapatoria. El
tiempo es un aspecto de la existencia francamente indescifrable,
que también puede resultar natural y simple. Simple como
el tic tac mecánico de las agujas del reloj y natural como
los latidos ensangrentados de los ventrículos del corazón.
El tiempo es esencial y elemental cuando lo vives sin descifrarlo,
cuando lo vives sin acertijos, sin justificaciones, sin moralejas.
Cuando procuras entenderlo mediante la aplicación teórica
de alguna ley del pensamiento universal o alguna filosa máxima
existencialista, entonces termina transformándose en algo
abominablemente absurdo e irracional.
Desde la mañana hasta la noche, todo
lo que me envuelve y acondiciona son deberes a los que me acomodo
para hacer de mi vida un ritualístico acto de fe. Cada día
intento ser mujer-amante, madre-moderna, ama de casa desesperada
y aguerrida-profesional de las comunicaciones, sin perder nunca
de vista mi pasión por no dejar de ser, ante todo, inspiración
para mí misma. De hecho, las acciones puntuales, específicas,
certeras, que desempeño a lo largo del día, me acercan
-aunque a otros pueda ocurrirles lo contrario- a ese naturalísimo
espacio de tiempo liberador y esencial, que no demanda mayores explicaciones
para adueñarse de mi realidad y abrazarme como si se tratara
de una enorme mantarraya transparente. Ese tiempo, el que se consume
entre vaivenes cotidianos y pragmatismos ordinarios, me permite
comprenderme sin pensarme demasiado porque logra morderse la cola
con la boca.
El tiempo que nos habita desde la cárcel
del reloj y la rutina es el que menos me asfixia, porque es el que
termina pareciéndose más a la doctrina autómata
que ampara la existencia misma. El tiempo que no se detiene, el
que transcurre sin pausa, el que no me da tregua, me ofrece mejores
oportunidades de riesgo porque me muestra la salida. Sin laberinto
no hay salida, y quizás algunos dirán que me dejo
aplastar por la noción más esclavizante de la vida
y su evolución en el espacio, pero yo lo veo claro. Cada
fragmento de espacio robado al tiempo que nos asfixia, nos ofrece
la gloriosa oportunidad de liberarnos de los dictámenes del
tiempo carcelario.
Suena el despertador en las mañanas y así comienza
una seguidilla de deberes impostergables que es necesario enlazar
con la gracia de un trapecista y la fortaleza de un levantador de
pesas, para no poner en riesgo el éxito de la función.
Pero es la cadena de deberes consecutivos a los que debes entregarte
cada día desde el primer minuto de la mañana lo que
te aclara el rompecabezas. ¿Por qué?, sólo
es posible saber qué pieza le hace falta al juego cuando
has avanzado algo en la tarea de armar el todo. Si te detienes a
explorarte desde la nada, es posible que nunca te atrevas a empezar.
Es posible que un frío glacial te paralice el cráneo
y el estómago. Sin embargo, cuando la tarea que te atañe
no te deja espacio para extraviarte en la dictadura de vivir demasiado
conciente del tiempo que te roba tu tiempo, todo el tiempo es tuyo.
Mis ilusiones sobreviven gracias al tiempo
robado, estafado, trampeado. Gracias a los momentos en los que me
dejo llevar por las faenas y al mismo tiempo me libero de ellas
sin que nadie lo sepa. Dicen que uno es dueño de lo que calla
y esclavo de lo que dice y mis minutos, segundos, milésimas
de tiempo propio son absolutamente autónomos porque son íntimos
a pesar de la condición pública de mi naturaleza vital.
El tiempo que logro robarme -sin contemplación ni remordimiento-
es el que me abre las puertas del laberinto y me enseña con
la experiencia, que ladrón que roba a ladrón queda
absuelto de toda culpa y no debe pedir perdón. l
tofano@hotmail.com
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