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The Grudge
Terror japones en Hollywood

La Maldición (The Grudge), ya en las carteleras del país, es otra muestra de la atracción que ejercen sobre los occidentales las historias de espanto venidas del país nipón. Fedosy Santella

Una nueva moda aterroriza a Hollywood. Sí, una moda de "espanto y brinco", como dirían los más viejos. Porque esta vez, la atención está fijada en esa especie de resurgimiento del cine de terror japonés, que tanta sensación causa entre los espectadores nipones, y también entre los que ponen cara de ponchados cuando les hablan en japonés; es decir, entre nosotros los occidentales. Así que, como subtitular aburre y los nombres de las actores japoneses son muy difíciles, mejor es hacer una película que todos entiendan. Y allí tienen a La Maldición (The Grudge), hablada en inglés y protagonizada por Sarah Michelle Gellar, mejor conocida como Buffy, la cazadora de vampiros de la exitosa serie de televisión.

La Maldición, ya en la cartelera venezolana, es la versión made in Hollywood de la original japonesa Ju-on (2000), dirigida en ambos casos por Takeshi Shimizu. Y es que el cine japonés de terror, o kaigan-eiga, viene coqueteando desde hace algunos años con los productores de los grandes estudios de Hollywood. ¿Pero por qué? ¿Qué está pasando allí?

Abajo Jason, vivan los yurei. Pareciera que todo comenzó con El Aro (2002), versión del film original japones Ringu (1998), dirigido por Hideo Nakata. Pero el asunto no es tan reciente como parece. La federación norteamericana y Japón han llevado una relación de imaginería visual y temática que ya cuenta décadas. Un intercambio que, sin juicios de por medio, ha llevado a convertir filmes como el de Akira Kurosawa, Los Siete Samurais (1954), en un western como Los Siete Magníficos (1960), de John Sturges. Los japoneses también han adaptado a su estilo de ver la vida productos de éxito norteamericano. El juego de video Silent Hill, podría decirse que es una reinterpretación del americano Resident Evil, donde la acción de balas mezclada con la sangre de los zombies da paso a un terror más interior, sobrenatural, lento y atmósferico; un terror, que al fin y al cabo, es el que nos obliga a acostarnos en las noches con la cara vuelta hacia la puerta del cuarto.

Y aquí entramos en el meollo del asunto. ¿Qué es lo que hace que el terror japonés se haya vuelto tan atractivo? ¿Acaso cada cultura tiene una manera diferente de sentir el terror?

En primer lugar, quizás el público de occidente ya se hartó de tantos Chuckys, Jasons y Freddys, de un cine de terror al que sólo le falta Steven Seagal dando trancazos para convertirse en cualquier otra cosa, menos en terror. No se puede negar que la creatividad anda tan de capa caída en Hollywood. Se confunde el terror con la acción, quizá porque al final, la cultura del miedo en Estados Unidos es la cultura del arma de fuego, y no del ser sobrenatural que está debajo de la cama. Sí, hasta las historias del gran maestro del terror norteamericano Stephen King terminan con grandilocuencias: grandes explosiones, grandes momentos de violencia. Bueno, se trata de un país enorme, donde el espacio sobra. Y no se dice esto en broma. En Japón, el espacio es reducido y, dejando a un lado complejas razones filosóficas, el espacio geográfico también determina las maneras de percibir la vida. Allí el espacio es tan escaso y Godzilla es tan grande, que el terror ocupa otra dimensión, que se entremezcla con las pequeñas vidas y los pequeños espacios del japonés moderno.

Ese terror japonés, quizás por esa misma falta de espacio, sí ocupa grandes pedazos de tiempo. El terror japonés tiene una tradición muy arraigada, que se manifiesta en una serie de historias y fábulas populares, moldeadas en el pensamiento antiguo. Animas en pena (yurei), fantasmas iracundos y amorfos venidos de la espesura natural (yokai), demonios del infierno budista (oni), fenómenos paranormales (o-bake), son la materia esencial de los bake-mono y de las kaidan, relatos sobre hechos inexplicables donde predominan fantasmas y otros seres extraños. Muchas de estas historias se encuentran contaminadas por el sistema de pensamiento sintoísta y budista, dos religiones que conviven en el Japón moderno. El sinto es una religión animista y naturista, plagada de millares de espíritus. El budismo, por su parte, introduce la doctrina de la causa y el efecto, donde el sufrimiento es parte esencial de la existencia. Estas historias tradicionales, la huella profunda dejada por la religión y, no podemos olvidar, las tragedias naturales y de guerra, han llevado a que el terror en el Japón actual tenga unas características muy marcadas. De allí que las kaigan-eiga, o películas de terror, tengan un sello muy personal, que ha venido en desarrollo desde los años cincuenta y ha alcanzado su máxima expresión en los últimos tiempos, con filmes como Odishon (1999) de Takeshi Miike, Kairo (2001) de Kyoshi Kurosawa, y Ringu y Dark Water (2002) de Hideo Nakata. La película que nos ocupa el tintero en este caso es Ju-On de Takashi Shimizu.

Ju-on posee todos los atributos de estos filmes de terror. Contamos con un tono poético donde la sombra y los silencios contribuyen a crear atmósferas extrañas, cargadas de tensión. En el terror japonés no todo se explica; tampoco se regodea, necesariamente, en lo escabroso. El ocultamiento contribuye a crear más terror: una mujer de espaldas, un rostro tapado por largos cabellos, son imágenes poderosas y poéticas en sí mismas. Y en la mayoría de los casos, de fondo, aparece una enfermiza preocupación por el núcleo familiar, por los niños y por el efecto negativo de la ira y la violencia. No obstante, las historias nunca se vuelven moralizantes; el tema simplemente está allí, como una obsesión recurrente. Lo que algunos críticos ya señalan es que estos kaigan-eiga resultan cada vez más repetitivos, y ya empiezan a cansar. Cuando hay dinero de por medio, las fórmulas siempre se repetirán. No obstante, una nueva ola de directores japoneses con ganas de romper con el pasado, podría mantener a la altura, por un tiempo más, la calidad de este "nuevo" cine de terror japonés.

La nueva gallina de los huevos de oro. El descubrimiento de este "nuevo" cine de terror japonés ha deslumbrado a Hollywood. Hace poco tuvimos en cartelera El Aro (2002), dirigido por Gore Verbinski, el mismo de Piratas del Caribe: La maldición del Perla Negra y La Mexicana, aunque resulte difícil de creer. El Aro, protagonizado por Naomi Watts, es una versión más dinámica y hollywoodense de su original, Ringu. Por supuesto, Ringu, en Japón, batió records de taquilla. Entonces, alguien en los estudios pensaría: ¿por qué una versión occidental no habría de dar también dinero? El Aro costó 45 millones de dólares, y ya superó los 150 millones solamente contando las salas de cine de Estados Unidos.

Ahora nos llega La Maldición, versión de otro éxito japonés, que al igual que Ringu, nació en la televisión, luego pasó al cine, tuvo sus secuelas y terminó en su respectiva adaptación occidental.

La Maldición costó mucho menos que El Aro, unos 10 millones de dólares, y en el fin de semana de su estreno (24 de octubre de 2004) arrojó la nada despreciable cifra de 39 millones de dólares. Al lunes siguiente, los estudios ya estaban anunciando su secuela, y para finales del mes de noviembre el film había pasado los 100 millones.

Una furia que no olvida y no perdona. The Grugde transcurre en Japón, y la historia la lleva de la mano una joven americana, estudiante de trabajo social (Sarah Michelle Gellar), que cierto día debe ir a cuidar a una anciana. Karen, que así se llama el personaje, llega a la dirección: una casa de suburbio, sin señas particulares. Allí encuentra a una anciana, sola y encerrada en un mundo silente.

Lo que parece ser un trabajo fácil, comienza a transformarse en una pesadilla cuando la estudiante descubre que en aquella casa hay algo más, algo relacionado con una maldición, cuyas raíces se encuentran en un terrible acto de furia. Aquello que habita la casa, una vez que te ve, no te olvida y no te perdona.

Al estar en manos del mismo director (Shimizu) y de un equipo de filmación japonés, mantiene mucho de la esencia de Ju-on. Los dos espectros más aterrorizantes de la película son también los mismos: el niño pálido con grandes ojos felinos (Yuya Ozeki) y la espantosa madre (Takako Fuji).

Al parecer, la versión americana muestra más de lo que debería mostrar, y demasiado temprano. No obstante, hay que considerar que se trata de Hollywood, y que estamos hablando de un film hecho para entretener y producir dinero. Eso sí, no se puede negar que más de uno cerrará los ojos en alguna que otra escena, y muchos saldrán sintiendo que acaban de ver algo diferente y terrorífico. l

 

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