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Tiempo de cosecha

Con un papel en la nueva telenovela El amor las vuelve locas, la conducción de un programa sobre consejos prácticos para el hogar y su regreso a las tablas, en el monólogo La gran Raquel, Gledys Ibarra apuesta por despuntar en 2005. María de los Angeles Herrera. Fotos: Natalia Brand

Luego de dos semanas de constantes llamadas y de uno que otro mensaje sin respuesta, Gledys Ibarra accedió a conceder una entrevista, que no había negado por capricho, sino más bien porque entre las grabaciones de la nueva novela El amor las vuelve locas, los viajes imprevistos para entregar los premios del Pote Seguro y los trabajos para Amnistía Internacional, apenas le queda tiempo para respirar. Y es que Gledys es así, inquieta y emprendedora. No ha terminado de apuntarse en un proyecto cuando ya sale corriendo para sumarse a otro.

Para nadie es un secreto el pasado humilde de esta actriz, quien se abrió paso en los medios luego de su vuelo rasante por el teatro, cuando apenas tenía 13 años. Más tarde vinieron pequeñas apariciones en Radio Rochela y en algunas producciones dramáticas, hasta que en 1986 le dieron su primer papel importante, dentro de la telenovela Cristal. El resto es historia. Prácticamente sin descanso, Ibarra ha destacado en todas sus incursiones, desde Por estas calles hasta La Intrusa, pasando por Amores de fin de siglo, Cosita Rica y Angélica Pecado; en esta última fue, precisamente, donde tuvo la oportunidad de encarnar -por primera y única vez- a la villana del cuento. A sus interpretaciones en televisión se unen sus participaciones dentro del cine venezolano, en películas importantes como Santera y Sicario; y esto sin hablar de su especialización en dirección de cine y de su afición por el dibujo y la fotografía profesional.

Este año promete ser particularmente provechoso para ella: además de ser la imagen de varios productos de belleza, de una cadena de supermercados y de una lotería, estará presente en una telenovela, dará consejos para el hogar dentro de un nuevo programa, asistirá en la dirección de una película, expondrá sus creaciones en tiza y regresará a las tablas, esta vez con un monólogo sobre la violencia doméstica, escrito por Hernán Marcano y producido por María Alejandra Martín, bajo el auspicio de Amnistía Internacional.

A través de la estructura poco usual del café concert, La gran Raquel pretende ser un espejo del drama vivido por las mujeres que son víctimas del maltrato doméstico. Aunque la trama es interesante, porque existen partes en las que la actriz debe bailar y cantar -cosa que le apasiona muchísimo-, Gledys reconoce que éste no ha sido un papel sencillo: "Raquel es una mujer con una cantidad de sueños frustrados. La pobre lo que hizo fue abonar su vida matrimonial y se consiguió con un horror que no se esperaba; justamente, cuando ella decide escapar de ese horror, se consigue con que no hay escape".

Podría parecer un chiste, pero si le queda tiempo luego de finalizar sus presentaciones en el Teatro Trasnocho, a Gledys le gustaría iniciarse en radio o "darle play" al guión que escribió y que aguarda por ser traducido en imágenes.

En confianza. La recordada morena de ojos verdes que encarnó a Eloína Rangel, a Luna Camacho y -más recientemente- a Patria Mía, por sólo nombrar algunos de sus personajes más populares, aguardaba en su camerino de Venevisión. En medio del agitado ambiente del canal, de repiques insistentes de su celular y de algunas personas que entraban y salían de la habitación, la actriz pasó casi dos horas compartiendo, más que su hoja de vida profesional, los aciertos y desaciertos que hay detrás de su popularidad.

Antes de comenzar la entrevista se despojó de sus sandalias, encendió un cigarrillo y se sentó en el apoyabrazos de un viejo sofá. Sin una gota de maquillaje en el rostro, descalza y con los brazos colocados alrededor de sus rodillas, Gledys -intrigada- estaba a la espera de la ronda de preguntas.

De tus comienzos en la actuación, ¿qué fue lo más duro?
"La adaptación es muy fuerte. Cuando estás tratando de entrar a un medio, sea el medio que sea, hay gente que ya tiene trayectoria, que sabe cuál es el trato, los trucos, las trancas... Ese período de adaptación fue duro".

¿Alguna vez te discriminaron por tu color de piel?
"En mis comienzos, sí. En este momento, a lo mejor la gente pudiera decir que es muchísimo más fácil por lo que logré, pero no es que sea fácil, es que descubrí un secreto: Más fuerte que la discriminación es la autodiscriminación. Cuando tú no te atreves a tocar una puerta porque piensas que no te van a dar un papel porque eres negro, cuando no te atreves a cultivarte en un área que te atraiga porque piensas que no te va a ir bien por el color de tu piel... Yo creo que eso es lo que más hace daño...
"Aunque también creo que el color te lleva a hacer cierto tipo de personajes. No quiere decir que eso sea una regla, pero, por ejemplo, si recrean la época de Bolívar, yo no puedo tener un papel que no sea de esclava".

De todos los personajes, ¿cuál te ha costado más encarnar?
"El personaje que más problemas me dio para trabajarlo fue Luna Camacho, y fue un personaje que me dejó muchísimas satisfacciones. Meterme en los zapatos de Luna era, realmente, un trabajo muy arduo, sobre todo cuando estaba drogada. Fue una experiencia muy dura, pero la gente recuerda a Luna con muchísimo cariño, la recuerdan como un personaje con fuerza, de una nobleza y una sensibilidad particular y con una rabia adquirida bien justificada. Bueno, hasta Manaplas hizo una muñeca de Luna, que venía con la piel tostadita, los ojos verdes, sin pelo y los accesorios eran una peluca y un vestido".

¿Te consideras autocrítica con tu trabajo?
"Soy un látigo. Te juro que soy la peor (risas). A lo mejor, en un acto de generosidad, en este momento Dios permite que la gente me haga elogios, porque yo soy muy dura conmigo misma. Yo creo que lo más provechoso de esto ha sido no creerme que lo sé todo y que llegué al tope; además de poder corregir, de estar renovándome todo el tiempo. Y luego que, como quieres avanzar, entonces quieres aprender de todo un poquito".

En este momento de tu carrera, ¿qué sientes que te falta por hacer?
"De todo. Lo único que he hecho es actuar. Me falta un camino largo para llegar a eso, pero yo quisiera dirigir. Me gustaría, también, en algún momento, cuando esté absolutamente capacitada para eso, ayudar a enseñar todo lo que he aprendido. Estoy hablando muy, muy a futuro. Todavía yo tengo una actriz muy viva y con mucho camino por recorrer, pero -en su momento-a mí me gustaría hacer eso".

Otra cara. Gledys Ibarra siempre ha sido una mujer recelosa de su vida privada, especialmente respecto a sus relaciones amorosas. Admite que le gusta disfrutar de la soledad de su casa y de la hamaca que reposa en las cercanías de su pequeño balcón, aunque realmente no dispone del tiempo suficiente para hacerlo, ya que cuando descansa por un momento de sus obligaciones laborales, trata de compartir con sus hijas que -para asombro de muchos- tienen 24 y 26 años. En la parte afectiva, confiesa que le falta "tener una pareja con quien caminar el resto del camino, o varias, si son necesarias". Deja entrever que no es una mujer que disfrute de la soledad, ya que es del tipo de persona que necesita estar enamorada siempre para poder sentirse viva.

De sus desconocidos talentos, la actriz destaca su pasión por el canto, y dentro de sus aficiones, no le es sencillo resistirse a una buena función de cine, a un soleado día en las playas de Morrocoy o, incluso, a los placeres que puede brindar una noche de tragos y baile, cuando su cuerpo le pide a gritos dejar de lado su estresante profesión. Además de una extenuante velada nocturna, Ibarra comenta que le encanta tomar duchas de agua tibia antes de dormir, escuchar algo de Sting o Fito Paéz y hasta leer un libro de poesía para poder relajarse. En su caso, las lecturas dependen del estado anímico que la domine, y pueden variar desde el más simple texto de autoayuda, hasta la novela más densa o la más interesante, como Todos los nombres, de José Saramago, que recientemente terminó de leer y que dice haberla impactado.

Entre otras cosas, refiere su poca relación con la cocina, en parte porque no dispone de tiempo, pero también porque -definitivamente- ese no es su fuerte; sin embargo, muchos le han dicho que prepara unas sopas "de muerte", aunque ella es mucho más honesta al aceptar que ese no es un recurso que utilizaría para tratar de impresionar a alguien. En cuanto a comida se refiere, Gledys parece no preocuparse mucho por su peso, sobre todo cuando se topa con un delicioso tiramisú, en alguno de los restaurantes que frecuenta. Para ser honestos, no es una mujer que parezca obsesionarse mucho con su aspecto físico, lo cual -probablemente- sea lo que le permite verse tan bien, pese a que ya pasa de los 40 años.

Hay quienes ven a Ibarra como una mujer segura de sí misma, pero ella afirma temerle a casi todo. Más allá de la increíble fobia que le tiene a las cucarachas, se define como una persona frágil y vulnerable, especialmente cuando se dispone a enfrentar un nuevo proyecto, si no que lo diga Héctor Manrique, el director de Monólogos de la vagina, que más de una vez se vio en la necesidad de tranquilizarla, cuando apenas faltaban minutos para el inicio de una función. Apartando sus temores, esta mujer se ha labrado un nombre dentro de los medios de comunicación locales y ha recibido múltiples reconocimientos por su destacada labor, pero más importante que eso, se ha ganado el respeto del público y un espacio en la memoria colectiva, que es -en definitiva- lo más importante para un artista. l

mherrera@eluniversal.com

A fondo
l "Cuando era pequeña, la única manera que conseguían las maestras de castigarme era no dejarme participar en los actos culturales... Eso podía matarme y hacerme sentir horrible durante el resto del año".

l Considera que "el ADN de este país" está en las mujeres luchadoras, de estrato social bajo, que -ante todo- son buenas madres, y que también tienen ganas de amar y ser amadas. Disfruta al encarnar este tipo de personajes, especialmente porque no tiene que buscar recursos de afuera para interpretarlos, ya que ella los conoce desde adentro.

l Ha trabajado para Amnistía Internacional durante 10 años, llevando mensajes a las empresas petroleras sobre el impacto de sus actividades en los distintos ámbitos. En 2004 se convirtió en la imagen de la campaña contra la violencia doméstica, a propósito de su nuevo monólogo La gran Raquel.

l Dentro del medio ha ganado amigos, como Henry Soto, Guillermo Dávila y Carlota Sosa. En esa clasificación excluye al escritor Leonardo Padrón, al que considera como un hermano desde mucho antes de la telenovela Amores de fin de siglo, que fue la primera grabación que compartieron juntos.

l Aunque es una de las actrices consentidas del público, no confía en su popularidad: Concibe a la fama como un simple visitante que -en cualquier momento- puede abandonarla.


Ver también en Encuentros:
- The Grudge. Terror japonés en Hollywood
- Adivina quién es...

 
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