El universo femenino según
Héctor Manrique
Es el único director de teatro en el país que se da el lujo de tener hasta cuatro montajes en cartelera a la vez. Hombre de cine, televisión y, fundamentalmente de las tablas, que por estos días encuentra en el mundo de la mujer argumentos suficientes para mover gente a las salas y arrancarles sus aplausos. Idalia De León / Fotos: Natalia Brand
Primero fue Monólogos de la vagina, después le siguieron No seré feliz pero tengo marido y Confesiones de mujeres de 30. Actualmente está en cartelera Brujas, la cuarta obra de teatro que aborda el “misterio” de lo femenino que llega a las tablas de la mano de Héctor Manrique, el pupilo de Juan Carlos Gené, José Ignacio Cabrujas y Enrique Porte que hoy, a los 43 años, se siente satisfecho de hacer teatro con cierta dignidad, “la dignidad de poder vivir de lo que haces”. Lo dice, porque mientras tiene en marquesina alguno de sus concurridos montajes dedicados al tema de la mujer, paralelamente, reestrena piezas como Los hombros de América, Art o El día que me quieras, o se aboca al estreno de un texto denso como Copenhague, o a la preparación de La cena de los idiotas. A pesar de una agenda abrumadora Manrique no luce hiperactivo, más bien calmado; sin embargo, está más que claro que este hombre nunca se detiene. Hay razones: “Creo que yo hubiese sufrido mucho haciendo cine es que no podría hacer una película cada tres años. Yo necesito estar en acción”.
El tema de la mujer empezó a interesarle seriamente cuando en el año 2000 nació su primera hija, Maura. Al año siguiente llevó a escena el que ha sido, hasta ahora, su montaje más taquillero, Monólogos de la vagina, basado en el texto de la autora estadounidense Eve Ensler. “Esto de que las mujeres hayan tomado los escenarios es extraordinario, porque quieras o no, se están haciendo escuchar. En Confesiones de mujeres de 30 tocamos el tema de la obsesión por la edad, en No seré feliz pero tengo marido abordamos el tema de la relación de pareja, y en el caso de Brujas hurgamos en la amistad, a través de la relación de cinco amigas que se reencuentran después de 28 años de su graduación de bachilleres, momento en el que sale a relucir a quién le fue bien, a quién le fue mal, quién está más arrugada, a quién la vida le ha dado más golpes”.
¿Cuál es el público que está viendo las obras que tú diriges?
“Depende del montaje. En obras como No seré feliz pero tengo marido, Confesiones de mujeres de 30 o Monólogos de la vagina, donde el tema es la mujer, el público es mayoritariamente femenino y de clase media”.
¿Cómo ves en el tiempo esta tendencia de las mujeres hablando de sí mismas en un escenario?
“Cuando selecciono una obra es porque me gusta. Yo no monto piezas que no considere necesarias. Y digo que son necesarias porque creo que el espectador puede ser mejor persona después que las vea. Y creo que esta es la razón por la que hago este oficio, porque he encontrado que puedo ayudar y ayudarme a ser mejor. Yo le doy gracias a Dios todos los días por tener este oficio. Por ejemplo, Monólogos de la vagina es una obra de denuncia, de reflexión. Es una obra revolucionaria en el mundo entero y que por un par de años se estrenó en más de 50 países. Es una pieza que toca el corazón de lo femenino. Con este montaje ha ocurrido eso que los griegos llamaban catarsis. El espectador se encuentra en la obra, se revela en ella, comprende algunas cosas de sí mismo. Recibe respuestas y genera preguntas. Aquí además de divertirte, recibes una denuncia. Yo creo que estas obras tienen, además, una virtud y es que hay gente que hace esfuerzo por verlas. Uno se consigue en las colas de las funciones gente que ha ahorrado su platica para ver este trabajo y eso para mí es extraordinario”.
¿Cómo se están sintiendo los hombres con el hecho de que las mujeres estén hablando de sus intimidades en un escenario?
“Creo que si para algo ha servido a los hombres estas propuestas es para conocer de lo femenino, de ese misterio… Cuando hicimos uno de los montajes en el Ateneo de Caracas yo husmeaba a través de un agujerito para ver la reacción del público, y me daba cuenta de que el hombre no se siente en su hábitat cuando va a ver este tipo de espectáculos. Hay un ejercicio en el que el hombre empieza a reconocer su responsabilidad, cuando se ve rodeado de mujeres y viendo, además, a una enfrente de él que empieza a reflexionar sobre sí misma. Muchos de los hombres que van a ver estas obras vienen a que les muestren lo que ellos han sido incapaces de ver, y lo digo por experiencia propia. Porque cuando en una pieza se habla de una mujer frígida y sobre la responsabilidad del hombre en relación con esa condición femenina, quiero creer que el caballero medianamente inteligente va a pensar en el tema cuando llegue a su casa. Es por eso que se llena la sala, porque son espectáculos que se comunican con la gente”.
¿Cómo se ha dado esa circunstancia en la que cada cierto tiempo hay en cartelera varios montajes tuyos a la vez? ¿Es una decisión consciente o es algo que se va dando sobre la marcha?
“Hacer todo lo que hago me parece natural, no me concibo haciendo otra cosa. Yo me levanto muy temprano en la mañana, llevo a mi hija al colegio y de allí en adelante no queda más que dedicarme a hacer lo que me gusta. Yo lo veo como un hecho natural. Es verdad, hay gente que me pregunta que cómo hago para tener cuatro obras en cartelera, y la respuesta es que hay varios equipos de trabajo que son los que verdaderamente logran que esto funcione. El Grupo Actoral 80, por un lado; El Grupo Teatral de Caracas, por otro. Está Carolina, mi esposa, quien es productora y una apasionada de lo que hace. Yo no podría, repito, hacer nada de lo que hago sin esa estructura que está armada”.
¿Cómo se desarrolla uno de tus días?
“Me levanto a un cuarto para las seis de la mañana, le preparo el desayuno a mi hija mayor, la llevo al colegio y después me voy a Venevisión donde doy clases de actuación de siete y media de la mañana a 12 y media. En las tardes siempre hago un trabajo gerencial, por aquello de que uno mismo tiene que impulsar sus propios proyectos. A veces es fuerte cuando hay varios montajes porque hay que ensayar hasta los domingos y casi nunca terminamos antes de las 12:00 de la noche. En general, las mañanas son más rutinarias, porque son mis mañanas pedagógicas, las cuales yo disfruto porque aprendo mucho de mis alumnos. Por lo demás, cada ensayo es diferente, no tengo una misma metodología para los diferentes montajes, todo depende del grupo de gente con el que esté trabajando”.
¿Cuál crees es la razón por la que desde hace más de diez años empezaron a proliferar los monólogos? ¿Se deberá a la crisis económica?
“Esta tendencia no tiene nada que ver con lo económico. Tiene que ver con el aislamiento del hombre que empieza a manifestarse de esta forma. Somos incapaces de estar juntos, mi ego y el tuyo no se toleran. No estamos hablando del problema de un actor o de otro sino de un problema más profundo. Estamos hablando de una sociedad donde no se soportan unos a otros. Esta es la razón por la que los monólogos han proliferado porque para que haya cinco actores en escena se requiere de una gran dosis de tolerancia. Si tomamos en cuenta que el arte siempre va por delante, cuando empezaron a aparecer los monólogos nos estaban diciendo: ‘Ojo, señores, es que no nos estamos llevando bien con nadie’. Ojo, yo he dirigido monólogos, pero no se me ocurría hacer uno actuado por mí. Es muy sabroso tener a un actor al lado”.
Según lo que te han mostrado los personajes femeninos de las obras que has dirigido ¿Cuál es el problema fundamental de la mujer de hoy?
“La profunda ignorancia que tiene de sí misma, problema que no sólo es culpa de ella sino de la sociedad. La mujer, en la catarsis que le brinda el teatro, termina descubriendo que le gusta lo que es. Las revelaciones de los personajes tienen un poder sanador. Creo que la fortaleza del teatro está en ser la expresión exacta del hombre. Aunque es cierto que no tiene un alcance masivo, pienso que si se hiciera más teatro y buen teatro tuviéramos una sociedad mucho más sana”. l
En cartelera |
Brujas
Gledys Ibarra, Beatriz Valdés, Lourdes Valera, Sonia Villamizar y Eulalia Siso
Celarg
Horario: Jueves, viernes
y sábado a las 8:00 pm
y domingos a las 6:00 pm
ART
Iván Tamayo, Basilio Alvarez y Héctor Manrique
Sala Anna Julia Rojas del Ateneo
de Caracas
Horario: Viernes
y sábado a las 8:00 pm
y domingos a las 6:00 pm |
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| Con los pies sobre las tablas |
A los 16 años Héctor Manrique les planteó a sus padres su deseo de dedicarse al mundo artístico, aunque todavía no tenía muy claro el asunto. Al principio su pasión fue el cine. Cree que el primer cine club que hubo en el Estado Miranda lo montó él en Colinas de Carrizales. En consecuencia, su papá lo puso a hablar con Rodolfo Izaguirre, quien, a su vez, le sugirió
que hablara con José Ignacio Cabrujas,
quien lo mandó a estudiar teatro con
Juan Carlos Gené y con Enrique Porte.
Allí arrancó todo. Actualmente lleva las
riendas del Grupo Actoral 80, fundado
por Gené, y del Grupo Teatral de Caracas, creado por Fausto Verdial. En su average hay 45 montajes como actor y unos 25 como director.
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MONOLOGOS DE LA VAGINA |
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NO SERE FELIZ PERO
TENGO MARIDO |
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CONFESIONES
DE MUJERES DE 30 |
¿A quienes consideras tus maestros?
“Fundamentalmente, a Juan Carlos Gené. Como actor y como director fue una referencia constante por mucho tiempo. También Enrique Porte y José Ignacio Cabrujas”.
Tus dramaturgos más emblemáticos…
“De los venezolanos, José Ignacio Cabrujas. Hay otro dramaturgo venezolano que me interesa muchísimo y es Isaac Chocrón, de quien voy a montar para finales de enero, junto con Basilio (Alvarez), La Revolución. De los autores extranjeros, Shakespeare, indudablemente”.
¿Cuál es el personaje que has interpretado que más recuerdas?
“Yo hablaría de dos. Uno de ellos es Pío Miranda (El día que me quieras), el cual fue un reto para mí hacerlo no sólo porque es un personaje emblemático de la dramaturgia venezolana, sino que, además, había sido hecho extraordinariamente por José Ignacio Cabrujas y Fausto Verdial. El otro personaje fundamental es el cartero en Ardiente Paciencia, la pieza de Antonio Skármeta. Fue la obra que me dio la fe para seguir en esto. Fue estrenada con un rotundo éxito en Madrid, luego la presentamos en Buenos Aires y después en Montevideo, hasta que la presentamos acá. Hay otro personaje, que por mal hecho, siempre lo recuerdo y es el que hice en una obra de Juan Carlos Gené que se llamaba El memorial del cordero asesinado. Allí hice un papel que quedó espantoso”.
¿Cuáles consideras han sido tus montajes más importantes?
“En 1996 hice Esperando a Godot, pieza que fue muy premiada y reconocida. Es un trabajo que siempre recuerdo. Es uno de los grandes éxitos del Grupo Actoral 80, pues tuvo 16 semanas en sus inicios, a pesar de que mucha gente nos dijo que no íbamos a superar las dos. Después la estuvimos presentando en diferentes escenarios por un período de dos años. La llevamos a España, a Egipto. Otro montaje importante para mí es Copenhague. Es una obra difícil, compleja, necesaria, extraordinaria”.
¿Y el más exitoso?
“Si es de público, Monólogos de la vagina. Después le siguen, No seré feliz pero tengo marido y Confesiones de mujeres de 30. Son espectáculos que están sobre las 300 funciones lo que para Venezuela es bastante decir”.
El montaje soñado…
"Hamlet. Es una obra que he leído mucho y que me apasiona enormemente. Sólo espero que con este texto no pase como el refrán que reza que largos noviazgos no terminan en matrimonio. Hamlet es de esas obras que, así no las hagas nunca, siempre te dan fuerzas, energía para seguir adelante”.
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