Madrinita siempre supo estampar una sonrisa enorme en mis labios. Cada vez que evoco a mi tía-abuela, a su figura blanca y sinuosa, la veo llegando sudorosa y con sus lentes de pasta a la
puerta de mi escuela a las doce en punto, para encontrarse conmigo y seguir el recorrido hacia las otras sucursales del mismo plantel educativo, de nombre José Gonzalo Méndez, desgranado en otras quintas de la misma zona de esa Santa Mónica tranquila e indiferente de los 70.
Una vez que llegábamos a cada una de las otras “casas-escuelas”, Mani, como le decíamos la nueva generación de sobrinos que la veneraba, pronunciaba el nombre de cada una de mis hermanas con una parsimonia poco acorde con el aplastante sol que apremiaba a todos en el marco de la estrecha puerta. Articulaba con cuidado cada uno de los sonidos que conformaban sus nombres de flores o ciudades y, una vez cumplida la rutina, se hacía a un lado con dignidad esperando la llegada de las pequeñas. Ya reunidas todas, emprendíamos la ruta a casa por unas aceras rotas, agrietadas y desconchadas por raíces. Esas aceras hacían de nuestro regreso una empresa divertida y arriesgada que yo equiparaba con las subidas traqueteantes y penosas de los carritos de la montaña rusa del parque de diversiones Coney Island y, luego, con sus bajadas vertiginosas y alegres.
Por fin llegábamos a la espaciosa y clara entrada de granito, vidrio y aluminio de la planta baja del edificio en que residía Madrinita. Arriba nos esperaban los suculentos almuerzos elaborados por Lucrecia, la muchacha que se encargaba de limpiar y cocinar, y que indefectiblemente a esas horas se encontraba con su cabello envuelto en un pañuelo de seda que disimulaba un rollete. Nunca olvidaré, además, sus largas uñas ornadas en esmerado delirio que permanecían firmes a pesar de la labor diaria de cortar y pelar alimentos.
Luego del almuerzo, pasábamos a ver un poco de televisión y a descansar, hasta que se iniciaba la hora del divertido desfile de “clientas”. Recuerdo a Mani abriendo la puerta de su apartamento y recibiendo a las vecinas, amigas y familiares que le compraban ropa, con la siguiente sutileza: “Pájaro de mar por tierra, novedad o guerra”, a lo que las clientas respondían refunfuñando, con risitas nerviosas o risotadas enormes que celebraban la infaltable ironía de la anciana. Llegaban señoras de muy diverso aspecto a los predios de Madrinita a partir de las dos de la tarde, cumpliendo, primero, un preámbulo de cafecito y conversa en el que las quejas, chismes y consejos no faltaban. Luego las señoras se dirigían a la habitación para ver y probarse las distintas piezas que esperaban ordenadas dentro de un clóset atiborrado de faldas, vestidos, pantalones, blusas y camisas, hechos en banlon, algodón, piel de ángel, terciopelo, príncipe de Gales y nylon, telas, algunas, muy propias de la época. Yo, por mi parte, hacía como que estudiaba con el libro de Estudios Sociales arrellanado en mis piernas, cuando en realidad escuchaba la deliciosa charla de mujeres que se confesaban sus temores, aventuras y decepciones, en medio de broches que no ajustaban, cierres que no llegaban al tope y botones a punto de sacarle un ojo al primer desprevenido que se atravesara.
Una vez seleccionado el ajuar, el grupo regresaba a la sala donde se encontraba el ceibó, adornado con lámparas de cristal de estilo retorcido, que custodiaba el enorme y pesado libro con tapa de cartón piedra rematado en aluminio, en el que mi tía-abuela llevaba las cuentas en largas páginas cuadriculadas donde destacaban las palabras haberes, deberes y abonos en la parte superior. Esos eran los renglones que utilizaba para llevar el santo y seña de las señoras de clase media que iban a adquirir ropa Montreal o Los Mil Modelos, en ese apartamento pagado por cuotas al Banco Latino, ubicado en una urbanización en que el sector militar y civil se entremezclaba abiertamente con una cuantiosa inmigración italiana, española y portuguesa establecida en ella unos cuantos años atrás. Todo esto en una Caracas despojada de cuanto melindre histórico o testimonio de época se atravesara por sus calles, avenidas y urbanizaciones en construcción. Allí, donde vivió sus últimos años María Venecia Gulietta Gimón, tía insigne de mi padre y madrina escogida por mi corazón. l
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