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Eso no era jamón

El hecho de que un hombre tenga una fábrica de embutidos no es motivo para creer que su esposa desaparecida haya terminado como chuleta… pero da que sospechar. Max Haines

Adolph Luetgert, un voluminoso empresario de 125 kilos, era dueño y administrador de la fábrica de embutidos A.L. Luetgert Sausage Works, ubicada en Chicago, justo antes de terminar el siglo XIX.

Este hombre tenía dos grandes pasiones en su vida: debilidad por los suculentos productos  porcinos que fabricaba y una inequívoca obsesión por el sexo opuesto. Este último impulso se veía de alguna forma frenado por su amada esposa, Louisa, quien, desde todo punto de vista, no era una belleza deslumbrante.

La pequeña Louisa llegaba a los hombros de Adolph cuando se paraba de puntillas. Aunque no era fea, era una de esas mujeres a las que no le importa su apariencia personal. Hacía poco, si acaso, para mantener a su gigantesco esposo cerca del nido hogareño.

Era una especie de secreto a voces entre los amigos y los empleados en la fábrica de embutidos que Adolph tenía sus aventuras. Es por ello que todos los que conocían a los Luetgert se sorprendieron tanto cuando se rumoró que Louisa tenía un amante.
¿Y cómo fue que este horrible chisme comenzó a circular? Bueno, Adolph, de una manera un tanto escurridiza, le preguntó a uno de sus amigotes de la estación de policía si había algo que el dueño de una fábrica de embutidos pudiera hacer para alejar a su esposa de su amante. El oficial de la policía de Chicago vio una oportunidad que pedía a gritos ser aprovechada. Le dijo a Adolph que, oficialmente, no podía hacer nada, pero eso no le impidió comentar el suculento chisme a cualquiera que escuchara. En poco tiempo todos estaban enterados. Louisa se había soltado el moño y tenía un amante.

La usual actitud dictatorial de Adolph ante amigos y empleados cambió abruptamente después que la noticia de la indiscreción de su esposa se había divulgado extensamente. Se convirtió en un hombre taciturno sin mucha vida social. Incluso comenzó a tratar a algunos de sus empleados como seres humanos. Los embutidos eran su vida. Finalmente instaló un catre en su oficina y se mudó.

Mientras se dedicaba en cuerpo y alma a su imperio de embutidos, Adolph conoció a su vigilante nocturno, Frank Bialk. Una noche, mientras la maquinaria rechinaba en el fondo, Adolph le confió a Frank que Louisa tenía un amante. No conocía el nombre del entrometido, pero estaba seguro de sus sospechas. Le mostró a Frank cartas que le escribió el miserable a Louisa. Las epístolas captaron la atención de Frank, quien se solidarizó con su jefe.

Un mes después, Frank presenció una escena que comprendió perfectamente bien. Su jefe, hambriento de algo más que embutidos, fue visto acompañando a una rolliza dama a su oficina. Frank no pudo dejar de advertir que la misma dama se presentaba casi todas las noches. A veces, aún se encontraba en la oficina a las seis de la mañana, cuando él terminaba su turno.

Por motivos conocidos sólo por los historiadores de la gastronomía, los buenos ciudadanos de Chicago dejaron de comprar los embutidos Luetgert en la primavera de 1897. Tanto, que la fábrica tuvo dificultades para cumplir con sus obligaciones. De hecho, el banco amenazaba con dejar el negocio en bancarrota.

Un día, Adolph acompañó a un empleado llamado Oderofsky al sótano de la fábrica, específicamente a la sala de las tinajas. Adolph le dijo a Oderofsky que vaciara el contenido de varios sacos en una de las tinajas usadas para hervir las mezclas de carne. El jefe le advirtió a su empleado que usara guantes, dado que la sustancia en los sacos era corrosiva. Oderofsky realizó la tarea tal cual le dijeron —casi tal cual. Arrojó el contenido de los sacos en la tinaja, pero olvidó los guantes y se quemó gravemente las manos. Adolph abrió una válvula para que la tinaja se llenara de agua.

A la mañana siguiente, el banco tomó control de la fábrica y despidió a todos, salvo al dueño y al personal de mantenimiento. Esa noche, Adolph encendió personalmente el gran horno que suministraba vapor a las tinajas. Frank Bialk se presentó para su turno nocturno y pensó que su jefe se había vuelto loco. ¿Quién había escuchado que se inyectara vapor a una tinaja que no contuviera carne?

Cuando Frank trató de preguntar sobre la extraña acción de su patrón, Adolph lo mandó a hacer un mandado. Adolph quería unas cuantas cervezas para animar la noche. Cuando Frank regresó, los dos hombres se sentaron y conversaron. Adolph le dijo a Frank que estaba realizando un experimento.

A las seis de la mañana, Frank terminó su turno y salió de la fábrica. Cuando regresó a las seis de la tarde, Adolph aún estaba trabajando, retirando cenizas del horno.

Cuando todo estaba reluciente en la fábrica, Adolph se marchó. Al día siguiente acudió a la estación de policía para notificar que su esposa Louisa estaba desaparecida. Desafortunadamente para Adolph, otras personas también echaban de menos a Louisa. Un hermano se presentó dos días después y dijo que su hermana le había dicho que lo visitaría. Cuando le dijeron que Louisa tenía un amante, no lo creyó ni por un minuto. Sugirió a la policía que investigara a su marido más profundamente.
Los perspicaces detectives realizaron una inspección en la fábrica de embutidos. Encontraron el monedero de una señora en el piso detrás de las tinajas. Contenía un recibo de compras de un abasto, el cual fue relacionado con la fornida dama que había pasado tantas noches en la oficina. Ella explicó que era extraño que no hubiera estado en la oficina el sábado y el domingo anteriores. Adolph le dijo que tenía asuntos muy serios que atender y que no podía recibirla esos días.

La policía, que ahora olfateaba algo más que embutidos, interrogó a Oderofsky. Este caballero contó toda la historia de cómo se había quemado las manos. La sustancia que había manipulado resultó ser potasa. También informó a los investigadores que había visto a su jefe extraer cenizas del horno. Sumando una cosa con la otra, la policía de Chicago se planteó la hipótesis de que Adolph muy bien había podido hervir a su esposa en una tinaja y quemar los huesos en el horno.

En materia de asesinatos, una cosa es saber que Adolph eliminó a su esposa y otra muy distinta es probar un homicidio. Para complicar las cosas, Adolph se había presentado en la estación de policía para exigir a los oficiales que encontraran y arrestaran a Louisa por abandono de hogar.

La policía de Chicago no se dejó engatusar por este intento de engaño. Examinaron las cenizas y el desagüe de la tinaja en cuestión. Encontraron algunos huesos, pero, después de todo, es normal que haya pequeños fragmentos de hueso en una fábrica de embutidos.

Decididos, los detectives filtraron las cenizas que se encontraron fuera de la fábrica. Una vez más, encontraron huesos, pero en esta ocasión hallaron un pedazo de metal, parte de un corsé de mujer. Los animales, en general, no usan corsés. Como si esto fuera poco, los inquisitivos hombres de la ley también localizaron un anillo de matrimonio en las mismas cenizas. Tenía grabado las iniciales L.L.

Los brillantes oficiales de Chicago dedujeron que Adolph había asesinado a su esposa, después de lo cual le ordenó a un empleado que vertiera potasa en la tinaja. Luego él mismo encendió el vapor y finalmente quemó los restos de su mujer en el horno.

Adolph fue arrestado y acusado del asesinato de Louisa. Dijo no saber nada sobre la desaparición de su esposa y agregó que realizó el experimento únicamente para perfeccionar un nuevo tipo de jabón.

Para demostrar su tesis, la fiscalía presentó el cadáver de una mujer cuyas medidas se asemejaban a las de Louisa. Transportaron el cuerpo a la fábrica de embutidos, donde fue hervido en potasa, lo cual probaba que, técnicamente, Adolph muy bien había podido reducir el cadáver de su esposa a cenizas. No había duda en la mente de los miembros del jurado de que Adolph había hecho exactamente eso.

Adolph Luetgert fue encontrado culpable de asesinato y fue sentenciado a cadena perpetua. Una vez en la prisión de Joliet, su salud se deterioró rápidamente y murió unos pocos años después. l

 

Traducción: José Peralta.

Ilustraciones: David Márquez

david.marquez@cantv.net

 
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