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Sabrina...

"...Tiene 21 años, quizá no la recuerde... pero ella ha aparecido en vallas, en cuñas de televisión y en desfiles de modas", aclaraba la periodista Mónica López. Sin duda, Gloria Sabrina Gómez Delgado era una chica con ideas muy claras acerca de lo que quería para su futuro. Con mucha disciplina, a su corta edad, consiguió graduarse en Derecho Mercantil, a la par que combinaba sus estudios con el modelaje, sin mencionar además, que ya tenía tres años de casada: "Cuenta Sabrina, que de Nueva York vino un fotógrafo que deseaba caras nuevas... pero buscaban tallas frágiles, sin caderas anchas, escuálidas, así que la descalificaron". Sin embargo, "esas cualidades", y otras más, que cualquier fémina envidiaría, y que en aquel momento le impidieron realizar cierto tipo de publicidad, pocos años más tarde la convirtieron en "Kiara, la sensualísima", quien con canciones como Deskarado y Qué Bello consiguió capturar la atención del público. Muchos todavía se emocionan con su mirada seductora y su boca invitante que enamoró a más de uno a finales de los ochenta.

Yo sería metrosexual
Carla Tofano

Como cada ladrón juzga por su condición, si yo fuera chico, sería un espécimen tallado a la medida de la cultura metrosexual, tan en boga en el argot de tendencias de hoy. Siempre he pensado que las mujeres nos hemos acomodado con holgura -e incluso con soltura- al modelo de vida que en el pasado reciente parecía exclusividad del modus operandi masculino. Esta ambidextra versatilidad nos ha permitido conocernos mejor y convertirnos en féminas de cuidado. Sin embargo, hasta ahora, momento en el que se le puso etiqueta al hombre que explora su sensibilidad femenina, los hombres parecían barnizados de cierta desabrida desventaja cosmogenética.
Si una mujer con carácter y poder en la mayoría de los casos es ultrasexy, ¿por qué un hombre no puede ser deliciosamente varonil y, sin embargo, brindar a su consorte asesoramiento en materia de moda y belleza? Como la verdadera feminidad, lo masculino no descansa en esquemas y arquetipos superficiales o acomodaticios. La masculinidad, como la feminidad, son asuntos mucho más trascendentales y nada tienen que ver con no llorar jamás, en el caso de los varones, o con dejar caer oportunamente un pañuelo al piso, en el caso de las hembras. En lo personal, me resulta encantador (y conmovedor) que los hombres parezcan haber superado el limbo que los convertía en el género menos ajustado a la desestructuración de los tiempos modernos.
Si un chico es capaz de aconsejarte qué vestido comprar y luego sabe cómo robárselo a tu cuerpo, pues se merece el cielo. Las mujeres hemos aprendido a mandar, a decir no, a usar ropa y fragancias unisex, a tener iniciativa para la vida y el amor, sin dejar de usar máscara de pestañas y labiales brillantes y sin dejar de ser empedernidamente coquetas y vulnerables. Entonces, ¿por qué no compartirnos con amantes, colegas y amigos capaces de dar un paso al frente en relación con sus propios prejuicios éticos y estéticos? Quienes han puesto nombre al nuevo comportamiento masculino, más plural y ambiguo en el estilo de vida y tan heterosexual como de costumbre en cuanto al apetito carnal, han inventado una nueva etiqueta -la metrosexualidad- que empezaba a hacerse justa y necesaria.
Hombres que prefieren un desfile de modas a un partido de beisbol, hombres que cambian de peinado con la misma frecuencia que sus congéneres del sexo opuesto, hombres que saben de ropa y que descifran el poder simbólico de las marcas con la misma sofisticación con la que nos sumamos a esta tarea las mujeres, hombres que utilizan productos cosméticos para el cuidado de la belleza, que disfrutan los rituales de consumo, que depilan su pecho como las mujeres podamos nuestro cuerpo, y que no por ello son hombres femeninos en su performance social o sexual.
No me sorprenderá que muchos conservadores de ambos sexos consideren estos comportamientos masculinos aberraciones degenerativas de la raza humana, sin embargo, yo, que por lo general estoy a favor de la tolerancia y los procesos de cambio -estructurales más que formales-, prefiero pensar que si bien la sociedad de consumo cada vez gana más terreno -lo que no sé si es bueno o malo- los seres urbanos estamos aprendiendo a vivir con normas más arriesgadas y plurales. Si, como mujer, prefiero diseñarme a mí misma con libertad de criterio, obviamente, también prefiero convivir con hombres que sean modelo palpable de transformación y liberación.
La metrosexualidad estandarizando el arquetipo gay, revaloriza el modelo straight, brindándole incluso a las mujeres nuevos retos y aliados incondicionales en su proceso de perenne redefinición y evolución social. El guapo futbolista inglés David Beckham es considerado el ícono mediático más representativo de la metrosexualidad en alza. Beckham es más bello que su esposa, viste como un modelo y, siendo jugador estrella primero del Manchester y ahora del Real Madrid, a veces usa la ropa interior de su mujer.
En lo que a mí concierne, preferiría conocer a más hombres metrosexuales y a más mujeres preparadas para disfrutar las ventajas de vivir con hombres que utilicen cremas hidratantes y puedan conversar de todo lo que nos apasiona a las mujeres sin falso pudor ni caducos pruritos. En el pasado la política era un tema vetado en boca de una chica del "sexo débil", por eso, es necesario que todo lo que concierne al mundo femenino casi con carácter de exclusividad, deje de ser tabú para los hombres del futuro. Cuando ellos pasen una hora acicalándose frente al espejo y utilicen brillo en los labios y eso no nos escandalice, estaremos disfrutando -hombres y mujeres- las ventajas de vivir el presente. Por cierto, Ben Affleck firmó con Revlon un jugoso contrato para convertirse en el modelo de la primera línea para hombres de esta accesible firma cosmética y, dicho sea de paso, comparte su cama con la chica latina más deseada de Hollywood. Si fuera hombre, yo sería metrosexual. l

 
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