- El envolvente ritmo de Sean.
- Con sabor y alma latina.
- El monitor se pasea por la música.

 CRONICA
- Palabras envenenadas
- Jennifer Garner
Suya es la risa
- Con las manos en la masa
- En torno a los sueños
FAMILIA
- Criar gemelos
es un arduo trabajo
BELLEZA
- Para caer en la tentación
SALUD
- Breves saludables
COCINA
- Desayune con imaginación
MASCOTAS
- Control y seguridad
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 
  Palabras envenenadas
Carla Tofano

 

Nos cansamos de escuchar que el amor lo cura todo, que es la fuerza energética más poderosa del universo, que es lo único que doblega, revitaliza y regenera un trozo de vida putrefacto, y sin embargo, siempre puede movilizarte mucho más una frase punzante, una palabra hiriente o una mirada mal intencionada que un gesto de amor complaciente, una mirada consentidora o una palabra de aliento.

El conflicto es sanador, te confronta con lo mejor y lo peor de tI, sometiéndote a una tensión forzada y siniestra, pero siempre te ofrece la oportunidad de crecer en más de un sentido y con la sensación de haber aprendido una lección importante, a pesar de los disgustos que presume el hecho de estar acorralado entre la espada y la pared. Por lo general, somos capaces de reconocer sin mayor pugna interior nuestras fortalezas, bondades y aptitudes y somos pésimos intentando ponerle nombre y apellido a las inconsistencias, fragilidades y raquitismos que nos plagan el alma y la conciencia.

Quizás por eso, cuando alguien pone su dedo en tu dolor renegado y oculto, y nombra uno de tus demonios, exorciza así una de tus flaquezas. Y, al mismo tiempo, logra golpearte con la fuerza misteriosa que tienen las palabras indeseables, impronunciables, execradas e indómitas. Sólo un par de veces he visto a mi padre gritar, sin embargo, estos escasos momentos de ofuscación y rabia ocupan en mi recuerdo un espacio imborrable, aquel que sólo conquistan en la conciencia las frases acorraladas. Obviamente, no puedo haber aprendido más de un par de disgustos, que de los miles de gestos de afecto verdadero que me ha profesado en tantos años. Aún así, soy capaz de evocar con lujo de detalle el enceguecido influjo de su verbo desestabilizado, y algunas de sus mejores sonrisas las he olvidado.
Las palabras que nacen cargadas de cólera, odio, ofensa, reclamo, deuda, culpa, venganza, descrédito, maldiciones inoportunas y silencios ponzoñosos, son macizas y se fijan con tinta roja indeleble y tóxica en la conciencia de sus victimarios. Por eso, hay que tenerle pavor a las opiniones maldicientes. Es posible pasar a la historia por alguna de ellas, pero ser recordado como una nube negra en la memoria de alguien que te evoca y te desprecia, no es algo de lo que debamos sentirnos de ningún modo gratificados.

Como el resto de los mortales, soy susceptible al oscuro embrujo de las frases envenenadas. Muchas veces los elogios, los consejos benevolentes, los comentarios constructivos, me colman de alegría, me dan seguridad, me alientan, pero terminan ocupando un espacio de mi totalidad inconsciente, que es etéreo, volátil y vulnerable a la amnesia que producen las horas muertas. Las críticas duras, las que te golpean con toda su fuerza, las que generan agudos conflictos en el plano de la percepción, terminan estimulándote, muy a pesar de las incomodidades a las que te someten. Las palabras hirientes te surcan el cerebro como tatuajes indelebles.

Quizás por eso la comunicación basada en la violencia y la provocación nos atrapa como a zombis. Somos más susceptibles al contraste y a la discordia que a la moderación y al sosiego. Ese rasgo impertinente que nos permea como colectivo, o como individuos, nos colma y nos excede. Cualquiera de nosotros podría pasarse toda una tarde, una semana o un mes, perfeccionando la respuesta a un ataque que dejó en su anatomía psicológica alguna cicatriz perenne. Por el contrario, somos capaces de desconocer múltiples sutilezas verbales expresadas por el ecosistema que nos ampara y nos rodea.

Aunque me disgusta caer en la trampa del reconcomio, soy adicta -debo reconocerlo- al efecto masoquista y perturbador de las frases envenenadas. Quizás por eso nunca se me olvida lo que me dicen y me duele. l

tofano@hotmail.com

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso