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Nos cansamos de escuchar que el amor lo
cura todo, que es la fuerza energética más poderosa
del universo, que es lo único que doblega, revitaliza y regenera
un trozo de vida putrefacto, y sin embargo, siempre puede movilizarte
mucho más una frase punzante, una palabra hiriente o una
mirada mal intencionada que un gesto de amor complaciente, una mirada
consentidora o una palabra de aliento.
El conflicto es sanador, te confronta con lo
mejor y lo peor de tI, sometiéndote a una tensión
forzada y siniestra, pero siempre te ofrece la oportunidad de crecer
en más de un sentido y con la sensación de haber aprendido
una lección importante, a pesar de los disgustos que presume
el hecho de estar acorralado entre la espada y la pared. Por lo
general, somos capaces de reconocer sin mayor pugna interior nuestras
fortalezas, bondades y aptitudes y somos pésimos intentando
ponerle nombre y apellido a las inconsistencias, fragilidades y
raquitismos que nos plagan el alma y la conciencia.
Quizás por eso, cuando alguien pone
su dedo en tu dolor renegado y oculto, y nombra uno de tus demonios,
exorciza así una de tus flaquezas. Y, al mismo tiempo, logra
golpearte con la fuerza misteriosa que tienen las palabras indeseables,
impronunciables, execradas e indómitas. Sólo un par
de veces he visto a mi padre gritar, sin embargo, estos escasos
momentos de ofuscación y rabia ocupan en mi recuerdo un espacio
imborrable, aquel que sólo conquistan en la conciencia las
frases acorraladas. Obviamente, no puedo haber aprendido más
de un par de disgustos, que de los miles de gestos de afecto verdadero
que me ha profesado en tantos años. Aún así,
soy capaz de evocar con lujo de detalle el enceguecido influjo de
su verbo desestabilizado, y algunas de sus mejores sonrisas las
he olvidado.
Las palabras que nacen cargadas de cólera, odio, ofensa,
reclamo, deuda, culpa, venganza, descrédito, maldiciones
inoportunas y silencios ponzoñosos, son macizas y se fijan
con tinta roja indeleble y tóxica en la conciencia de sus
victimarios. Por eso, hay que tenerle pavor a las opiniones maldicientes.
Es posible pasar a la historia por alguna de ellas, pero ser recordado
como una nube negra en la memoria de alguien que te evoca y te desprecia,
no es algo de lo que debamos sentirnos de ningún modo gratificados.
Como el resto de los mortales, soy susceptible
al oscuro embrujo de las frases envenenadas. Muchas veces los elogios,
los consejos benevolentes, los comentarios constructivos, me colman
de alegría, me dan seguridad, me alientan, pero terminan
ocupando un espacio de mi totalidad inconsciente, que es etéreo,
volátil y vulnerable a la amnesia que producen las horas
muertas. Las críticas duras, las que te golpean con toda
su fuerza, las que generan agudos conflictos en el plano de la percepción,
terminan estimulándote, muy a pesar de las incomodidades
a las que te someten. Las palabras hirientes te surcan el cerebro
como tatuajes indelebles.
Quizás por eso la comunicación
basada en la violencia y la provocación nos atrapa como a
zombis. Somos más susceptibles al contraste y a la discordia
que a la moderación y al sosiego. Ese rasgo impertinente
que nos permea como colectivo, o como individuos, nos colma y nos
excede. Cualquiera de nosotros podría pasarse toda una tarde,
una semana o un mes, perfeccionando la respuesta a un ataque que
dejó en su anatomía psicológica alguna cicatriz
perenne. Por el contrario, somos capaces de desconocer múltiples
sutilezas verbales expresadas por el ecosistema que nos ampara y
nos rodea.
Aunque me disgusta caer en la trampa del reconcomio,
soy adicta -debo reconocerlo- al efecto masoquista y perturbador
de las frases envenenadas. Quizás por eso nunca se me olvida
lo que me dicen y me duele. l
tofano@hotmail.com
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