Hace unos días me llegó a mi dirección electrónica un correo de esos que envían como cadenas religiosas. En estos tiempos de interconexión instantánea es frecuente. Todos los días, apenas abro el buzón, encuentro por lo menos dos mensajes que llegan de quién sabe dónde y manda originalmente vaya a saber quién. Vienen recorriendo el mundo gracias a la maravilla del ciberespacio y a la ociosidad de más de uno que se sienta a teclear una computadora.
Hoy día, gracias a internet, vía forward se reciben chistes, artículos periodísticos,
fotos y videos insólitos y/o escandalosos, y, sobre todo, mensajes de autoayuda
que terminan casi siempre con la coletilla: "Si te gustó, reenvíalo a un amigo".
Es tal la abundancia y variedad que, incluso, hay quienes se atreven a ir más allá en su labor de mercadeo cibernético y prometen milagros a vuelta de correo: Fulanito lo envió a doce panas y cuando iba a mandarlo al número trece, recibió un aumento de sueldo; Perenceja lo endosó a veinticinco personas y encontró novio; Zutanito lo despachó a cuarenta y ocho de sus contactos y —¡milagro!— se enteró de que una tía abuela le había dejado una fortuna. Así que, por si acaso, please, pass it on.
El mail que me llegó (y que había recorrido medio mundo, a juzgar por el rosario
de nombres y direcciones que me precedían como destinatario) no ofrecía recompensas pero sí sugería el reenvío porque "puede ayudar a alguien a sentirse mejor". El mensaje original debió ser escrito en inglés (por los nombres que aún
no habían sido traducidos), y por su contenido clasifica dentro de la categoría "Autoayuda y crecimiento personal". Contiene una presentación de nueve láminas
con ilustraciones y sucintas leyendas que retan a descartar el etnocentrismo,
al comparar la insignificante existencia del ser humano con el universo que nos
rodea y acoge. Me lo mandó un amigo de mi marido en solidaridad con
el ánimo decaído que campea por estos días y que él, al igual que yo, desea
que se recomponga o, cuando menos, se llene de esperanzas.
El tema es viejo, se sabe. El planeta que habitamos es pequeño, nos decían ya
en la escuela primaria, al hablarnos del sistema solar y de los nueve astros que lo conformaban entonces, cuando Plutón aún no había sido degradado por enano.
Por su tamaño —recuerda la presentación—, la Tierra es semejante a Venus, pero ambos son más pequeños que Urano y Neptuno y mucho más pequeños que
Saturno, sin sus anillos, y que Júpiter con sus 142 mil kilómetros de diámetro ecuatorial que lo hacen doce veces más grande. Pero Júpiter, con todo y su
tamañote, es más chico que Su Majestad el sol, la estrella amarilla centro de
nuestro universo y gracias a la cual respiramos. Pero por si fuera poco, como
ya lo sabemos todos —y la NASA nos lo recuerda—, el universo no termina
con el sol. Nada más en la Vía Láctea hay un montonononón de cuerpos enormes. Está Sirio, la estrella más brillante que se ve desde la azotea de nuestra casa, sin necesidad de telescopio. Y Arturo, una gigante anaranjada, veintitrés veces más grande que el astro rey. Y Aldebarán, estrella de color rojo, que se ve en la constelación de Tauro (en la punta de uno de los cachos del toro). Y Betelgeuse,
en la constelación de Orión. Y por encima de todas ellas está la también roja Antares —en el corazón de Escorpio— que tiene un radio de 624 millones de kilómetros
y que aunque está a más de mil años-luz de distancia, ya se sabe, porque
así lo han medido desde los telescopios espaciales, es la décimoquinta
estrella más brillante del firmamento.
Después de esta comparación planetaria, que deja muy mal parada a nuestra querida tierra —que ya escribo con minúscula— la presentación termina diciendo: "Y ahora ¿cuán grande eres tú? Y ¿cuán grandes son las cosas que te inquietan hoy? O, en cuanto a esto, ¿cuáles son las cosas que son importantes?".
El mensajito llama a no magnificar los problemas, esa sería la enseñanza. La moraleja. Sin embargo, al terminar de leer la última lámina (fin de la presentación, haga click para volver al principio) enseguida me vino a la mente mi amiga Victoria, una ácida periodista que trabaja en una agencia de noticias. Me parece oírla: "Esto suena a resignación". Yo, contagiándome de su escepticismo, digo que, a veces,
las cosas no son como se ven desde afuera y con anteojos. A veces los problemas —o el problema—, el día a día, tienen el peso y el tamaño de la coloreada
Antares. Y no hay instrumento óptico que pueda contradecirme. Please, pass it on.
|