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Hay mujeres que flotan desnudas. Sus cabellos
largos indican la dirección en que fluye la corriente, sus
rostros nos miran extasiados al tiempo que brazos y piernas serpentean
según el movimiento del fluido. El líquido se
desliza suavemente en torno a estas levitantes ninfas que muestran
sus siluetas con naturalidad, sin ningún pudor, ajenas a
los preconceptos de una sociedad contradictoria como la de finales
del siglo XIX y principios del XX en Viena, y distantes de la pose
y de la belleza perfecta. La redondez de sus senos y caderas luce
en completo balance con las delgadas líneas que representan
la corriente de agua. Ellas flotan con pureza exquisita, como levitando
en un mundo submarino, cual doncellas resplandecientes e ingenuas,
indiferentes al prejuicio burgués del momento.
Parecieran estar envueltas en aromas orientales
dentro de un hábitat cálido y seguro, pero la cabeza
de un pez asoma por un costado del dibujo, lo que deja un rastro
sobrenatural en medio del ambiente armónico que las rodea.
El dibujo que acabo de describir -titulado Fish Blood- fue
realizado en 1900 por el pintor austríaco Gustav Klimt, quien
nos ofrece en sus obras una visión de la intimidad de la
mujer a la cual aún no estamos acostumbrados en Occidente
por lo que de erotismo espontáneo y llano plantea. Enajenados
como estamos por las imágenes comerciales de un erotismo
vulgar y feroz -que a veces más bien subraya lo pornográfico-,
la inocencia, la mirada tranquila ante la desnudez y el desapego
frente a falsos moralismos nos resultan extraños por lo desincorporados
que se hallan dentro del lenguaje visual al que corrientemente estamos
expuestos, y que está plagado de imágenes que nos
remiten al concepto de mujer como objeto sexual desprovisto de sutilezas,
profundidad y emoción estética.
En la era de la reproducción iconográfica
multiplicada ad infinitum, entonces, todas las mañanas,
con sus noches, mi mirada se ve sometida a la visión del
desafiante icono que orna la fachada de uno de los edificios de
nuestra ciudad capital, situado en Plaza Venezuela. Se erige la
catira sin rostro, en actitud deliberadamente descuidada mientras
toma entre sus dedos la pieza inferior de su bikini. Frente a ella,
un gigantesco tarro de cerveza desbordante de espuma la escolta,
la seduce, la demanda, la subyuga, la domina. Impacta la voluptuosidad
del trasero, la perfección de formas según el ideal
estético actual, el juego de luces y sombras sobre su cuerpo,
la ausencia de contacto visual con el espectador. La catira seduce,
pero fríamente, de forma extremadamente premeditada. Despojada
de todo valor afectivo, en ella la agresividad se impone borrando
cualquier expresión cercana a la espontaneidad, la dulzura,
la delicadeza, el sentimiento. Ella es toda tensión, moldura
y acicalamiento. Sería un buen emblema del ideal de la mujer
de hoy: aguerrida, perfecta, descollante, maquinal y sola.
Tras mirar esta fachada de continuo, nace una
gran fatiga que da pie a consideraciones en torno a los sacrificios
que ha hecho esta pobre chica para lograr un cuerpo de tal calibre,
con el único fin de agradar y ser aceptada. También
imaginamos el ejército de personas que trabajaron en la elaborada
imagen: diseñadores, cirujanos, maquilladores y fotógrafos
laborando para alcanzar el máximo grado de perfección;
publicistas, creativos y estrategas de lo subliminal exprimiendo
sus neuronas para satisfacer los deseos de cliente y público
a la vez. Todo ello para dar una visión tan manida de la
mujer, tan vacía, tan sin novedad y únicamente circunscrita
al bochornoso intercambio comercial.
Mientras, Gustav Klimt, solo y humilde, por
allá en el siglo XIX, nos dejó la visión de
una mujer fluida, sensual, cálida y en calma, sutil, donde
podrían entrar otras facetas más humanas en una propuesta
estética ligada al esplendor de lo femenino, en el sentido
de estar sintonizadas con la naturaleza, con lo instintivo, con
lo emocional. La búsqueda de este pintor -reconociendo que
está en el ámbito de lo artístico y no de lo
publicitario- ha quedado plasmada en pinturas que Occidente tendría
que valorar e incorporar en su apreciación actual de la mujer.
l
rosa_elena_perez@hotmail.com
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