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Memorias de una geisha
Al filo de lo prohibido

Ziyi Zhang es Sayuri, la protagonista del film
Ya se exhibe en el país el film basado en el best seller homónimo de Arthur Golden, una historia de amor de dimensiones épicas en medio de la enigmática cultura de las geishas. El director de la película, Rob Marshall, conversó con Estampas.
Enmar Pérez Garmendia.
Los Angeles. Enviada especial. Fotos: Columbia Pictures
Historias como la mía nunca deberían ser contadas.
Mi mundo es tan prohibido como frágil. Sin sus misterios no puede sobrevivir...
Cuando en 1997 el novelista estadounidense Arthur Golden publicó su libro Memorias de una geisha no pasaría mucho tiempo antes de que se convirtiera en un fenómeno de ventas que se mantendría durante dos años en la lista de best sellers del diario The New York Times. Golden, graduado en Historia del arte con especialización en artes niponas, quien además ostenta un master en Historia de Japón, no sólo había logrado un texto con suficiente calidad dramática sino también, y quizá mejor aún, un relato que revelaba, con indudable autoridad, el tan escondido y enigmático microcosmos de estas mujeres tantas veces calificadas —se afirma que erróneamente— como cortesanas de lujo. Sobriamente afincado en una historia de amor imposible, y rico en pasajes que describían con lujo de detalles la vida y las costumbres de estas damas instruidas para entretener a sus clientes con sus dotes artísticas y su elevado nivel de conversación —más que para complacerlos con sus favores sexuales—, su destino en la gran pantalla era ciertamente predecible.
Que Steven Spielberg fuera el primero en ser seducido por los productores Lucy Fisher y Douglas Wick para dirigir la adaptación al cine no fue exactamente una sorpresa. Después de todo, bajo las capas de maquillaje y los pliegues de kimono latía un cuento de alcance universal: el drama romántico de una pobre niña (Kiyo) quien, contra toda adversidad, logra convertirse en la geisha más admirada de su tiempo (Nitta Sayuri) impulsada por la fuerza de un amor tan sublime como prohibido.
De Chicago a Oriente
“La narración se desarrolla en un mundo muy específico (el de las geishas), pero el otro tema que prevalece (en la novela), que es el triunfo del espíritu humano sobre toda suerte de obstáculos es sumamente poderoso y conecta con cualquier cultura”, dice Rob Marshall, quien se ubicó detrás de las cámaras una vez que Spielberg —finalmente productor— declinara su aspiración de dirigir el film en vista de sus múltiples compromisos. Marshall, destacado director y coreógrafo de Broadway (Annie, Cabaret), debutó en el ruedo cinematográfico con el musical Chicago (2002), un contundente éxito de crítica y taquilla que obtuvo seis premios Oscar, entre ellos el de Mejor película. Ahora su personal aproximación a la novela de Golden podría alzarse con el mismo número de galardones de la Academia, ya que ha sido nominada en igual número de categorías; todas técnicas, por cierto: Mejor cinematografía, Mejor dirección artística, Mejor diseño de vestuario, Mejor banda sonora original, Mejor sonido y Mejor edición de sonido.
Lo anterior, lejos de lo que pudiera pensarse, no debe haber decepcionado al laureado Rob, un esteticista a carta cabal que no cesa de autoexigirse en las lides de la creación y quien mantiene un punto de vista muy particular sobre lo que debía ser este film de los grandes estudios californianos.
“Después de Chicago quería retarme a mí mismo más fuerte de lo que lo había hecho nunca antes; entre otras cosas, porque sabía que como director tenía que entregar dos años de mi vida a un solo proyecto y deseaba que valiera la pena. Buscaba intentar algo que enriqueciera mi vida a la vez que representara un reto”, comenta Marshall durante una entrevista ofrecida a Estampas en la ciudad de Los Angeles.
Memorias... era, pues, el material adecuado por más de una razón: “Fue maravilloso tener que aprender tanto de otra cultura como es la japonesa y, a su vez, de una subcultura tan fascinante como es la de las geishas, un universo escondido de una riqueza extraordinaria. Nos esforzamos muchísimo y, sin embargo, al final sentíamos que tan sólo habíamos arañado la superficie de las cosas”, explica el creador, quien, no obstante, aclara que la intención no era precisamente hacer un trabajo con espíritu documental: “El drama de estos personajes, combinado con el aura y el exotismo de su mundo, nos permitía ya de por sí alcanzar algo único e imponente. Pero estaba consciente de que debía voltear hacia las tradiciones cuando fuera necesario para enriquecer mi visión de la historia”.
l Además de aprender las danzas y a tocar el shamisen (instrumento de tres cuerdas), el elenco de
actrices debió entrenarse durante semanas para dominar el sello personal de una geisha: la forma de caminar y sentarse
en el piso, la manera de levantarse de las mesas, servir el sake y moverse con gracia a través de
los salones.
l Para estos fines el cast ensayó con kimonos para adaptarse al peso y lograr manejarse naturalmente entre los muy ajustados metros de tela.
l La secuencia mas difícil para Ziyi Zhang (Sayuri) fue la del baile en la que tuvo que actuar sobre unas plataformas de 20 cms de alto: “Al principio ni siquiera podía pararme sobre ellos o dar un paso. Después de muchas
caídas lo logré”. |
Una vuelta por las tradiciones
Así las cosas, Marshall y parte del equipo viajaron por varias semanas a Japón. Visitaron Tokio, Kyoto y las costas marinas para buscar locaciones. Recorrieron museos, templos, fábricas de kimonos y verdaderas casas de té, donde, incluso, fueron entretenidos por modernas geishas: “Actualmente ellas son las guardianas de las artes tradicionales de Japón. Pero, por supuesto, muchas cosas han cambiado. Hoy las geishas hasta venden sus CD... De todas formas son asombrosas y siguen manteniendo su aire de misterio. Arreglar una reunión con la presencia de estas damas no es fácil y, además, es terriblemente costoso: dos horas ascienden a 10.000 dólares”.
Una suma ciertamente prohibitiva, pero, al parecer, bien invertida: “En las casas de té estas damas te hacen sentir como si fueras lo más importante que hay sobre la Tierra. Bailan para ti, cantan, sirven la bebida, inventan juegos... Yo, realmente, hasta me sentía incómodo, pero ese es su trabajo”.
Además de esta poco común experiencia, el equipo asistió a combates de sumo, festivales de danza de primavera y presentaciones de teatro Kabuki. Asimismo presenció a las aprendices (maikos) aplicando el maquillaje y poniéndose los kimonos —una tarea que requiere horas y la ayuda de un vestidor experto. Todo, para llegar a una conclusión: “Por un momento tuvimos la esperanza de filmar la mayor parte de la película en Japón, pero como el período durante el cual se desarrolla la trama transcurre entre las décadas de los años veinte, treinta y cuarenta, se hizo claro que era prácticamente imposible. Incluso en ciudades como Kyoto, donde tantas cosas permanecen todavía intactas, no pudimos encontrar una zona que no hubiese sido tocada, de alguna manera, por la modernidad”.
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| El baile de Sayuri, inspirado en el teatro Kabuki, es uno de los momentos más impactantes de la película |
Aplicar un extreme makeover a las calles japonesas, pues, costaba una fortuna. De allí que sobre la base de dibujos, fotografías y demás artilugios de imperativa utilidad, el hanamachi (distrito de geishas) que sirvió para dar vida al largometraje terminó siendo construido en el condado de Ventura, California. Otros escenarios fueron recreados en Los Angeles, y algunas secuencias fueron filmadas en lugares y ambientes naturales de la nación oriental. Entre estos últimos halagan a la vista con su extraordinaria belleza dos ancestrales templos budistas y las anaranjadas puertas Torii que se extienden a lo largo de una colina de Kyoto, un lugar impactante donde existe un templo Shinto al que los peregrinos acuden para orar y expiar sus culpas.
Licencia para crear
Pero si bien en el apartado de las locaciones no se podía —ni se exigía— ser puristas, en la selección del elenco —algunos opinan que debió ser japonés— tampoco se hizo concesiones a la ortodoxia; entre otros motivos porque Marshall tiene una posición tajante en este punto: “Tengo una filosofía específica acerca del casting: el actor mejor preparado para el rol obtiene el rol. En Chicago, por ejemplo, Queen Latifah hacía de jefa de una cárcel en los años veinte. Era imposible que una afroamericana tuviera esa posición en esa época, pero ella era lo que yo necesitaba para el personaje”. En consecuencia el cast de Memorias... terminó siendo un conglomerado de lo más excelso de la actuación asiática, sin importar la nacionalidad: en los papeles centrales se encuentran las actrices chinas Ziyi Zhang (El tigre y el dragón), quien asume a la protagonista Sayuri, y la aclamada Gong Li (Adiós a mi concubina), quien se mete en la piel de la temperamental Hatsumomo, la bella rival de la heroína. Como la elegante y protectora Mameha aparece la malaya Michelle Yeoh (El tigre y el dragón), y como “el presidente”, el hombre del cual se enamora Sayuri siendo todavía una niña, el japonés Ken Watanabe (El último samurai). La pequeña Chiyo es la actriz nipona de 12 años Suzuka Ohgo. Todos debieron hablar en inglés, aun cuando la única que lo hacía con fluidez para entonces era Yeoh.
l Hacer un kimono se toma —en Japón— un año. Llegan a tener hasta
siete metros de tela, usualmente seda.
l Los obis formales (fajines que envuelven el torso) miden dos veces la altura de un hombre y son casi tan anchos como la espalda de una mujer.
l El agua es un motivo
visual que se repite en
la cinta, pues la vida de Sayuri es comparada con la corriente de un río.
Por eso hay motivos acuáticos en todos sus kimonos. El más hermoso aparece al final, con una cascada azul grisácea que cae desde el obi hasta el ruedo. |
“Era difícil. Sólo para el rol de Sayuri la actriz tenía que ser, a la par de muy buena, creíble tanto de 15 años como de 30. Además debía ser una bailarina brillante, porque la danza es un elemento fundamental en el arte de las geishas y un punto clave en la historia personal de Sayuri. Desde un principio se hizo claro para mí que el cast iba a ser internacional asiático, pues era la única manera de reunir a los actores idóneos”.
¿Quién le refuta esta argumentación a Marshall? Al menos no Hollywood, pero ya el film fue motivo de protestas en China, y su proyección está vetada en ese país. ¿La razón?: los rojos acusan a Zhang y Li de ser poco “patriotas” al encarnar a “cortesanas japonesas”, pasando por alto el rencor histórico que sienten en su tierra por Japón, nación que los invadió entre 1931 y 1945, período durante el cual las mujeres chinas fueron víctimas de abusos sexuales por parte de los nipones.
Pero como afirmara el propio creador: “Mi esperanza es haberle hecho justicia al libro. Hacer el film fue retador, excitante, y, a veces, temeroso, pero siempre valió la pena...”.
Después de todo, nada ha cambiado: el mundo de las geishas siempre parece estar, de una u otra manera, al filo de las prohibiciones. l

Vestidas para matar. Opina el director Rob Marshall que las geishas eran “las top models de su tiempo. Ellas eran las que imponían las tendencias”. Con esta idea en mente, la diseñadora del vestuario, Collen Atwood, se permitió algunas licencias artísticas en los trajes. El abrigo negro con piel de chinchilla al cuello que luce en una secuencia Hatsumomo es uno de sus “deslices” favoritos: “Tomé el patrón de los dibujos de una pieza vintage que conseguí en Londres y lo hice bordar en una seda similar, después le añadí la piel y lo forré en terciopelo, algo que no se hacía en Japón para entonces. Una geisha verdadera jamás luciría algo tan llamativo, pero era divertido y pensé que sería hermoso”.
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Novias de la noche En los años treinta, antes de
la Segunda Guerra Mundial, los negocios y las relaciones sociales de los hombres en Japón se despachaban en las casas de té. Las reinas del lugar eran las
geishas, mujeres formadas desde la infancia para complacer a sus clientes y mantener económicamente al resto de las integrantes de su okiya (su casa). Estas
artistas (la palabra gei significa arte en japonés) salían de sus hogares en la noche para atender sus compromisos, después de dedicar horas a su arreglo personal: maquillaje blanquecino, carbón para los ojos y rojo intenso para los labios. Una peluca azabache y un precioso kimono (siempre propiedad de la okiya) eran el toque final para deslumbrar y lograr que el señor que
hubiera requerido sus servicios quedara muy bien ante sus invitados. Como calzado lucían unas sandalias de altas plataformas
y recubrían sus pies —nunca
exhibidos— con unos curiosos calcetines que separaban el pulgar del resto de sus dedos. Ya en las fiestas tocaban el shamisen, un instrumento de cuerdas, cantaban y danzaban con abanicos, servían el té, el sake y entretenían con su conversación. Su fin último era conseguir un danna (protector), que las mantuviera cuando su belleza ya se hubiese marchitado, o heredar la okiya y vivir del trabajo de las nuevas geishas. Sus saberes requerían de muchos años de preparación por lo que ingresaban desde
niñas en escuelas específicas. Cuando sus estudios concluían la formación continuaba como aprendices (maikos) de sus‘hermanas mayores’ (o-nêsan),
a las que acompañaban a las
casas de té. Las ‘hermanas’ se encargaban de que los caballeros las conocieran. Cuantos más
populares se hacían la puja
por su virginidad (misuage)
subía más ceros y la okiya se beneficiaba de su éxito.
FUENTE: ELMUNDO.ES |
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