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Testigo para la fiscalía

¿Podría la señora Atkinson identificar certeramente a los asesinos de su marido luego de 11 meses del asesinato?. Max Haines

El 8 de marzo de 1923 el anciano Samuel Atkinson comió una cena sustanciosa, sin pensar por un momento que podría ser la última cena que consumiría.

Sam manejaba la oficina postal en el pueblo de Lisalong, Irlanda, y vivía con su esposa en las habitaciones de atrás, debajo de su lugar de trabajo. Cerró como siempre esa noche de marzo. Dos jóvenes amigos, Owen McCabe y Patrick Connelly pasaron a visitar a Sam y a la señora Atkinson.

De repente la puerta del porche de afuera de la cocina se abrió. Dos hombres estaban parados en el umbral. El más bajo de los dos esgrimió un revólver. Gritó: “¡Manos arriba!” . McCabe y Connelly se pararon y pusieron sus manos por encima de sus cabezas.

Los dos hombres exigieron las llaves de la oficina de correo. En vez de dárselas, Sam caminó hacia el hombre con el arma. El intruso armado lentamente se volvió hacia atrás de la cocina. El bandido más alto se volvió hacia el porche con su compañero.

Con su plan torcido los dos hombres se retiraron lentamente a través del pequeño porche hacia la puerta que llevaba afuera. El más alto de los dos hombres exigió a su compañero: “¡Perfóralo, perfóralo!”. El hombre más bajo disparó. La bala zumbó sobre la cabeza de Sam.

Los dos hombres ahora estaban en el umbral de la puerta que daba  afuera. Por primera vez Sam habló. Sólo dijo: “¿Cuál es el significado de esto?”. Luego dio un portazo, sacando a los intrusos a gritos mientras se retiraban.

El robo abortado fue una experiencia traumática para los cuatro ocupantes del hogar de los Atkinson. Incluso los ladrones deberían haber estado satisfechos con salir de la casa, tal vez para tener mejor suerte en alguna otra parte. Pero ese no fue el caso.

Con nada que ganar, el hombre armado rápidamente disparó dos tiros a través de la puerta. Ambos le dieron a Sam Atkinson, quien falleció de sus heridas la tarde siguiente.

La señora Atkinson describió a los dos hombres a la policía al día siguiente, pero no fue hasta el 5 de febrero de 1924, 11 meses luego del asesinato, que se le pidió que escogiera a los asesinos de su marido en un desfile de identificación en la prisión de County Kildare. La señora Atkinson escogió a Edward Kelly como el bandido más bajo que tenía el revólver, y a Edward Gorman como su cómplice.

Sólo con la identificación visual de la señora Atkinson, Kelly y Gorman fueron arrestados y llevados a juicio por el asesinato de Sam Atkinson. La señora Atkinson tomó el estrado de los testigos y la fiscalía la hizo recorrer su terrible travesía.

Muy notablemente el abogado de la fiscalía no llamó a los otros dos ocupantes de la casa para dar evidencia. Esto no fue notado por la defensa, quien puso a Patrick Connelly, de 18 años, en el estrado. La historia de Patrick cuadraba con la de la señora Atkinson hasta el punto donde los dos intrusos comenzaban su huida. Luego, según Patrick, la señora Atkinson le dio la espalda a la puerta y fue a devolver la luz y las llaves del correo. Luego dijo que cuando el primer tiro fue disparado por sobre la cabeza de Sam, la señora Atkinson estaba de otro lado de la habitación buscando las llaves. Sólo luego de que Sam fue disparado a través de la puerta ella corrió al lado de su marido con la luz en mano.

Patrick Connelly continuó. Dijo que cuando los hombres entraron en la cocina la señora Atkinson estaba a su lado. Los hombres no avanzaron más allá del umbral. El no pudo identificar al asesino que llevaba el arma más allá de argumentar que era el más bajo de los dos hombres. No había sido capaz de escoger al intruso en la línea de reconocimiento.

Según Patrick el segundo ladrón nunca cruzó el umbral, sino que se quedó en la oscuridad del porche. El sujeto del arma sólo fue visto por Patrick y la señora Atkinson por la luz de la lámpara de aceite sobre la mesa al final de la cocina.

Owen McCabe también fue llamado a testificar. Corroboró el testimonio de Patrick en cada detalle. Tampoco logró identificar a Kelly y a Gorman en la línea de identificación. Owen fue incluso un poco más allá que su compañero diciendo que reconocería a los dos hombres si los viera de nuevo y creía que Kelly y Gorman no eran los asesinos.

¿Podría la señora Atkinson identificar certeramente a los asesinos de su marido 11 meses luego del asesinato?

Eugene McQuaid, un prisionero compañero de Kelly y Gorman, atestiguó que él había estado en la línea de la policía con ellos cuando fueron identificados por la señora Atkinson. Le dijo a la corte que la señora Atkinson lo había visto a él mismo, el acusado, y a otros tres hombres por más de cinco minutos sin identificar a ninguno. Sólo cuando Kelly y Gorman fueron llevados fuera de la habitación y se les cambió la ropa ella los identificó positivamente.

El juez instruyó al jurado. Los 12 buenos hombres se retiraron para alcanzar un veredicto. Más allá del testimonio fallido de los testigos oculares, regresaron con el veredicto de culpable. Kelly y Gorman fueron sentenciados a muerte.

El veredicto fue apelado y la condena fue anulada. La Corte de Apelación Criminal decidió que el juez se había equivocado al no advertir claramente al jurado que necesitaban una identificación propicia y segura y el grave riesgo de basarse en un testigo ocular.

¿Quién mató a Sam Atkinson? Nunca lo sabremos con certeza, pero alguna pista sobre los culpables reales puede ser interpretada a partir de las palabras del Jefe de Justicia Kennedy cuando concluyó la lectura de la sentencia de la corte:
“Posiblemente el resultado sea que los cobardes asesinos de un hombre viejo y valiente no tendrán castigo. Así y todo, el llamado más grande es estricto, cierto y regular a la administración de la justicia, especialmente en temas criminales, y la responsabilidad de la corte es responder a ese llamado, cualesquiera que sean las consecuencias”.
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Ilustraciones: David Márquez

 
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