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Como dice Mimí en El aplauso va por dentro, es decir Valeria, es decir yo, es decir un gentío (porque yo la escribí precisamente porque se lo había escuchado decir a un gentío): “No le pare,
amiga, lo que pasa es que usted es demasiado apretada”. “Los hombres las prefieren bobas, no la llamó porque se asustó, los hombres lo que están es asustados”. Todas nosotras hemos dicho durante más de diez años todo eso con convicción, jurando que es cierto, asumiéndonos como mujeres apretadas y seguras de que todos esos muérganos que echaron a correr lo hicieron por el miedo, por el susto, por el pánico que le dan a los hombres las mujeres apretadas, es decir, independientes, seguras, exitosas, brillantes y una pila de etcéteras más.
Pero ¿qué tal si no fuera cierto? Pasa que, últimamente, me he puesto a pensar en una explicación distinta, devastadora. ¿Qué tal si no fuera miedo sino aburrimiento? Pongámonos por un instante en el lugar de una mujer apretada (cosa que seguro nos resulta fácil) que tiene una pareja (cosa ya no tan fácil). Pongamos que esta mujer apretada y su pareja se reúnen en la casa de ambos, luego de una extenuante jornada laboral, y a ella le da por contarle cómo le fue en el día, con detalles, porque a las mujeres nos encanta dar detalles sobre nuestros éxitos, nuestros pequeños triunfos profesionales. Ella fajada hablando y el hombre que comienza a caer en un mutismo hermético, un silencio impenetrable y a limitarse a asentir de vez en cuando con la cabeza. ¿Por qué hace eso? ¿Está de acuerdo con todo? ¿No tiene nada que agregar? ¿Está realmente escuchando? O, por el contrario, después de la segunda frase dejó de oír y está pensando cuándo carrizo dejará esta gordita de contarme todo esto que no me interesa en lo más mínimo y que no me deja ver en paz el partido de lo que sea que estén jugando en la televisión. Si usted se está riendo al llegar a esta parte es porque, quizá, este suponer puede ser cierto. Terrible y peor que lo del miedo, pero cierto. Me puse a pensar en esto porque hay quien dice que nosotras las mujeres somos muy complicadas, maquinadoras, enrolladísimas, y en cambio los hombres son sencillitos. Que los hombres lo único que quieren es una mujer que esté bien buenota, ponte tú la catirota de la valla de cervezas, y su comidita caliente al llegar al hogar. Y entonces yo me pregunto: ¿si nosotras somos tan maquinadoras y ellos tan sencillitos, cómo es que la cosa no funciona? ¿Por qué hay tanta buenota sola o quejándose? Y se me ocurrió esta teoría. Porque conociendo a la mujer venezolana, capaz y la catirota de la valla además es neurocirujana y ahí está el problema. Porque entonces ella, en vez de esperar al marido en las noches con su tanga roja, una cenita estupenda y calladita, lo está esperando agotada por el trabajo, con ningunas ganas de ponerse la tanguita ni mucho menos de cocinar nada, y lo que es peor: con unas ganas locas de echarle los cuentos de cómo le fue en el quirófano y el montón de pacientes que tuvo y el lío que se prendió entre las enfermeras y la estupidez que hizo el de administración... y el pobre marido harto porque así no era la cosa, porque él ya viene agotado de su trabajo y quería echar sus propios cuentos que son los únicos que le interesan y echarse a ver televisión y a que lo consientan con la cenita ya lista y la tanguita roja y la cosa. ¿Será por eso que echan a correr al día siguiente? ¿Será que no es susto sino fastidio? ¿Será que hay que cambiar la frase y en vez de “amiga, ese hombre se asustó porque usted es muy apretada” deberíamos decir, “amiga, es que usted es muy apretada y no hay quien se cale eso”? ¿Será? l
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