| Dudosa inocencia
Un asesinato avivó la aburrida vida pueblerina en la franja del desierto de Kalahari . Max Haines
Las esposas devotas sabían cómo conseguir regalos novedosos para sus maridos en Navidad. ¿Creería que varias de ellas dirigieron golpes certeros a la cabeza con un hacha filosa?
Ese es exactamente el inusual regalo supuestamente presentado a Dietlof Knott por su eternamente amada esposa, Hester.
Hester, Dietlof y sus tres hijos vivían en el pueblo de Postmasburg en la franja del desierto de Kalahari en Sudáfrica. La vida era insípida, es decir aburrida. Se rumoreaba que para romper la rutina un poco, Dietlof, ocasionalmente, usaba a Hester como bolsa de boxeo.
La mañana del 23 de diciembre comenzó como cualquier otra mañana. Dietlof y su hijo Robbie de 15 años fueron a comprar verduras. Esa tarde Robbie salió al jardín y cortó leña. Al completar su tarea dejó el hacha sobre la tabla de picar. Luego Hester fue hasta la pila de leña y tomó un poco.
Hacía muchísimo calor, incluso por la noche. Era una de esas noches en las que muchos sudafricanos en áreas remotas dormían en sus terrazas. Un gran árbol de albaricoques crecía en el jardín trasero de los Knott y les ofrecía un poco de reparo del calor opresivo. A las 9:30 pm marido y mujer se fueron a dormir bajo el árbol de damascos. Robbie y los dos Knott menores ocuparon la segunda cama. Pronto toda la familia estaba durmiendo. A las 2:35 am los vecinos más cercanos de los Knott, el señor y la señora Venter se despertaron por los gritos de Hester: “Vengan, ayuda, hay un ladrón en la casa”.
La señora Venter abrió la puerta. Allí estaba parada Hester, vestida sólo con su camisón. La amable señora le dio a su vecina un trago de brandy, mientras el señor Venter y su hijo Johann se fueron corriendo a la casa de los Knott. Padre e hijo creyeron haber oído gruñidos provenientes del lugar del árbol de albaricoques. Encendieron velas. Con la luz centellante observaron al cuerpo de Dietlof Knott. Su cabeza estaba abierta al medio.
Dejemos que el señor Venter cuente lo que vio. “Su cuerpo estaba cubierto con una sábana. Yacía boca arriba. Era una visión horrible”.
Mientras tanto, en casa de los Venter, Hester dijo que la había despertado el ruido del intruso. Ella agitó a su marido, pero no despertó. Desesperada saltó de la cama y corrió a casa de los Venter por ayuda. Se llamó a la policía. Hester contó su historia como se la había contado a la señora Venter. Así estaban las cosas cuando salió el sol el día antes de Navidad de 1925. A la clara luz del día, la policía y el doctor Robert Vernon estudiaron la escena del crimen. Era una tarea desagradable. Los detectives lograron determinar que el asesino había puesto la sábana cuidadosamente sobre la cabeza de Dietlof antes de dar los fatales golpes con el hacha. Un total de cinco golpes habían sido dados. El hacha ensangrentado, con mechones de pelo de Dietlof colgando de la cuchilla, fue hallado al lado del cuerpo.
Los detectives interrogaron a todo el mundo en el pueblo. Pronto descubrieron que Dietlof generalmente golpeaba a su mujer. La última golpiza había sucedido el 6 de diciembre, justo 17 días antes de la caída del hacha. La razón de la pelea habían sido las acusaciones de Hester de que Dietlof había estado jugueteando con otras mujeres. En ese momento Hester acusó a Dietlof de que un vecino lo había oído gritar. “Te golpearé hasta quitarte el diablo”. Se supo que Dietlof generalmente acusaba a su mujer de tener una conducta pecaminosa si ella apenas mencionaba sus coqueteos con otras mujeres. Las golpizas eran su forma de castigarla. Cuando se interrogó a Robbie, él recordó que su madre había dicho: “Lo mataré y pueden colgarme”.
¿Por qué un ladrón mataría a un hombre dormido que no representaba ninguna amenaza? Si había un intruso cerca, ¿por qué Hester no temió por sus hijos en vez de salir corriendo a casa de los Venter, dejándoles solos? La historia de Hester no cuadraba. Tuvo los motivos y la oportunidad. La policía detuvo a nuestra Hester por el asesinato de su marido.
El 29 de abril de 1926. Hester Knott fue a juicio. Un hecho era obvio: La acusada estaba embarazada. Hester recontó los minutos antes del golpe desastroso. “Nos fuimos a dormir bajo el árbol. Vi algo—no puedo decir si era un ser humano—en la puerta que da a la calle. Agité mi mano. Cuando él no respondió salí corriendo de la casa y fui a la de mis vecinos”.
Cuando a Hester se le preguntó por qué no había gritado al oído de su marido, contestó: “Tenía miedo de hablar fuerte a mi marido por temor a que el hombre me oyera”. Cuando se le enfrentó con el argumento incriminatorio de su hijo, Hester sostuvo que ella y Dietlof muchas veces hablaban sobre la muerte delante del niño y obviamente él había malentendido. Hester no tenía una gota de sangre en su camisón. La parte acusadora atribuía esto a que había puesto la sábana sobre la cabeza de Dietlof antes de infligir los golpes mortales. La defensoría señaló que toda la evidencia era circunstancial. Nadie había visto el asesinato. Las peleas entre marido y mujer eran comunes en Postmasburg. Era lógico creer que un ladrón, revisando lo que creía era una casa vacía, se topara con una familia que dormía en el jardín trasero. Los asesinatos licenciosos realizados por ladrones nerviosos y excitados habían ocurrido antes. La única pieza de evidencia más convincente para la defensa era el hecho de que Hester no tenía sangre en su camisón. Si ella hubiera atacado a su marido cinco veces con el hacha las últimas cuatro veces le habrían derramado sangre probablemente. Los expertos atestiguaron que existía una posibilidad de que si ella era la asesina podría haber escapado de la lluvia de sangre, pero no era probable.
Hester Knott fue hallada inocente. Antes de liberarla, el juez que presidía expresó sus dudas personales en cuanto a la validez del veredicto.
Una cosa es segura: Hester avivó la aburrida vida pueblerina en la franja del desierto de Kalahari durante la época de Navidad de 1925.
Ilustraciones: David Márquez |