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El miedo mío
Carla Tofano
El miedo mío Miedo, según el Diccionario de la Real Academia Española, es "la perturbacion angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario", y como segunda acepción al término, la citada fuente agrega que el miedo es el "recelo o aprensión que uno tiene de que le suceda una cosa contraria a lo que desea". En los últimos días, el miedo como concepto y las consecuencias de sus trampas "reales e imaginarias" me rondan la cabeza con inusual insistencia.

En un principio, lo que asaltó mi mente, al tiempo que transitaba lo que queda de una urbe inquietante y desestabilizada por el miedo de muchos, fue la palabra casi desprovista de sentido: un puñado de letras, sin espíritu ni articulación. Sin embargo, cuando el miedo -la palabra- tomó lugar en mi conciencia, no tardó en volverse un torbellino emocional, y sabemos bien que una palabra en el pensamiento puede tener el efecto desestabilizador de un gran torpedo.

Yo he sentido miedos tan profundos y petrificantes, que cuando escucho a otros decir que no temen a nada ni a nadie, se me pone la piel de gallina. Medir la densidad del miedo ajeno, o propio, es imposible, y comprender algún temor que no padeces en carne propia una misión casi imposible. Despreciar el miedo que hace de los demás seres patéticos y desdeñables es inevitable, sin embargo, implorar comprensión hacia la propia angustia y desesperación es la exigencia natural de cualquier común mortal. Sospecho que el miedo más ingenuo y primario está relacionado con la certeza, inevitable e irremediable, de la muerte. Sin embargo, vivir con miedo es como nacer medio muerto, y no sentirlo jamás es como estar vivo a medias.

Yo, que tantas veces he querido desaparecer para remediar el dolor que ocasiona en el centro de mi cuerpo el temor, me pregunto si existen personas desprovistas de miedo y vergüenza. Cuando un agente armado embiste la propiedad privada de otro y, para cumplir su misión, empuña su nueve milímetros con gestos y palabras amenazantes, ¿siente miedo por la víctima que le mira aterrorizada?, ¿se atemoriza frente a su propia desgracia al ser otra forma de víctima, obligada a empuñar el arma? Quién sabe. Yo, desde mi imaginaria suposición, siento miedo por ambos y comprendo que víctimas somos todos siempre, héroes incluidos.

Mientras los años pasan, padeces con mayor fuerza toda clase de miedos e incertidumbres, y tal flaqueza sólo alcanza doblegarte frente a ti mismo. Sin embargo, muchos adultos justifican sus actos creyendo que la prudencia y el sentido común sólo llegan al abrirle la puerta de tu corazón al miedo. Los niños sospechan el peligro en una dosis al parecer menor y sufren menos. De hecho, algunos ni siquiera temen a la oscuridad antes de que perciban la desconfianza que los adultos manifiestan frente a la ausencia de luz. Iluminación interior es lo que todo deberíamos perseguir para acabar con el miedo a la oscuridad. Está claro, lo difícil es hallar luz suficiente para acabar con las interminables tinieblas de las cavernas interiores.

En mi caso particular, le temo a la vida miedosa. Evalúo los logros de las personas grandes y entiendo que la única forma de alcanzar grandes cosas es vivir con gallardía. Sin miedo al que dirán, sin miedo a las alteraciones del status quo, sin miedo a las consecuencias, sin miedo a la reprobación, pero, sobre todo, con buenas intenciones. En mi inocente valoración del mundo, las personas valientes son las que no requieren ni de artilugios ni de trampas para lograr lo que anhelan, básicamente, porque los seres especiales existen para combatir día a día su propia falta de coraje. Sólo las personas analíticas sufren de arrepentimiento, aunque la ceguera -a simple vista- parece una condición inequívoca de los líderes de la humanidad.

Reconocer los propios demonios es lo único que te permite exorcizarlos. Sin embargo, el discurso de las mayorías que deambulan como zombies por el planeta, está centrado en la negación de los propios miedos y la falsa gallardía basada en el ideal bélico. El día que tengamos líderes con capacidad de arrepentimiento y disposición a la problematización de los propios sentimientos, tendremos una nación de valientes que conocen el miedo y no de cobardes envalentonados.

 
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