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El secreto mejor guardado de Sucre

Los linderos entre Sucre y Anzoátegui esconden un territorio poco explorado por la mayoría de los venezolanos, donde abundan propuestas artesanales y gastronómicas dignas de ser resaltadas. Piezas utilitarias de gres, esculturas de animales exóticos y hermosas muñecas elaboradas con hojas de plátano y maíz son sólo algunas de las interesantes opciones que usted encontrará en estas tierras. María de los Angeles Herrera / Fotos: Natalia Brand


La Avenida Universidad, ubicada en las afueras de Cumaná, marca el acceso al primer tramo de la Autopista Antonio José de Sucre, que pese a no haber sido terminada en su totalidad es la única vía que permite empalmar con la carretera hacia Los Altos. El camino de ascenso a la montaña está completamente teñido de verde, pero a pocos metros se pueden apreciar las blancas arenas y aguas cristalinas de las playas del Parque Nacional Mochima. Un contraste que, definitivamente, sólo es posible en las zonas caribeñas.

Al comenzar la subida los visitantes son recibidos por una serie de tarantines localizados a ambos lados de la carretera, donde familias enteras venden los productos y artesanías típicos de la zona. Envases de picante natural elaborado con ají dulce, pimentón y el llamado “ají chirero” se mezclan con las coloridas muñequitas de trapo, los singulares barquitos de madera de cedro tallados a mano y las lajas de piedra utilizadas para decorar las fachadas. Al ver los caballos que pastan en las orillas del camino cualquiera podría pensar que se trata de un paraje merideño y no de una montaña enclavada en los áridos territorios de un estado costero.

El mal estado del asfalto pasa a un segundo plano cuando se alcanza la cima, punto que permite apreciar el espectáculo visual protagonizado por cada uno de los cayos que conforman el parque. De pronto, una alcabala anuncia el arribo a Santa Fe, pueblo que precede a Los Altos de Sucre, zona llamada antiguamente Los Altos de Santa Fe y que cambió su nombre para desligarse de la mala reputación que tiene esa conocida área del oriente del país, donde abunda el tráfico de drogas y de mercancías.
Los oídos completamente tapados por el cambio de altitud determinan la llegada a un rincón que, curiosamente, forma parte del estado Anzoátegui; pero luego de rodar unos pocos metros más se divisa el letrero que da la bienvenida a Los Altos de Sucre. En ese instante es difícil decidirse ante la variedad de talleres artesanales y restaurantes que se puede visitar, por ello lo más sensato es ir en orden, siguiendo la ruta creada por los miembros de la asociación de Los Altos, quienes realmente conocen esos terrenos por ser los precursores de esta “movida” cultural.

1 y 2) Muñequitas de trapo y barquitos de madera
se venden en el comienzo de la subida
3 y 4) Piezas de cerámica de Pamela y Pavlova Rivas
5) María Esther Galbán realiza esculturas de animales

Pasión familiar
Pamela y Pavlova Rivas son dos ceramistas que además de llevar la misma sangre comparten el interés por las artes del fuego. Pese a que los talleres de ambas son contiguos, el contraste que existe entre sus piezas es evidente: mientras Pamela modela, corta y decora sus hermosos mosaicos, Pavlova disfruta de la creación de múltiples piezas utilitarias, especialmente aquellas que se emplean en la cocina, como platos, ollas y teteras.

La primera en mudarse a Los Altos fue Pamela, hace poco más de quince años, cuando tuvo la inquietud de buscar un oficio que le brindara la posibilidad de permanecer en casa al frente del cuidado de sus pequeños, pero en un ambiente que también fuese propicio para el desarrollo creativo. Su fuerte hasta hace poco fue el modelado figurativo; sin embargo, sus experimentos con los mosaicos le han dado tan buenos resultados que ya no sólo decoran las fachadas de una gran cantidad de viviendas de los estados aledaños, sino que hasta la han contratado para crear piezas a gran escala, como la que reposa en la mesa de su taller al momento de la entrevista, en la que se aprecia paso a paso el proceso de fecundación. Esta obra, que está destinada a decorar una pared de un centro de salud de Puerto La Cruz, ha requerido muchas horas de labores, sobre todo en la concepción del diseño de las ilustraciones y en la selección de los matices.

Hace pocos meses que Pavlova abrió las puertas de Path, su pequeña “base de operaciones” ubicada en el primer tramo de Los Altos de Sucre, pero su desempeño en estas artes comenzó hace más de quince años, cuando le regalaron unos bizcochos de cerámica tradicional para que se estrenara en la pintura. Más tarde vinieron sus trabajos en Tai, un taller de ceramistas de la zona, y fue allí donde aprendió a utilizar el gres y a modelar obras figurativas. Caso diferente fue el de su hermana, quien conoció el oficio por un proceso de “ensayo y error”, como ella misma le llama, hasta que estuvo lista para crear su propio negocio al que denominó Aguatierra.

Una de las representaciones más fascinantes, a juicio de Pamela, es el modelado de figuras humanas, especialmente de cuerpos desnudos; aunque si se trata de los mosaicos, el mayor encanto viene dado por la mezcla de colores y la posibilidad de definir la forma y de elaborar cada uno de los cortes que va a tener la pieza final; Pavlova, por el contrario, siente una particular afición por las piezas utilitarias, ya que además de ser hermosas son funcionales y perduran en la memoria de quienes las utilizan.

Las obras de las hermanas Rivas tienen precios variados, dependiendo del tamaño de la pieza, de su forma y de los materiales específicos utilizados en su elaboración. Un mosaico pequeño (de aproximadamente 60 cm de diámetro) se puede conseguir a partir de 180.000 bolívares, pero si lleva vidrio incorporado puede alcanzar los 240.000; y si se trata de las piezas utilitarias de gres, una vajilla individual —que incluye un plato llano, otro hondo y un vaso— cuesta alrededor de 68.000 bolívares.

Los pioneros
María Esther Galbán y Humberto Adrianza han vivido en esta montaña del Estado Sucre durante 17 años, desde que decidieron abandonar Caracas a fin de ubicar un espacio que les permitiera desarrollar a plenitud sus cualidades artísticas: “Los Altos —comenta Adrianza— es un entorno inspirador y por eso es que casi toda nuestra producción guarda relación con la naturaleza”. Mientras María Esther realiza esculturas de los animales que abundan en la zona, especialmente reptiles, Humberto se ocupa de la elaboración de piezas utilitarias, entre las que destacan los lavamanos y baldosas de la línea arquitectónica, las lámparas de la serie decorativa y, finalmente, las piezas dedicadas a la cocina, que contemplan vajillas, vasos y tazas lisas o con aplicaciones de esculturas en miniatura.

María Esther y su amiga Quini Vega elaboran jabones artesanales
con ingredientes naturales

Tai, que significa barro en lengua wayuú, es el nombre del taller de esta pareja, lugar que además de ser un centro de producción artesanal ha servido como escuela para otros ceramistas de la zona. María Esther fue la primera en iniciarse en las artes del fuego, influenciada por el modelado que realizaban las indígenas de Zulia, estado en el que pasó gran parte de su vida; por el contrario, la afición de Humberto por los trabajos manuales es relativamente nueva, ya que antes se desempeñaba en el área de computación y fue, precisamente, la mudanza a Los Altos lo que le llevó a desarrollar la infraestructura necesaria para la creación de piezas utilitarias. Con el pasar del tiempo, ambos se han inclinado por la tradición japonesa, en la que cada pieza es esmaltada y horneada a elevadas temperaturas, lo que le proporciona gran durabilidad.

Además del trabajo artístico, María Esther y su amiga Quini Vega elaboran jabones artesanales con ingredientes naturales extraídos directamente de esta montaña. Todos son de glicerina y cuentan con una base de coco, palma, aceite de oliva y aceites esenciales, pero cada uno tiene sus propiedades especiales: los herbales, hechos con eucalipto, menta o hierba buena, tienen un efecto refrescante; el de cacao es especial para las pieles secas por su poder hidratante; el de especias, como clavo, canela y nuez moscada, es utilizado como exfoliante natural; el de semilla de dividive sirve como astringente y antiséptico para las pieles delicadas; el de avena y miel es emoliente; y el de arcilla roja y blanca purifica la piel. Adicionalmente fabrican un jabón llamado colmena, que tiene cualidades medicinales y es fabricado con polen, propolio, miel de abejas y un trozo entero de panal.

En cuanto a los precios, un platón con aplicaciones escultóricas puede llegar a cotizarse en 160.000 bolívares, mientras que una taza con estos mismos adornos cuesta cerca de 37.000 bolívares. Las esculturas, por su parte, oscilan entre 130.000 y 500.000 bolívares, dependiendo del tamaño y del motivo creado; y cada barra de jabón tiene un valor de 5.000 bolívares al detal.

Aromaterapia y más…
Mary Isabel Rangel lleva más de cinco años destilando esencias naturales, aunque desde mucho antes ya fabricaba cremas caseras, por lo que decidió combinar sus dos pasiones para desarrollar cremas terapéutica. Pero sus artículos no son producto de inventos, pues Rangel vivió un tiempo en Cumaná, donde recibió apoyo del biólogo Keshava Bhat, de quien reconoce haber aprendido casi todo lo que sabe ahora, especialmente la rigurosidad del proceso de destilación y la filosofía necesaria para fabricar cremas medicinales, que consiste en utilizar aceite virgen de ajonjolí y cera de abejas como base. Respecto al proceso de destilación, comenta: “Existe un ritual, ya que la esencia es el espíritu del árbol, por eso tengo que estar en armonía con el universo para poder destilar, porque si no los aceites pierden sus propiedades y adquieren un olor diferente”.

Sus experimentos en esta labor medicinal la llevaron, en un principio, a emular las fórmulas de su maestro, pero con el tiempo adquirió las destrezas suficientes para crear sus propias combinaciones. En el local Esencias de montaña Rangel ofrece cuatro tipos de cremas: la prostática, elaborada con hojas de tamarindo, hojas de lengua de vaca y aceite esencial de naranja; la de várices, que se hace con caléndula y aceite de eucalipto; la de alergias, cuyos ingredientes claves son la hierba mora y la caléndula; y, finalmente, la utilizada en el tratamiento del insomnio, que se elabora con aceite de lavanda o de naranja.

Los aceites esenciales que la propia Mary Isabel destila para utilizar en sus cremas, también los ofrece para ser empleados en aromaterapia y en la aplicación de masajes. Como es de esperarse, ella usa como base las plantas que más abundan en la zona, entre ellas el romero y el eucalipto, pero también toma algunas frutas, como el limón, la naranja y la mandarina.

Pese a la gran cantidad de horas que debe pasar frente al alambique para extraer sólo 100 mililitros de aceite, Rangel no especula a la hora de vender sus productos. Sus precios resultan bastante solidarios, incluso en comparación con quienes tienen empresas mayoristas de esencias. Los frasquitos de aceite cuestan 20.000 bolívares, mientras que sus cremas se cotizan en 15.000 bolívares cada una. Y para quienes deliran por los postres, Mary Isabel también ofrece su popular mousse de parchita y el dulce de pomalaca.

1) En el local Esencias de montaña Mary Isabel Rangel ofrece varios tipos de cremas de fabricación casera
2) María Amalia Mazzaglia realiza piezas de cerámica pintadas a mano
3) Iraima Sulbarán de Ordaz vende sus exóticas mermeladas

Artesanías y dulces
Aunque nunca creyó que el arte llegaría a convertirse en su sustento, María Amalia Mazzaglia siempre procuró tomarlo con seriedad y hasta realizó cursos de pintura y dibujo para especializarse, pero en vista de la poca rentabilidad del negocio, tomó el camino de las piezas utilitarias de cerámica que son mucho más demandadas. Cansada de vivir en Caracas, Mazzaglia y su esposo se residenciaron en los Altos de Sucre, hace 16 años, y allí instalaron el taller Cerámica Los Altos, un rinconcito en el que los visitantes pueden encontrar desde propuestas figurativas, como angelitos y rostros, hasta objetos prácticos, entre los que destacan las jarras y los candelabros.
El fuerte de Mazzaglia está en el uso de la terracota, pues es un material que le brinda mayores posibilidades de diseño y de mezcla de colores que el gres; de hecho, en sus piezas se aprecia una gran influencia del arte mayólico, técnica española que permite vidriar las lozas de barro para darles un acabado más delicado. En cuanto a los precios, un florero cuesta alrededor de 35.000 bolívares, mientras que un juego de salero y pimentero tiene un valor de 20.000 bolívares.

En este mismo espacio funciona La casa de Los Altos, donde Iraima Sulbarán de Ordaz vende sus exóticas mermeladas y sus bebidas de frutas. Zanahoria con naranja, tomate, berenjena con piña, ají dulce, pepino y tres en uno (zanahoria, naranja y remolacha) son algunos de los sabores que usted podrá encontrar en los anaqueles, en los que también reposan las botellas de ponche de cacao y de ponche crema de parchita, piña, fresa, limón, durazno y hasta de guanábana. Las mermeladas y los ponches tienen un valor de 5.000 y 8.000 bolívares, respectivamente. Iraima también cuenta con un inventario de galletas y postres diversos para que endulce su paladar mientras admira las artesanías de María Amalia.

Vistoso reciclaje
Hace más de quince años que Carmen García de Bottaro, mejor conocida como Nena, y su esposo Félix crearon Bogar, un negocio que ofrece al público productos realizados con papel artesanal, elaborado a partir de fibras naturales, plantas y flores que se cultivan en la zona. En su sencillo taller ellos convierten las hojas de papel rayado o impreso en una verdadera expresión artística, gracias al empleo de colorantes naturales y artificiales en tonos pastel, pétalos de rosas y virutas de madera y aserrín. Además de los pliegos de papel y de las hermosas cajas para regalos, esta pareja encuaderna y restaura libros, crea delicados diarios para bebés y elabora paquetes de bodas, en los que están incluidos desde las tarjetas escritas a mano, hasta el baúl en el que se depositan los cheques de regalo, pasando por el portarretrato y el álbum de fotos.

En la pequeña tienda, junto a estos papeles reciclados, se pueden encontrar algunas manualidades hechas por Félix Bottaro, ya que es aficionado al torno y al trabajo en madera, sin contar con los licores típicos que fabrica. Los precios de los productos resultan bastante solidarios, especialmente los de papel: las cajitas de regalo se encuentran desde 6.000 bolívares, mientras que el diario para bebés tiene un valor de 80.000. El paquete para bodas —calculado sobre la base de 100 tarjetas de invitación— tiene un importe de 500.000 bolívares.

Bebidas espirituosas
Como es costumbre en el Oriente del país, existe una gran cantidad de preparaciones alcohólicas destinadas a añadir un toque especial a las celebraciones. Aunque no le gana a la popularidad de la guarapita, el singaparao se ha convertido en una bebida bastante conocida por quienes están acostumbrados a visitar esta región de Venezuela, debido a las variedades que se pueden preparar y a su característico aroma, en el que los sabores dulces y el licor se mezclan para dar origen a una sensación delicada y diferente.

Miguel Flores nació en Carúpano y desde joven conocía la naturaleza del singaparao —que en ese momento se vendía muy bien en Río Caribe y Paria—, por lo que no dudó en ponerlo a la venta cuando se mudó a Los Altos y abrió el restaurante La churuata de Miguel, hace cinco años atrás. Actualmente, Miguel vende seis tipos de bebidas diferentes, algunas de las cuales son ofrecidas como digestivo en su negocio: café, almendra, jengibre, mandarina, guanábana, crema de whisky y ponche crema son los sabores que adopta el singaparao, cuyos precios por botella oscilan entre 7.000 y 15.000 bolívares.

En cuanto a la elaboración, Flores revela algunos de los secretos de esta receta familiar: “Las frutas se maceran, las almendras se tuestan y se utiliza aguardiente o alcohol absoluto de caña. Deben tomarse fríos y sin ningún tipo de ingrediente adicional, lo cual —explica— garantiza que mantengan su sabor”. l

Coordenadas:
Path. Telf.: (0293) 433.3623
Aguatierra. Telf.: (0293) 432.2528
Tai. Telf.: (0293) 433.0834
Esencias de montaña. Telf.: (0293) 416.9843
Cerámica Los Altos. Telf.: 0416-480.4597
La casa de Los Altos. Telf.: (0293) 416.9756
Bogar. Telf.: (0293) 414.5946
La churuata de Miguel. Telf.: (0293) 441.0393

No deje de visitar
l El taller Frayo, propiedad de Francisco López y la arquitecta Yolanda Adrianza, quienes realizan hermosos vitrales combinados con hierro forjado. En su tienda ofrecen desde pequeñas mariposas elaboradas en vidrio hasta mesas con vitrales en el centro.
l Gouri y Metales, talleres en los que Ernesto Scheurmann y Maritza Vargas, respectivamente, ofrecen sus esculturas elaboradas con metales diversos, entre ellos el cobre, el hierro y el bronce.
l Casa Flores, la galería del artista plástico Boris, quien utiliza la técnica de la acuarela para recrear los paisajes orientales sobre sus lienzos.
Fibras naturales
Carol Coa y su tía Chepina elaboran hermosas muñecas con las que logran demostrar sus habilidades manuales y creativas, debido a la compleja urdimbre que deben formar con las hojas de plátano y de maíz, que son los elementos principales que le dan cuerpo a cada pieza. Pero para ellas no resulta tan complicado el proceso, ya que es un arte
familiar que se ha transmitido por generaciones para garantizar su permanencia en el tiempo. Carol afirma orgullosa que sólo
le toma quince minutos hacer una muñeca de buen tamaño y si es pequeña, aclara: “Sólo me tardo cinco minutos”.
Los costos de este producto artesanal varían entre 3.000 y 7.000 bolívares, dependiendo del tamaño seleccionado, y resultan un elemento distintivo dentro de espacios étnicos o de aquellos en los que reina una decoración rústica.
Si quiere adquirir una de estas muñequitas puede acudir a Il Picolit o al restaurante de Chepina (puntos 3 y 5 del mapa)
.
La posada Vista Montaña cuenta con habitaciones completamente equipadas

No se quede con las ganas
Si al visitar Los Altos queda cautivado por el clima de montaña y la creatividad de sus habitantes, puede pernoctar en algunas de las posadas disponibles en la zona. La primera en aparecer dentro del recorrido es Vista Montaña (punto 12 del mapa), un rincón ubicado aproximadamente a 750 metros de altura, que cuenta con un clima fresco y múltiples áreas verdes. Las habitaciones tienen una decoración rústica y poseen ventilador, clóset y baño privado. El hostal también tiene un restaurante de carnes y comida criolla que está abierto al público en general, pero, sin duda, la vista y la posibilidad de compartir con los animales silvestres que se pasean libremente por las instalaciones son su principal atractivo.
Ahora bien, si lo que prefiere es consentir a su paladar, existen varias opciones creadas para todos los presupuestos. Il Picolit (punto 3 del mapa) es un restaurante que destaca por la calidad de sus platillos y la buena atención. La propuesta culinaria es italiana pero incluye algunos platos criollos, como el asado negro a la pariana, que está elaborado con cacao cultivado en la zona. También tienen ricos postres, como la torta de chocolate y los cascos de parchita; refrescantes bebidas, entre las que destaca el jugo de cayena; y varios productos artesanales que se venden al detal, como licor de cacao y de limón, mermelada de pimentón picante y delicada de guayaba. El consumo promedio por persona es de 25.000 bolívares.

La posada Neblina está llena de detalles artesanales elaborados por sus propios dueños

La churuata de Miguel (punto 15 del mapa) es otro de los espacios más visitados. Dispone de un menú de platos procedentes de otras latitudes que se han popularizado en el país, dentro del cual se incluye el talkarí de chivo, los pastelitos alteños rellenos de queso o carne y el rabo encendido; además de las creaciones de su dueño, Miguel Flores, como el pastel de queso y mariscos al graten. También ofrecen postres, entre ellos el quesillo tres leches, la torta de auyama y el manjar de coco. El costo por persona ronda los 25.000 bolívares. Finalmente, está la opción del restaurante de Chepina (punto 5 del mapa), que presenta platos sencillos y típicos de la región a muy buenos precios, sin contar con que posee una vista privilegiada de Mochima, que lo transforma en el sitio ideal para disfrutar de los atardeceres.
Otra opción de hospedaje en la ruta es la posada Neblina (punto 14 del mapa), que pese a tener pocos meses abierta, ofrece servicio de restaurante, una pequeña piscina con cascada, masajes y diversos espacios sociales. El fuerte de este lugar está en la cálida atención de sus dueños —Johnny y Marilyn Toro— y en el cuidado extremo de los detalles: cada uno de los elementos decorativos fue elaborado artesanalmente por la familia Toro, desde las lámparas de madera hasta las puertas, pasando por las lonas pintadas con figuras marinas que le dan el toque especial a cada habitación. Llama la atención que los dormitorios tienen detalles que permiten recrear el interior de un barco, además de que poseen un balcón y una escotilla para que los huéspedes puedan apreciar las hermosas noches estrelladas. En el hostal también están a la venta los rompecabezas de madera, bolsos y demás artesanías elaborados por los miembros de la familia Toro.

Coordenadas:
Vista Montaña. Telfs.: (0293) 431.2541 y
0414-775.6155. www.posadavistamontana.com
Correo: shaililiko@cantv.net
Posada Neblina. Telfs.: (0293) 416.9767 y 433.1057. Correo: neblinalosaltos@hotmail.com
Il Picolit. Telfs.: (0293) 808.1000 y 0416-693.3059

 

 

 

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