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Voy a sumarme a la polémica que hay sobre el o los artículos de ley que tratan sobre el adulterio. Primero porque suena cheverón eso de “sumarse a la polémica”. Segundo porque es insólito eso
de que si la que pone los cuernos es una mujer es calificada de adúltera y le salen un bojote de meses de cárcel (más de un año si el abogado es chambón) y, en cambio, si se trata de un hombre infiel pues no aparece ningún adjetivo calificativo, suponemos porque les sonó grueso a los redactores del artículo colocarle un simpático “sinvergüenzón”, y hay unos atenuantes complicadísimos como que hay que agarrarlo in fraganti y algo así como faltándole el respeto a su mujer legal en pleno hogar dulce hogar y, por supuesto, la pena es mucho menor, apenas unos tres meses de cárcel y a lo sumo. Esa diferencia entre la gravedad del hecho si lo comete una mujer o un hombre realmente no se puede creer. Ahora, la opinión que yo pretendo sumar no tiene que ver con esa diferencia, nada que ver. Y es que a mí me parece como exageradísimo eso de que la infidelidad sea penada con cárcel. Es decir, no niego que eso de enterarse de que la pareja te está poniendo unos cuernitos da una rabia horrorosa y provoca como morirse o matarlos y el morado en el ego es de pronóstico y toca oír kilos de rancheras y boleros y una lloradera horrorosa y una palamentazón, pero ¿cárcel? ¿No es como mucho? Francamente, yo estoy de acuerdo con mi amiga Agripina en que eso de la infidelidad ha sido como sobrevaluada. Es decir, ella sostiene que hay cosas mucho peores, como que te maltraten, que te ignoren, que te irrespeten, que ni te hablen, que te desprecien, eso es mucho peor. Dice ella, con sus muchos más de sesenta años a cuestas, que qué carrizo si el hombre tiene otra, que hay veces que a uno hasta le provoca que el hombre tenga otra pues para que deje el fastidio, “porque cuando los maridos andan en una movidita se les quita el mal humor, la llegadera temprano, la criticadera, llegan hasta cenados, si es que es así, todo el mundo debería montar su cachito de vez en cuando porque el matrimonio es un fastidio. Es más, a lo mejor ni se está acostando tanto, a lo mejor lo que quiere es otra pendeja que le escuche los cuentos, porque ¿cuántos cuentos tiene uno así como para echarlos? ¿Cuatro, cinco? ¿Y qué pasa con la pareja? Que ya se los sabe, que ya está harta de oírlos, que quizá descubrió que ni son verdad”. Si usted se está preguntando quién será esa amiga mía tan loca y cuidado si tan sabia, no tiene más que echarse una pasadita por el Celarg donde estamos reponiendo mi obra Yo, Tú, Ella (viernes y sábados a las 9:30 y los domingos a las 7:30) y escucharla junto a Beatriz y Catalina, sus compañeras de viaje, hablando de esto y de muchas otras cosas más que, si no le cambian la vida por lo menos le garantizan una hora de sonrisas. Yo, aparte de hacerme una cuñita, sí quería agregarle mi opinión a la polémica sobre cómo es posible que existan artículos legales que todavía hagan diferencia entre las mujeres y los hombres y la gravedad de sus faltas, cosa que es sin lugar a dudas insólita. Pero de verdad pienso que la cosa no va por si a las sinvergüenzas nos salen más meses de cárcel que a los sinvergüenzas. De verdad creo que los cachos, okey, dan una rabia horrorosa y queda un morado en el ego y un ratón enorme por el despecho y los tragos y las rancheras y boleros, pero más allá de eso, francamente, ¿cárcel? Me parece una exageración. Hay cosas pero muchísimo peores y nadie va preso por ellas. Los cuernos, digo yo, son un asunto grave pero íntimo, que es mejor solucionar entre la pareja y el tercero en discordia, que hay que ligar que no sea abogado porque mírenme nada más el desatino que redactaron en los articulitos en cuestión. Por favor. l
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