| Gunther sonrió condescendiente
al terminar de leer el artículo de una revista. Estaba cansado
de los juicios trillados que la mayoría de las mujeres esgrimen
al referirse a los hombres, pero no por eso mostraba malestar alguno.
Al contrario, haciendo alarde de cierta superioridad camuflada
de indulgencia, se atrevía a contrariar a un amigo que criticaba
el artículo —escrito por una mujer— calificándolo
de “simplista”.
Gunther —cuarentón y divorciado—
es un visitante frecuente del café al aire libre del que
también soy asidua, y esa mañana al tiempo que engullía
su consabido croissant con chocolate, discutía el asunto
con su acompañante —otro cuarentón—. La
conversación se escuchaba desde mi mesa.
—¡Qué poco originales!
—cuestionaba el amigo—. Estos análisis son iguales:
los hombres somos, todos, unos mujeriegos que preferimos las relaciones
superficiales, no queremos complicarnos la vida y le sacamos el
cuerpo a los compromisos. ¡Qué simple!
—Desde su óptica, es así
—acotó Gunther—. Es una forma de ver las cosas.
Es una manera de echar el cuento.
Con ese comentario (“una manera de echar
el cuento”) me vino a la cabeza la novela de Héctor
Aguilar Camín, Las Mujeres de Adriano, que narra la
vida de un hombre —Adriano— que llegó a tener
cinco mujeres a la vez, y a todas las amó intensamente. Vaya
a saber —me dije a mi misma— cómo sería
el cuento narrado por una de sus mujeres, o por todas.
Finalizada la conversación ajena, empecé
a darle vueltas a la cuestión de las distintas ópticas
y me puse a pensar en algunas historias que han llegado a mis oídos.
Todas, contadas por voces masculinas.
Oscar —22 años— está
muy ocupado con clases y trabajo como para establecer un noviazgo
“serio”. Le falta tiempo y encima le da pereza “el
proceso de buscar y encontrar” a la chica adecuada. Para él,
es engorroso y difícil hallar a alguien que le guste, que
tenga gustos afines, que la pase bien con ella y que encima se lleve
bien con sus amigos y ella con los de él. “No es sencillo”.
Y como siempre puede contar con un “peor es nada”, por
ahora no se preocupa.
Manuel —38 años— estuvo
a punto de casarse dos veces —casi con fiesta montada—
y en las dos ocasiones salió con las tablas en la cabeza.
Siempre por culpa de ella —o de ellas—. Hoy prefiere
ver los toros desde la barrera, y tener relaciones casuales porque
no es igual cortar un vínculo cualquiera que un compromiso
de años. “Es duro empezar de nuevo, ilusionarse, ¿y
si sale mal?”. Además, ha descubierto que con los años
se ha vuelto exigente. Cuesta abandonar la comodidad y la felicidad
propias —ese mundo personal— por la felicidad o la comodidad
de la pareja.
Carlos —25 años— ya no
busca lazos duraderos. Tuvo tres relaciones más o menos estables
y en todas se entregó como un cordero. Ama, consiente y hasta
compone canciones, pero al final, la joven de turno lo deja varado.
O se encapricha con otro o se cansa o se declara confundida. Por
eso no se arriesga. “Es más fácil disfrutar
un pasatiempo, y ya.” Sin enredos.
Ricardo —53 años— tiene
dos divorcios a cuestas, y sus dos ex —cada una en su momento—
han coincidido en reclamarle porque “se perdió la magia”.
Pero él, a las dos, les dijo que lo que se perdió
—y lo perdió él— fue la libertad. Se queja
de que al casarse dan por sentado un derecho de propiedad que implica
marcar tarjeta, andar juntos para arriba y para abajo y dejar de
hacer lo que a uno le gusta para satisfacer al otro. “No es
justo perder la individualidad”. Y como es difícil
conseguir una mujer que no sea desconfiada y controladora, por lo
pronto elige encuentros puntuales en donde no peligre su autonomía
de vuelo.
Gabriel —50 años— es un
redomado soltero a quien le gusta que cada cual ande por su lado
porque al romanticismo lo mata la obligatoriedad. Confiesa, sin
embargo, que se ha enamorado nueve veces, y cada uno de esos enamoramientos
ha sido profundo. El envía flores, escribe poemas y está
pendiente del mínimo detalle, porque cuando quiere lo hace
de frente y entrega todo, menos su independencia. Y es que por su
única experiencia matrimonial —que duró siete
años y fue un desastre— él escoge la “soledad
administrada” porque vivir en pareja implica ceder, negociar,
complacer. “Prefiero no tener a nadie que tener a alguien
alterando mi orden, mi paz”. No necesita una sombra al lado
para sentirse bien. Para él, el amor es mejor de lejitos.
Todo lo contrario de Gunther, a quien sí
le gusta amanecer amorochado. Pero ésa es otra óptica
y otra historia. l
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