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Discreto pero mortal

Es difícil condenar a las señoritas de buena cuna de un acto tan poco femenino como el asesinato. Max Haines

Se necesita mucho para asombrar a la población de Washington con las noticias publicadas. Los ciudadanos de la capital de Estados Unidos lo han visto y oído todo, desde los devaneos de Lincoln hasta los engaños de Nixon.

Un asesinato simple frecuentemente se relega a las páginas interiores de los periódicos. Por eso es sorprendente que un crimen bastante usual, si se puede llamar así a cualquiera de estos delitos, capturó la imaginación de los washingtonianos hasta tal punto que estaban sedientos de detalles, tanto de los sobrecogedores como de los más desagradables.

Uno podría creer que en el año 1901, los valores morales se tenían en mayor consideración. Pero nada puede estar más lejos de la verdad. La discreción estaba a la orden del día. Las señoras con sus vestidos negros y largos no decían la verdad. Eran bastante retorcidas, pero lo mantenían todo en el más profundo y oscuro de los secretos.

James Ayres era un joven atractivo y viril de 21 años de edad, que asistía a la Universidad de Estomatología de Columbia. Cuando no estaba agujereando dientes, trabajaba media jornada como oficial del censo de Estados Unidos. James no era un alumno promedio. Sus credenciales eran impecables. Su padre era uno de los líderes republicanos de Port Austin, Michigan. Como resultado, James se citaba, ocasionalmente, con la hija del congresista Weeks, proveniente de su lugar de origen. Algunas veces se hacía acompar de señoritas que poseían calificaciones mucho más terrenales. Le encantaba bailar y adoraba el endemoniado ron.

El alto y apuesto joven vivía en el hotel Kemmore, que para entonces era uno de los más elegantes. El Kenmore estaba lleno de lo que a James más le gustaba: mujeres. Grandes y pequeñas se alojaban allí. James salía con la hija del congresista, pero también tenía algo con Agnes Marcy, una estudiante de danza, a quien le encantaba pasarse las noches bailando hasta el amanecer.

La noche del 14 de mayo, James estaba de muy buen humor. Acababa de recibir los resultados de sus exámenes y había sacado unas notas excepcionales. Esta iba a ser la última noche de James en el Kenmore. Al día siguiente había planeado trasladarse a un lugar más tranquilo. En honor de su última noche, varios amigos le sacaron de parranda por la ciudad. Un conocido le vio volver al Kenmore a eso de la medianoche.

Una señorita con el nombre de Mary Minas ocupaba una habitación al lado de James. Esa noche, ella se la pasó muy entretenida jugando con unas amigas a las cartas, un pasatiempo muy popular a principios del siglo pasado. Ella también escuchó a James entrar en su habitación cuando su partida de baraja estaba a punto de terminar. Mary se fue a la cama, para ser despertada dos horas más tarde por el estruendoso ruido de tres disparos. Mary se sentó en su cama del susto. Cuando más tarde se le interrogó, dijo: "Le oí pedir ayuda y después dio unos alaridos y lloró pidiendo piedad por unos cinco o diez minutos". Mary era una mujer bastante fría. Se volvió a dormir.

A la mañana siguiente, bajó a desayunar bastante sorprendida de no haber encontrado a nadie en la escalera o en la salita de entrada. Desayunó con su amiga, la señorita Lola Bonine. Mientras tomaba una tostada y tocineta, mencionó los tiros y los quejidos. Lola no era tan fría y despegada. Sugirió que se lo dijeran a alguien.
En ese preciso momento, el camarero Daniel Woodhouse pasaba por su lado con dos huevos cocidos. Las muchachas sugirieron a Daniel que subiera y golpeara en la puerta de James. Daniel lo hizo. Cuando no recibió respuesta alguna, miró a través de la mirilla de la puerta.

Allí estaba James, yaciendo en su propia sangre en el suelo. Daniel hizo algo que Mary consideró innecesario la noche anterior: dio la voz de alarma.

Los más refinados de Washington se apresuraron hacia el cuarto de James. Junto al cuerpo del chico encontraron un revólver Harrison y Richardson de calibre .32. El cargador del arma estaba manchado de sangre. En la ventana se podía observar una huella de sangre. La huella no era tan incriminante como lo sería hoy, ya que entonces no se usaban las huellas como instrumento de la investigación.

Los detectives interrogaron a los habitantes del Kenmore y descubrieron que también otros habían escuchado los gritos de ayuda del pobre James.

Nadie había hecho nada. Una mujer en un edificio vecino había escuchado los disparos y había observado salir a una mujer con un abrigo de la habitación de James a través de las escaleras de incendio. Al escuchar esta información, los detectives inmediatamente se centraron en investigar el edificio que se encontraba al lado del Kenmore.

Volvieron con Thomas Baker, un empleado del gobierno del Departamento de Pescaderías. Le dijo a la policía que los disparos le habían despertado. Miró por la ventana. "Mientras miraba, vi una figura salir por una ventana del cuarto piso y bajar por la escalera de incendio que conducía al segundo piso. La mujer llevaba puesta una bata de estar y calcetines en los pies. Usaba su mano izquierda para agarrarse de la barandilla de la salida de incendio y con su mano derecha se subía la bata. Cuando llegó a la baranda de la segunda planta, volvió a meterse al edificio".

El segundo piso estaba ocupado exclusivamente por mujeres. La policía interrogó a todas. Eran mujeres encantadoras que no habrían matado ni a una mosca, pero si la policía prometía manejar discretamente la información que ellas facilitaran, contarían absolutamente todo individualmente. Cuando se correlacionó la información, se confirmó que el caliente James se había llevado a la gran mayoría de las ocupantes del segundo piso a la cama.

Los días transcurrieron, y los buenos ciudadanos de la capital se la pasaron bien intentando elegir un asesino del grupo que habitaba el segundo piso del Kenmore. Según se iba realizando la investigación, el congresista Weeks presentó una carta de odio que había recibido de una fuente anónima. La carta declaraba que su hija estaba enloquecida por un mujeriego llamado James Ayres. El congresista no tomó la carta en serio hasta que se le avisó de los devaneos de James. La policía también recibió una postal contándoles que la culpable era Mary Minas. La carta estaba firmada por "La criada".

Todas las criadas del Kenmore fueron interrogadas. Una de estas jóvenes damas, Elize Gardiner, confesó haber enviado la postal acusando falsamente a Mary Minas. Ahora que se avivaba el fuego, Elize admitió que realmente era a la señorita Lola Bonine a quien ella había visto en la habitación con James.

Lola era considerada la sospechosa menos probable. La chica, de 34 años, era un poquito mayor que el resto de las inquilinas del segundo piso. Además era la madre de dos niños y la esposa de un vendedor viajante que volvía a Washington únicamente los fines de semana.

Los detectives llamaron a Lola. Su marido estaba a su lado cuando ella admitió haber estado en el cuarto de James cuando fue perforado. Lola contó una historia desgarradora. James la había invitado a su cuarto ya que ella tenía unas tabletas de bromo y quinina que él quería para quitarse un feo resfriado. Lola, obviamente un ave nocturna, escogió una hora bastante indecorosa para llevar a cabo el acto de ayuda. Lola viajaba ligera. Se puso su bata, pero sin nada debajo. Cuando entró a la habitación de James, no pudo remediar darse cuenta de que James tan sólo llevaba puesta una camiseta. El apuntó una pistola hacia ella y le dijo: "Ahora harás lo que te diga".

Según Lola, en vez de responder, ella corrió hacia la ventana. Entonces, decía, tropezó, cayó encima de James y la pistola se disparó. ¿Se creería que tres veces? Como conclusión de su confesión, Lola se tiró dramáticamente en sus rodillas y juró a su marido que todo lo que había contado era cierto. El le creyó. La policía no lo hizo.
El 19 de noviembre de 1901, Lola Bonine fue enjuiciada por el asesinato de James Ayres. Ocho años antes, la señorita Lizzie Borden fue acusada de trocear a su mamá y papá. Cuando tuvo que presentarse ante el tribunal, la simpatía pública estaba de su parte sin razón alguna; la única excusa era que las señoritas educadas simplemente no cometen ese tipo de actos tan despreciables.

Lo mismo ocurrió con Lola. Entre mayo y noviembre, la opinión pública se cristalizó a su favor. Era percibida como una mujer seducida por un estudiante lascivo. A pesar de las evidencias abrumadoras contra ella, el jurado tan sólo tardó cinco horas en declararla inocente. l

Ilustraciones: David Márquez

 
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