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Soy de esas personas que necesita ir pertrechada para enfrentar las contingencias. Me gusta reducir las causas de incertidumbre. Los motivos de angustia. Las molestias, tal vez menores, que puedan entorpecer mi normal día a día.
Ya bastante tengo al salir a entromparme con el país para, encima, exponerme —indefensa— a los inconvenientes que me pueden traer el tráfico, la contaminación, una larga fila ante una taquilla o los achaques de la edad.
Para sentirme a salvo, siempre cargo conmigo una serie de artículos que me ayudan —o creo que me ayudan— a seguir funcionando. Son como mi red de seguridad, mi paquete de emergencia. Mi kit especial que, además, funge de amuleto. Sin él me siento desnuda, desarmada.
Cada vez que salgo a la calle, además de los imprescindibles documentos de identidad, llevo en mi cartera un par extra de lentes para leer (el otro lo tengo colgando en el pecho), celular, bolígrafo, libreta de notas, libro y dosis de antialérgicos. Con ese cargamento en mi bolso, me siento segura. Puedo andar con la cara desvaída, las greñas de punta y sin una gota de pintura en los labios, pero no me permito andar sin mi paquete al hombro.
Y no es que sea maniática o controladora (aunque quizás). Hay mucha gente que carga su “por si acaso” a cuestas. Cual escapulario de protección.
Como Victoria, por ejemplo, que no sale de vacaciones sin su kit especial. “Ni que fuera loca”, dice. Ella, cuando viaja, lleva una ruma de medicamentos tan grande que cualquier día la pueden parar en un aeropuerto creyendo que trafica. La última vez, además de papel higiénico y una panela de jabón azul —nunca se sabe cuando toca lavar—, metió en su maleta: antibióticos, pastillas para dormir, para los nervios, para el dolor de cabeza, dolor de espalda, alergia, diarrea, gotas para el estómago y colirio para los ojos. Todo un botiquín, en medio de shorts y trajes de baño.
Jacobo, en cambio, sólo necesita de su laptop para sentirse seguro. Igual si es lunes y tiene que trabajar o es domingo por la noche y Caro, su esposa, ve una película a su lado. Anda confiado, mientras permanezca cerca de su máquina. El drama viene si se le pierde algún archivo, pero esa es otra historia.
Sebas, mientras tanto, aunque se piensa invencible a los 43 años que cree tener y dice no necesitar pertrecho, yo sé que nunca sale de su casa sin un paquete con jeringa, una ampolla de relajante muscular y otra de antiinflamatorio; todo un combo para cuando le sorprenda el lumbago que ya es recurrente a los 53 años de edad con los que en realidad cuenta.
Y si es Camila, anda con un bulto tan grande que parece que fuera al Everest. Su avío básico —insiste en lo básico— incluye polvo para la cara, lápiz labial, crema para las manos que se unta mientras maneja, brillo para las uñas que se echa cuando le toca un semáforo en rojo, ligas para el cabello por si hace calor, enjuague bucal en láminas que se disuelven, píldoras para la alergia, una toalla sanitaria y una navaja que trae tijera y pinza de cejas. Es tan grande su morral, que al verla más de uno le pregunta que si va para el gimnasio. Ella, impertérrita, contesta: “No, esta es mi cartera”.
Quería seguir escribiendo sobre todo eso. Detallar los equipos que se llevan al gimnasio, al supermercado, al Poliedro o el que arrastra una recién parida. Pretendí extenderme en el tema, pero una de mis hermanas protestó:
-¿Por qué no hablas de lo que no se ve? De lo intangible… como la maleta que tienen que llevar las mamás con hijos veintiañeros.
Y enseguida añadió:
-El kit que estoy usando ahora es muy sofisticado —señala—. Tanto, que necesito conciertos de Facundo Cabral o de la Sinfónica Juvenil para recuperar la energía y sobrellevar lo que ahora me demanda la rutina diaria. Debe contener recursos afectivos que nutran a mis hijos de fe y fortaleza a la hora de encarar las dificultades. Para que puedan torear a los jefes difíciles que les han tocado y que les pueden seguir tocando, o para que sepan alegrarse con los pequeños y los grandes logros. Debe contar, además, con paciencia de sobra para aguantarles el genio o las depresiones cuando están en fin de semestre o pelearon con los novios. En fin, en mi kit tiene que haber pilas de sobra para recargarme y mantenerme con el ánimo a tono frente a las exigencias de mis hijotes y la vida misma.
No es asunto —digo yo— que se resuelve con un par de lentes para la presbicia, un labial o una inyección de relajante muscular. l
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