|
Detrás de la fama
Adriana Gibbs
¿Quiénes fueron las progenitoras
de algunos de los personajes que han hecho historia? Dos periodistas
francesas cuentan los entretelones de la relación madre-hijo
de 80 hombres y mujeres que se realizaron o perdieron por sus madres
y con ellas, lo mismo que sin ellas y contra ellas.
"Madre hay solo una...", reza la
frase, y hay quienes añaden "...y menos mal". Si
bien ella es referente de cobijo, ternura y abnegación, hay
relatos que la presentan en circunstancias no tan agraciadas. Hay
mamás sin rostro ni nombre, a pesar del hecho de haber tenido
una descendencia que hizo historia.
Por ello, las periodistas francesas Isabelle Garnier y Hélene
Renard se afanaron investigando en las más diversas fuentes
para sacar a la luz a 80 señoras muy particulares. "Hemos
recorrido las autopistas de la historia y los atajos de la psicología.
Rastreando por bibliotecas hemos recogido informaciones tan divertidas
como heterogéneas, desde la anécdota ligera al análisis
documentado", escriben las autoras. El libro se llama Madres
de personajes famosos. Pero, ¿qué le he hecho yo a
Dios para tener un hijo así? Los retratos o croquis que
ofrecen muestran que en tales relaciones todo es posible: madres
castrantes, abnegadas, ambiciosas, luchadoras, terribles, desnaturalizadas,
ejemplares...
Puede afirmarse que detrás de un personaje hay una ilustre
mamá. La de James Dean se llamaba Mildred pero todos
le decían Millie. A los 20 años dio a luz al futuro
actor. Adoró a su bebé y lo colmó de mimos.
Soñó con hacer de él un artista y le procuró
clases de pintura, música, baile y teatro. Ella murió
tempranamente cuando él tenía nueve años. Dicen
que ese verde edén que disfrutó en su infancia lo
encaminó al éxito que vendría después.
El ayuno de Gandhi viene de su madre, Putlibai, quien era
devota de este tipo de práctica. Lo hizo con tal fervor que
su hijo llegó a ver en ella una especie de santa. No hay
duda: él evocó a su madre cuando emprendió
sus famosas huelgas de hambre.
Hay vocaciones que se heredan. Está el caso de Charles
Chaplin. Su madre, Hannah Hill, hizo carrera de bailarina y
cantante con el nombre de Lily Harvey. Ella sabía que él
llevaba en la sangre sus cualidades y tuvo la dicha de ver el éxito
de su hijo, ya convertido en Charlot. "Es la mimo más
prodigiosa que he visto jamás", dijo de ella el afamado
actor y director de cine.
Cuando era niña, Clara Kinsley -la mamá de Agatha
Christie- leía con voracidad y también escribía.
Ella educó a sus hijos de una manera muy especial. Agatha
creció y siguió los pasos de su madre: empezó
a escribir, inspirada por los miles de objetos acumulados en casa
-su papá era coleccionista- y la madre la animó sin
reservas.
Marie Curie, por su parte, inició a su hija, Irene
Joliot-Curie, por los caminos de la ciencia. La hija se casó
con un físico con quien fue distinguida con el premio Nobel
de Química, un año después de la muerte de
Marie.
Hubo hijos que contaron con el apoyo irrestricto materno. Anna Liszt,
la mamá de Franz Liszt, sacrificó la dote que
ahorró en vida para financiar una aventura: la de llevar
a su hijo a Viena para su educación musical. Siempre lo apoyó
incondicionalmente. No es gratuito que en su testamento el compositor
haya dejado constancia de su gratitud hacia ella: "En mi juventud,
se decía de mí que yo era un buen hijo. ¡Cómo
no serlo con una madre tan ejemplar y sacrificada...!".
Johann Wolfgang Goethe le debe a su madre, la dulce y alegre
Katharina Elisabeth Texor, su sensibilidad e imaginación.
Hijo primogénito y único, su joven madre lo adora.
Ambos compartieron momentos de ternura: relatos de caballería
contados al oído, emociones del teatro vividas con sus manos
unidas, el disfrute de la naturaleza. El escribió: "De
mi padre tengo la estatura, la seriedad en la vida. De mi madre,
el humor feliz y el gusto por contar cuentos".
Pero no todas son historias felices. Louis Aragon creció
sin saber quién era su verdadera madre, hecho que franqueó
inventando historias desde los seis años de edad. A los 20
años, en 1917, lo llaman al frente. Margarita, su madre,
decide contarle la verdad ante el temor de no volverle a ver: él
es el resultado de un desliz con un hombre casado, cuya posición
social le impidió regularizar su situación con ella.
Tuvo que disimular su gordura y dar a luz en secreto, enviándole
a una nodriza, con el plan de buscarlo años después
simulando una adopción. Aragon nunca le dijo mamá
y resumió su realidad con una frase terrible: "Al nacer,
era culpable de vivir".
La madre de María Callas demostró una sorprendente
intuición al impulsar a su hija a una carrera lírica.
Evangelia fue quien decidió que aprendiera canto y la que
consiguió una audición para la niña. El resto
de la historia es conocida. La relación de ambas alcanzó
las cimas de la pasión y del odio. María trató
de apartarse de la madre, pero ésta se le aferró sin
darle tregua y dicen que no tanto por afecto sino por el interés
de los dividendos de sus actuaciones. Cuentan que ella iba a los
recitales a abuchearla y llegó un momento en el que la única
comunicación que había entre ellas era la de los chismes
en las revistas. Evangelina decía que su hija dejaba que
ella pasara hambre. María replicaba diciendo que su madre
rezaba porque a ella le diera cáncer de garganta. Hasta el
final fue una relación difícil.
Coco Chanel tuvo varias madres: las religiosas de la congregación
Sagrado Corazón de María, donde se educó hasta
los 20 años. Jeanne Eugénie la bautizó con
el nombre de Gabriela, pues así se llamaba la religiosa que
cortó el cordón umbilical. La madre murió y
el padre la llevó a ese orfanato. La futura Coco Chanel siempre
mantuvo oculto su pasado y quiso borrar las heridas de la infancia.
Otra que tuvo varias madres fue Norma Jean, mejor conocida como
Marilyn Monroe. Tuvo tres: Gladys Monroe, quien la engendró
y llevó luego a una nodriza, la señora Bolender. Años
después decide traerla de nuevo a casa, y allí encuentra
en la persona de Grace Mac Kee a una tercera sustituta maternal.
Gladys terminará su vida en un hospital psiquiátrico,
y Grace, una apasionada del cine, se convirtió en su tutora.
El marido de Ida Barbiani era un incorregible mujeriego, atmósfera
que rodeará toda la infancia de Federico Fellini.
Cuando éste se enamora de una vecina a los 16 años,
Ida se indigna y se precipita con furia a la casa de los padres
de la joven acusándola de haber pervertido a su hijo. Y pensar
que todavía no había concedido el primer beso a su
enamorado. El cineasta tuvo una madre que cultivó el gusto
por la desgracia y que veía el mal en todas las formas del
placer. Así fue acumulando fantasmas por la vida, y plasmándolos
después en el celuloide.
Están las madres intensas. La de Ernest Hemingway,
por ejemplo, fue una mujer de armas tomar. Se llamaba Grace Hall
y se cuenta que era dominadora, e incluso castrante. Trató
al escritor como si fuese una niña y durante mucho tiempo
le obligó a llevar la ropa de su hermana mayor. No tuvieron
buenas relaciones. El nunca le perdonó e incluso llegó
a decir: "odio a esa buena mujer".
Otro caso es el de la estadounidense Rose Kennedy, quien tuvo nueve
hijos. A todos -excepto a Rosemary, niña con retrasos mentales-
los educó para entrar en la política. Fue una madre
intransigente en cuanto a la exactitud de las horas de las comidas
y maniática del detalle hasta la obsesión. Vigilaba
el look de los hijos, sus maneras y sus relaciones. Realizó
su misión como ella misma se la había asignado. Y
tuvo sus frutos...
Madres
mortificadas, las de Julio Verne y San Agustín.
Luego de una escapada marina, el pequeño Julio Verne, a sus
11 años de edad, hizo el juramento -por petición de
ella- de renunciar a los viajes. Lo cumplió: no se marchó
ni por mar ni por aire, pero viajó incansablemente en sus
relatos: El tintero fue su océano y la imaginación,
su brújula.
Una que se las vio bien difíciles fue la de San Agustín,
el propio hijo descarriado. Mónica era cristiana y tenía
la obsesión de que sus hijos abrazaran su religión,
pero Agustín exhibió un fuerte temperamento desde
la adolescencia. No fueron pocos los dolores de cabeza. Siendo profesor
de Retórica, abandonó su puesto de trabajo en Cartago
y se embarcó a Roma a escondidas de ella. La indomable progenitora
atravesó el mar en pos de su retoño. Lo encuentra
en Milán, donde le aguarda una feliz e inesperada noticia:
la conversión de su hijo. El 24 de abril de 387 fue bautizado.
Ese mismo año ella murió.
A sus maneras, todas ellas dejaron una impronta imborrable en los
itinerarios vitales de sus hijos. l
Ver también en Encuentros:
-
Mamá, la mesa está servida
|