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Estampa
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No era una revista, no era dominical,
y no se llamaba exactamente Estampas, pues, inexplicablemente,
quizás por error, le faltaba la "s" final
que ganaría en el número siguiente para nunca
más extraviarla. Autodefinida como el suplemento ameno
de El Universal, esta publicación vio la luz
por primera vez el jueves 8 de octubre de 1953, cuando por
estas tierras gobernaba otro coronel, de nombre Marcos Pérez
Jiménez, y en el mundo corrían tiempos de posguerra,
de caza de brujas, de las rojas... Quizás por ello
no sorprende en la portada la foto del trofeo Presidente de
la República, y mucho menos las notas políticas
con las que cierra sus doce páginas de contenido, entre
las que figuran la detención de soldados rojos en Vietnam
y el interrogatorio a sospechosos izquierdistas en Estados
Unidos. Este tipo de contenidos no tiene mucho que ver con
la Estampas de hoy, pero lo demás sí...
y de manera sorprendente. En el próximo número
descubra por qué...

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El cine Metropolitano
Rosa Montero
Han demolido el cine Metropolitano de Madrid.
Comprendo que a ustedes la noticia les deje tan tranquilos, primero
porque no conocen el local, y además porque deben pensar
que, dado el horror de mundo en el que vivimos, con el infierno
de Irak en primera página, las mujeres llorosas, los niños
mutilados y los numerosos edificios de Bagdad pulverizados, dolerse
por el derribo de un cine es una necedad inconmensurable.
Pero ya ven, me duele. Debo explicar que
el Metropolitano era el cine de mi barrio, de mi infancia. Estaba
cerca de Cuatro Caminos, una zona tradicionalmente obrera de la
ciudad, y, cuando yo era pequeña, ponían fabulosos
programas dobles por un precio minúsculo, propio de la España
paupérrima de entonces. Todas las semanas, cuando cambiaban
las películas, mi madre me llevaba al Metropolitano por las
tardes, a escondidas de mi padre, que ignoraba esas escapadas nuestras
a la vida fantástica, a un mundo en technicolor que siempre
terminaba bien, y no como la vida real, que yo la recuerdo por entonces
llena de tristura y en blanco y negro. Por consiguiente, el cine
Metropolitano me enseñó, entre otras cosas, a mentir
a mi padre, un aprendizaje que tal vez me fuera socialmente provechoso,
pero que luego me ha costado una pequeña fortuna en psicoanálisis.
Pero me parece que ésa es otra historia.
Siempre he creído que los lugares se impregnan del espíritu
de quienes los habitaron, que la materia queda extrañamente
teñida por las emociones humanas. Algo de nosotros se esparce
en nuestro entorno, algo dejamos atrás, tal vez un eco de
palabras o suspiros congelado en el aire, tal vez el sudor del miedo
o del placer. Nos desparramamos por encima de los objetos e imprimimos
una huella perdurable.
He percibido esa presencia de los otros en muchas partes. Por ejemplo
en las Médulas, una zona torturada en el norte de España
que fue durante siglo y medio uno de los yacimientos de oro más
importantes del Imperio Romano. Las minas se explotaban por medio
de galerías excavadas en la tierra que luego se rellenaban
de agua para romper la montaña con su presión. Quienes
hacían el trabajo eran, naturalmente, esclavos íberos;
cientos de miles de pobres criaturas encadenadas que duraban muy
poco, porque el esfuerzo era atroz, los accidentes numerosos y las
condiciones infames: la vida media de un esclavo en las minas era
de dos años. Pues bien, hoy toda esa pena, esa desesperanza
y esa angustia de muerte siguen aferradas a la tierra rojiza. Las
Médulas es un paisaje fantasmal que exuda sufrimiento.
La percepción del eco de lo humano es un sentimiento muy
común. Basta con relajarse y escuchar, basta con dejarse
atravesar por la atmósfera de un sitio concreto. Cada vez
que he tenido que buscar casa nueva (y me he mudado demasiadas veces),
he intentado descifrar la historia que me contaban los diversos
apartamentos que visitaba. Porque hay casas que te acogen con los
brazos abiertos y pisos que te escupen.
El Metropolitano debía tener una atmósfera mágica,
inocente, anhelante. Durante décadas amparó a generaciones
de españoles que huían de la congoja de la realidad,
de la precariedad económica, de la estrecha y fea vida de
la dictadura. Era un cine familiar y su pantalla ofrecía
un constante milagro de aventuras y risas, de películas de
piratas o comedias desternillantes. Todo ese alivio, y esa alegría,
debieron quedarse adheridos a las butacas; y ahora este pequeño
nido de "buenas vibraciones", como diría un hippioso
de los años setenta, ha sido destruido. Con el paso del tiempo,
los edificios de nuestra infancia van desapareciendo del paisaje
urbano de la misma manera que desaparecen las muelas en nuestra
boca. Hasta que al cabo desaparezcamos todos por completo. Aunque
tal vez aún entonces queden flotando por algún lado
los levísimos ecos de nuestras risas niñas, el rumor
feliz de todos los cines Metropolitanos.
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