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revista Estampas
 
  Moda sin talla
Carla Tofano

Las mujeres afanadas tienen una relación muy estrecha —casi masturbatoria— con sus bolsos, sus maletines, sus mochilas y sus carteras. La cartera de una mujer es ante todo una prenda de

reafirmación escénica,  y después de todo, el lugar en el que sus pertenencias más importantes —maquillaje, dinero y documentos— aguardan por ser empleados en las batallas cotidianas. La razón de ser de las prendas accesorias es sustancialmente decorativa, pero en el caso de los bolsos, los cinturones y los zapatos, el placer por la ornamentación se intensifica, porque estos artículos están en capacidad de garantizar emociones prolongadas, gracias a la función práctica que juegan en la rutina de todo mortal.

El famoso diseñador alemán Karl Lagerfeld, alguna vez decretó que “todo el mundo tiene talla de modelo cuando de bolsos se trata” y con esta sentencia, sencilla pero precisa, logró inmortalizar una verdad a todas luces inobjetable. En general, los accesorios o complementos del vestir, aportan luz, juego y destellos de felicidad a la rutina de vestirnos; sin embargo, probarte un par de sandalias talla 40 puede hacerte sentir desproporcionada, tomando en cuenta que la feminidad suele ser estimada principalmente cuando se expresa en proporciones moderadas. Por otro lado, solicitarle al empleado de una tienda un cinturón en talla L, XL o XXL, puede llegar a ser algo embarazoso. Con las carteras, las tallas no son un problema. De hecho, retomando la sabia sentencia del señor Lagerfeld, me atrevo a sostener que las carteras sólo suman felicidad a la rutina de todo mortal que disfrute la experiencia de vestirse para asumir a diario su mejor perfil humano.

Nunca vamos a sentir pudor o vergüenza frente a la oportunidad de calzarnos un bolso al hombro. Las carteras, los maletines, los morrales y las bolsas —de uso cotidiano o extraordinario—, son las prendas más generosas del armario de un hombre o de una mujer. Estos complementos aportan valores estéticos y funcionales sin exigirte tener medidas perfectas a cambio. Tu cartera expresa tu actitud mental,
tu visión del lujo, tu estilo de vida y tu capacidad de asumir riesgos. Mi debilidad por las carteras es cónsona con la tesis que convierte a este imprescindible accesorio femenino en una declaración silente del genio, ingenio y temperamento de quien la viste y calza. Mis carteras —como el resto de las opciones de mi guardarropa—,
un día expresan mi apego al lujo, otro al escándalo, otro a la discreción, aunque
nunca me delatan como una cultora de minimalismos extremos. Mis elecciones
de vestuarios cada día de la semana, alcanzan concreta y genuina expresión
gracias a la atinada selección de mi cartera: siempre en correcta sintonía con el espíritu que me invade cada la mañana. La vida me ha brindado la oportunidad de lucir a diario bolsos, maletines, carteras y carteritas que me disparan los niveles de adrenalina hasta el cielo y me permiten sentirme dueña de mis deseos,
mis secretos y mis instintos.

Cuando despierto al día con ganas de encarnar el perfecto retrato de la madre abnegada y contemporánea que soy, me calzo bajo el hombro la cartera Fendi que compré durante un desafortunado tránsito aéreo en el aeropuerto de Panamá, o la de gamuza negra que adquirí porque hacía juego con mis suecos de hebilla dorada. Cuando gana terreno mi muy personal sentido lúdico de la moda y de la vida, saco del fondo del baúl en el que ordeno mis carteras de menor tamaño, un bolsito peludo y fucsia de asa corta, cuyo temperamento extremo me permite sentirme la viva imagen de una estrella pop. Este rabioso accesorio que jamás pasa desapercibido, parece la versión  de una polvera de talco de los años veinte, y resultó el complemento idóneo de unas sandalias plateadas que aguardaban la ocasión perfecta para salir del clóset.

El bolso de cuero color turquesa que compré aquella inolvidable noche en la ciudad de Parma, el de la marca brasilera Fause Haten que adquirí en Sao Paulo, y el tipo Cabas en material impermeable anaranjado que me regalaron en la oficina un día
de las madres, son algunas de las piezas favoritas de mi privilegiada oferta personal.
Un bolso siempre guarda algo más que el celular, el monedero, y las llaves; y siempre expresa mucho más que vanidad, codicia y deseo. El lenguaje corporal de una mujer con respecto a su cartera devela aspectos muy íntimos de su sensualidad y sus misterios.

En el futuro, me encantaría sumar a mi colección personal varios modelos clásicos
de Chanel, Hermés, Cloé, Dior y Balenciaga, pero a decir verdad el modelo Venetia creado por Marc Jacobs para su marca Cloé —un bolso con detalles de los setenta, elaborado en cuero de cocodrilo rojo escarlata—, es el único que logra realmente robarme el sueño. Pienso que este glamoroso modelito, inspirado en mujeres brillantes y elegantes como la cineasta norteamericana Sofía Coppola y la modelo escocesa Stella Tennant, debería convertirse en el solidario aliado que mi desbocada lujuria necesita para fluir sin remordimientos. Nunca se tienen demasiadas carteras como para pensar que el deseo es un sentimiento finito y considerado. Las carteras son artículos de culto porque se expresan en tres dimensiones, porque no nos suplican ser longilíneas y esbeltas para que podamos vestirlas con satisfacción,
y porque son los cofres que atesoran los triunfos y las angustias, las fortalezas
y las inseguridades de sus adorables dueñas. l

 

 


 
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