| Acido y ópera
John George Haigh nunca se conformó
con tener un trabajo honrado
John George Haigh tocaba tanto el piano como el órgano. Cantaba muy bien, y toda su vida fue un admirador de la ópera. Más adelante en su vida mezclaría su pasión por la música con su gusto por el ácido sulfúrico.
George, apuesto y con aire de libertino, obtuvo
a los 18 años su primer trabajo remunerado
en Wakefield, Inglaterra, como vendedor
en un concesionario automotor. Durante
los dos siguientes años, pasó de empleo
en empleo mostrando poca disposición a mejorar. A los 21, por primera vez, quebrantó
la ley. Se asoció con un amigo en el área de bienes raíces en Leeds; la firma prosperó
por un tiempo, pero cuando las cosas se pusieron difíciles, dio información falsa sobre unos edificios que trataba de vender; aceptó adelantos con base en sus afirmaciones inexactas y lo arrestaron cuando sus clientes descubrieron el engaño. Como era su primer delito, los cargos en su contra fueron retirados.
Su siguiente intento de cometer fraude tuvo lugar cuando se incorporó al equipo de ventas de una compañía de alquiler de autos; rápidamente se convirtió en el vendedor estrella de la empresa. Desafortunadamente, en algún momento de su vida había adquirido el hábito de falsificar documentos. Cuando se descubrieron sus contratos falsificados, su padre pagó una indemnización a la compañía y, una vez más logró evadir el bulto.
El protagonista de nuestra historia se enamoró, más o menos; el nombre de la joven era Beatrice Hamer. A los amigos de Haigh no les gustaba Beatrice, y la familia de ella despreciaba a George. La pareja se unió en sagrado matrimonio el 6 de julio de 1934 en un registro civil. Pulcro y bien vestido, convenció al concesionario automotor en que trabajaba de que le devolviera su empleo, pero 15 meses después fue acusado de fraude y lo sentenciaron a 15 meses en prisión. Mientras George estuvo detrás de los barrotes, su esposa tuvo a su primer hijo; nunca volvió a vivir con ella, ni nunca vio a su hijo: abandonó a los dos sin pensarlo dos veces. Después de que le descontaron tres meses de su sentencia por buen comportamiento, salió de la cárcel como un hombre libre.
Persuasivo como un político, George fue contratado para administrar un parque de diversiones en Tooting. Se mantuvo limpio por un año, y los propietarios de la instalación, William McSwan y su hijo, Donald, lo consideraban un excelente empleado. Dejó el puesto de administrador en los mejores términos.
George había ideado un nuevo plan, mucho más sofisticado. Usando el nombre de un verdadero abogado, estableció una oficina en una ciudad donde ese profesional de las leyes no era conocido. Luego le escribió a una lista de clientes seleccionados, notificándoles que cerraría una propiedad. La inexistente propiedad tenía algún ganado, que él podía vender a un precio menor que el precio de mercado. El reservaría el ganado al que resultara comprador a cambio un pequeño depósito; después de recibir suficientes cheques, cerraría, se marcharía y abriría una nueva oficina en otra ciudad.
El 24 de noviembre de 1937, George fue arrestado y enviado a pasar cuatro años en Dartmoor. Tras ser liberado en 1940, vendió algunos muebles que no le pertenecían. Nuevamente pasó 21 meses recluido en la Lincoln Prison. En 1943, George se mudó a Crawley, donde, gracias a referencias falsificadas, obtuvo un empleo en una firma de ingeniería propiedad de un señor Stevens. La familia Stevens se aficionó tanto con el nuevo empleado que le pidieron a George que viviera con ellos.
Durante seis meses, el apuesto y acicalado George fue tratado como un miembro de la familia. Una de las hijas de los Stevens, Barbara, tenía una relación especialmente estrecha con él; los dos jóvenes conversaban hasta altas horas de la noche, discutiendo sobre obras y compositores. Luego, Haigh se marchó de Crawley y abrió una firma de ingeniería propia en Londres.
En 1944 se mudó al Onslow Court Hotel, en South Kensington; fue allí donde fraguó y perfeccionó su próxima serie de estafas. En esta ocasión, los planes
de George incluían asesinato. Totalmente por accidente, se tropezó con el joven Donald McSwan, a quien le complacía ver al hombre que antes había administrado el negocio de su familia. Invitó a George a cenar;
a todos los McSwan les agradó ver a George de nuevo.
Después de ese primer encuentro, George y Donald se vieron con frecuencia. El 9 de septiembre de 1944, George invitó a Donald a su taller en 79 Gloucester Rd y lo golpeó en la cabeza con un tubo. A la mañana siguiente, colocó el cuerpo de Donald en un barril y procedió a transferir ácido sulfúrico de dos botellones al barril. No fue una tarea fácil, pero finalmente, el cuerpo quedó totalmente sumergido. Suspiró aliviado: creía firmemente, aunque estaba equivocado, que podía eliminar totalmente el cadáver disolviéndolo en ácido sulfúrico.
George se largó rápidamente a Escocia. Escribió cartas a los McSwan con la letra de su hijo, indicándoles que se había marchado para evitar el servicio militar. Dado que Donald a menudo había hablado sobre evitar la recluta, los McSwan aceptaron las cartas como genuinas. Haigh regresó a su taller y echó al ahora disuelto Donald por el desagüe; 20 meses después invitó a la madre y al padre de Donald a su taller. La pareja también fue asesinada de la misma forma que su hijo. Luego de disolver a los tres miembros de la familia McSwan, George obtuvo poderes legales falsificados y procedió a liquidar todos sus activos y transferir el dinero a su nombre. Lleno de dinero y con tres asesinatos, George regresó al hogar de sus padres en Navidad. Durante su serie de asesinatos, George mantuvo su relación con Barbara Stevens. La acompañó a la ópera y la trató con todo respeto; luego se mudó del taller en Gloucester Road y transfirió sus operaciones a la Leopold Road, en Crawley.
En septiembre de 1947 conoció y trabó amistad con el doctor Archibald Henderson y su esposa, Rose. Arregló un encuentro con ellos mientras estaban de vacaciones en Brighton y convenció al doctor de visitar su taller en Crawley. Después de asesinarlo, regresó a Brighton, donde le dijo a la señora Henderson que su esposo se había enfermado repentinamente; ella lo acompañó a su taller en Crawley, donde ella también fue asesinada y disuelta en ácido sulfúrico. Haigh no perdió tiempo y dispuso de los bienes de la familia.
En el Onslow Court Hotel, el residente permanente George Haigh tenía bastante éxito con las señoras maduras que también vivían en el hotel. Se hizo amigo de la señora Durand-Deacon. En poco tiempo la tuvo en su taller en Crawley: la anciana fue asesinada y disuelta. Pero ella tenía una amiga, la señora Lane, quien sabía que Durand-Deacon tenía una cita con Haigh y quería saber qué le había ocurrido. El asesino intentó salirse del apuro diciéndole que su amiga no había asistido a la cita, pero la doña no se creyó el cuento e insistió en que la acompañara a una estación de policía.
Durante los días siguientes, Haigh fue interrogado varias veces. Cuando la policía irrumpió en su taller en Crawley, todo se descubrió. Allí encontraron documentos
que pertenecían a los Henderson y un recibo de tintorería correspondiente a un
abrigo que pertenecía a la señora Durand-Deacon. El asesino fue interrogado nuevamente. En esta ocasión dijo: “La señora Durand-Deacon ya no existe. Desapareció completamente”. Haigh se equivocaba. Los investigadores lograron encontrar cálculos biliares, pedazos de dentadura postiza y otras evidencias que probaban sin lugar a dudas que la mujer había sido asesinada y disuelta en ácido sulfúrico. Luego él confesó con detalles los asesinatos de la familia McSwan y de los Henderson. El 10 de agosto de 1949, John George Haigh pagó la pena capital por sus crímenes cuando fue colgado en la Wandsworth Prison.
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