Amores de
Largo aliento
Llegamos al amor no cuando encontramos
a la persona perfecta, sino cuando aprendemos a creer que una persona imperfecta es totalmente perfecta —Anónimo
¿Cómo han hecho para durar tanto tiempo juntos?
En vísperas de la celebración del Día de San Valentín, cuatro matrimonios con más de 40 años de vida en común, abren su corazón y cuentan sus historias
Betzy Barragán
 
Beatriz y Gonzalo
Castellanos
La música es el
lenguaje de su amor
La muchacha que todos los domingos asistía a misa de una de la tarde —la última de la jornada— en la Iglesia
San José, y que se deleitaba con las hermosas interpretaciones que
realizaba el organista al finalizar la eucaristía, nunca imaginó que ese sería el muchacho que le robaría el corazón.
“Es como si hubiese estado enamorada desde siempre”, dice la señora Beatriz Giliberti de Castellanos; pues, cuando empezó a recibir clases de piano en casa del conocido músico Evencio Castellanos, se dio cuenta de la grata coincidencia: el joven organista de la Iglesia
San José era el hermano de su profesor. Allí se dio el flechazo, miradas iban y venían, y aunque Gonzalo le llevaba 11 años a la joven Beatriz, que sólo contaba 16, la diferencia de edades no fue impedimento para que surgiera el idilio. A partir de ese momento, no era de extrañar verla asistir a más de una misa dominical. “Desde el principio nos unió la música” —comenta el maestro Gonzalo. “Después de conocernos, esos domingos al finalizar la misa, yo interpretaba en el órgano algunas de las piezas que ella practicaba con mi hermano. Teníamos un lenguaje secreto”.
De ese lenguaje secreto e inspirador surgió la Fantasía sinfónica para piano
y orquesta, compuesta a mediados de los años cincuenta cuando aún eran novios, especialmente para su amada Beatriz. “Tuvimos la oportunidad de interpretar este concierto en el Teatro Real de Madrid, justamente el 25 de noviembre de 1980, día en que celebrábamos nuestras bodas de plata; fue una muy romántica casualidad”, recuerda la señora Beatriz, y agrega: “Pienso que la música tiene que venir acompañada de una gran armonía, de un gran ritmo, de un gran respeto, de un profundo sentimiento del uno por el otro, de querer compartir la vida juntos, de ser compañeros. Sin eso, no llegamos a una unión tan duradera”.
 
Paula y José
Infante
La luz de sus ojos
“Yo le eché una miradita y ella me echó otra a mí, y en ese momento se dio el flechazo”, comenta, todavía emocionado, el señor José Infante. “Sí, fue amor a primera vista”, agrega la señora Paula. Después de 56 años de vida en común,
sin duda se puede afirmar que ahora es cuando le sobra amor a este par.
Se conocieron a finales de la década de los cuarenta en la casa de una prima de ella. En seguida le atrajo ese muchacho bien vestido, “usaba esos ‘paltós’ largos al estilo Tin Tan —un actor mexicano muy famoso en esa época— que le quedaban muy bien y lo hacían lucir muy atractivo”, dice la señora Paula con un suspiro que se le escapa al finalizar la frase. El señor José tampoco ahorra elogios: “Paula era la más linda de todas, por eso todos los muchachos estaban entusiasmados con ella, y como yo era el más feíto de la partida, hasta tuve que echar puños para poder quedarme con su amor. Afortunadamente me eligió a mí”. No sólo las demostraciones de quién era el más fuerte fueron suficientes, también tenía que demostrar que era el más romántico; para ello recurrió a la estrategia por excelencia
en aquellos tiempos: la serenata. ¡Y qué muchacha podía resistirse ante el canto de un joven enamorado! “Dos gardenias para ti, con ellas quiero decir te quiero, te adoro, mi vida...”, tararea la señora Paula, rememorando una de las tantas canciones dedicadas especialmente a ella. Sin embargo, no todo ha sido color de rosa, pues el señor José era un poco “parrandero”:
“Cuando llegaba tarde, ella me recibía,
y me trataba tan bien. Eso me ponía a pensar, era algo muy profundo”. El secreto femenino para sobrellevarlo fue Dios: “Yo siempre le pedía a El que me diera mucha paciencia y más amor, pues no creo en el divorcio, además, tenía siete niños a quienes criar”. Y es esa paciencia, que parece no tener fin, la que aún los mantiene unidos. Desde hace 13 años el señor José está invidente: “Ahora mis ojos son ella, no sé qué sería de mí sin su compañía, sin su ayuda”.
 
Julia y Augusto
Pereira
De amigos a esposos
Estaban recién llegados al país cuando se conocieron una tarde mientras ella paseaba con una prima por la Plaza Carabobo, y él se encontraba con un amigo en el mismo plan. El venía de Portugal y ella de España, razón por la que el mozo lusitano tenía que esforzarse para poder comunicarse con Julia, una veinteañera muy decidida y extrovertida.
A ella, por su parte, le causaba mucha gracia escucharlo hablar el castellano, y aunque el chico le parecía muy simpático, admite que no se sintió atraída por él en un primer momento. Por un buen tiempo, sólo lo vio como a un amigo.
Sin embargo, se caían muy bien, y casi todos los fines de semana se ponían de acuerdo para salir a tomarse un refresco, o para ir a bailar: “Nos divertíamos muchísimo
—dice la señora Julia—, nos gustaba ir al Bar Miranda porque ponían música muy buena. Tan amigos éramos, que si salíamos el uno sin el otro, sentíamos que nos faltaba algo. Fue así como nos fuimos enamorando, casi sin saberlo”. Se hicieron novios, pero resolvieron tomárselo con calma antes de decidirse a casarse, dos años y medio después. “Acabamos de cumplir 48 años de matrimonio, y el secreto para durar tantos años juntos es tenerse mucha paciencia y compartirlo todo”, comenta el señor Augusto. Si bien la señora Julia reconoce que su esposo es un excelente hombre, le gustaría que fuera más cariñoso con ella. “¡Pero cuando me despierto antes que ella yo le llevo su tacita de café a la cama!”, en seguida aclara el caballero. “Es verdad —reconoce benévolamente la señora Julia—. Además, ha sido un hombre absolutamente fiel. ¿Verdad, Augusto? ¡No vas a apostar nada! Nunca lo he celado, porque jamás me ha dado motivos, siempre hemos
estado juntos, hemos viajado mucho
y vivido muchas cosas lindas… y ahora nos hacemos más falta que nunca. Apenas salimos a la calle nos agarramos las manitas para asegurarnos y cuidar que ninguno de los dos se caiga”.
 
Magdalena y Angel
Rey
La fidelidad como bastión
El pasaje de autobús ha aumentado 799,75 bolívares desde que el señor Angel Rey decidiera acercarse a su admirada Magdalena un buen día de enero del año 1958. “Nos conocimos en la parada de autobuses de El Conde, el transporte costaba un medio (0,25 céntimos) y se podía
ir de El Silencio a Chacaíto sin ningún problema.
Al parecer, ese día, me venía siguiendo. Ya nos habíamos visto en otras ocasiones, pero yo no sabía quién era, ni él sabía quién era yo. Se me acercó y me preguntó si podía acompañarme, le respondí que sí, así que nos montamos
en el autobús. Fuimos hasta Altamira”. Según la señora Magdalena este trayecto de ida y de regreso sirvió para conversar lo suficiente como para que el interés mutuo se acrecentara y permitiera un segundo encuentro, el cual fue pautado para el venidero domingo. La invitación fue para pasar un agradable rato en las alturas del Avila. Con
la ciudad a sus pies, el joven Angel quería proponerle a la guapa Magdalena que se convirtiera en su prometida. “Ese domingo nos encontramos, subimos a la estación, paseamos y con la bella vista de Caracas nos hicimos novios. No había tantos edificios como ahora, todo era más despejado, ¡muy bello!”. Sólo un año fue necesario para
decidirse a dar el gran paso, y 47 ya han transcurrido de armoniosa compañía.
Amor, comprensión, confianza y mucha paciencia de ambos lados, es en lo que coinciden la mayoría de las parejas cuando de dar consejos para uniones duraderas se trata; sin embargo, la señora Magdalena hace hincapié en un aspecto: “La fidelidad. Es muy importante, de allí se desprende la confianza, y si esta falta, no hay unión que sobreviva. Ahorita mismo él está de viaje, y me llama varias veces al día, me dice que me extraña, que quiere verme. Es muy cariñoso conmigo. Si tenemos un cruce de palabras, al rato viene y se me acerca, y me dice: ‘Perdóname’ y me da un beso. Y yo hago lo mismo. Eso es muy importante. El amor sí se transforma con el paso
del tiempo, y aunque ya no es esa locura de cuando estás recién enamorado,
la pasión siempre está allí, si no, no tendría sentido estar casados”.
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