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Rolling Stones
vivitos y rodando
Fedosy Santaella Kruk
El legendario grupo celebra sus 40 años
de existencia con una larga gira y un álbum doble, Forty
Licks, que contiene 36 éxitos y cuatro canciones nuevas.
Un mapa de barrancas, quizás.
Un mapa de barrancos, también. Así se les puso la
cara y el cuerpo de tanto rodar por una vía repleta de excesos,
miles de horas de estudio y conciertos. Sin embargo, da la impresión
de que los Rolling Stones van a ser muchachones para siempre. En
1987, en el diario The Sun, Keith Richards declaró
que Jagger "debería dejar de querer ser como Peter Pan
y crecer". Y alguien dijo en cierta ocasión: "esos
tipos como que le vendieron su alma al diablo". Pues no, ellos
no venden su alma, porque ellos son el diablo mismo, eterno, gozón,
artista rebelde y supremo mercader. Ese diablo, esa máquina
infernal, ese monstruo del espectáculo y del mejor Rock and
Roll del mundo está sobre la vía una vez más.
Quizás porque les hacía falta, quizás porque
el dinero no crece en los árboles. Ya era hora de volver.
En 1999, hicieron una pequeña gira europea, pero la vuelta
grande más reciente la dieron en 1994, con Voodoo Lounge
Tour.
Aquella vieja disputa de 1987 entre Richards y Jagger, que amenazó
con acabar a la banda, hace tiempo que pasó al bien gracias;
ahora, en 2002, los Rolling están una vez más sobre
el escenario. Allí está el dúo dinámico
(ambos de 59 años) y los otros dos eternos mefistófeles:
el impertérrito Charlie Watts en la batería, con 61
años, y Ron Wood, de 55, en el bajo, el último en
entrar al grupo (1975), y el último también en dejar
la bebida.
Se
trata de sus 40 años de existencia, de una gran gira que
ocupará los territorios de América y Europa. Los Rolling
Stones pretenden -o retan- la eternidad. Su careo se establece en
el escenario, en un ritual que los devuelve al tiempo originario,
quizás a 1960, cuando rebosantes de sangre joven, decidieron
llamarse como una canción de Muddy Waters. Lo de aquellos
chicos era el blues, esa música que derivaría en el
Rock and Roll que hoy defienden contra todo pronóstico de
defunción. A los recién fundados Rolling Stones no
les iban las inocencias para quinceañeras gringas de aquellos
muchachos provincianos llamados The Beatles. Lo de ellos era el
blues de los negros. Blanquitos londinenses de barrio sentían
la vida como negros americanos tocando tristeza alegre, tristeza
negra. Los Rolling querían rodar, y hasta ahora no se han
traicionado. Forty Licks se llama esta nueva rodada, un largo
tour acompañado de un álbum doble con el mismo nombre,
que contiene 36 éxitos y cuatro canciones nuevas. Mucha diversión
y mucha tentación. Aunque Jagger es vegetariano y no se ha
emborrachado en años, y el resto de la banda dice andar derechito,
no podemos olvidar aquel comentario, lapidario, de Richards en 1977:
"Hago grandes esfuerzos por dejar la droga, pero cada vez que
el grupo sale de gira empiezo de nuevo". ¿Pero cómo
no salir de gira otra vez? La jarana será por amor al arte,
pero también por amor al dinero (Voodoo Lounge Tour
produjo más de 120 millones de dólares). El escritor
Martin Amis sentenció que Mick Jagger era "el menos
sendentario de los millonarios"; podríamos parafrasear
ampliando el espectro: los Stones son los menos sendentarios de
los millonarios. Allí están, sobre el escenario: uno
le pellizca una nalga al otro, aquel se fuma un cigarrillo, éste
le da a las baquetas con un desgano genial que da envidia, y más
acá se abre una bocota que con euforia vomita temas jamás
tocados en concierto como She Smiled Sweetly y Can't You Hear
Me Knocking, la rareza Stray Cat Blues, homenajes al
blues como Manish Boy, del mismísimo Muddy Waters,
y los clásicos Star me up, Honky Tonk Women y Jumpin'
Jack Flash. Se divierten, tocan con ganas y lo que les da la
gana, incluso, en algunos conciertos han dejado a un lado una "impelable"
como (I Can't Get No) Satisfaction.
Y es que están vivos, y es un milagro, tal como dijo Juan
Villoro, un "milagro genético". Aquí decimos,
con más desparpajo: hierba mala nunca muere.
fedosy@hotmail.com
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