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En un país inmaduro, cortoplacista
y machista como Venezuela, una mujer después de los treinta
años es una vieja, un cartucho quemado, una señorona.
Presumo que por absurdas razones históricas, para las
latinas la edad siempre ha sido un tabú, y mientras más
tiempo logran ocultar su fecha de nacimiento del escrutinio ajeno,
mucho mejor. Sin embargo, en otras latitudes del planeta, la edad
es un plus interesante para una mujer dotada de atractivos, ambiciones
e ilusiones francas y frescas. Yo prefiero, claro, la tesis que
conjetura que el sex appeal femenino sobrevive sin aprietos los
estragos de las dos primeras décadas de excesos, por ser
mucho más longevo de lo que en tierras tropicales presuponemos.
Una actriz, una periodista, una escritora,
una empresaria, una escultora, una locutora, una mujer, sea cual
sea su ocupación, cumplidos los treinta, los cuarenta, o
incluso los cincuenta o los sesenta años, vive momentos de
esplendor profesional y personal, que le garantizan el ejercicio
de sus talentos vocacionales con enfoque, temple y una privilegiada
puntería.
Conozco a una periodista cabal, guapa y responsable,
amén de brillante en el ejercicio de su profesión,
que un día me contó en tono victimizado, cómo
a sus cuarenta y dos años había sido rechazada de
un par de empleos por ser considerada una vieja. Visualizarme a
mí misma en una situación similar, me dio vértigo
y después de darle muchas vueltas a la cabeza recordé
una de las máximas inalterables de mi pensamiento: no importa
lo que el mundo piense de ti, lo que te hace singular e indispensable
en el monopolio de la vida, es lo que tú eres capaz de pensar
acerca de los demás.
En mi caso, haber superado la barrera de los
treinta, sumar a mi experiencia vital tres décadas cargadas
de consecuente sentido del riesgo y la aventura, siempre con visión
manipuladora y ambición sincera, me encanta. Sin embargo,
todavía no me acostumbro a que en la calle me digan señora:
les confieso que el sonido de este sustantivo es un balazo directo
a mi corazón. Mi esquema mental siempre ha sido una descarada
apología a los placeres y los valores de la adolescencia
y aunque en el fondo me gustaría ser joven eternamente, estoy
en capacidad de reconocer que el calificativo “señora”
me problematiza por complejos absurdos e insustanciales de los que
no me salvo. Es necesario reconocerlo, de uno u otro modo, todos
terminamos siendo presa de los clichés, de una sociedad que
jerarquiza los valores de un modo inversamente proporcional al idóneo.
Hoy transito un ciclo de crecimiento y de
autorreconocimiento que me ha permitido multiplicar mis poderes
subliminales y mi olfato femenino. Una mujer vital, proactiva, solidaria
con los preceptos de la modernidad y en sintonía con los
modelos de vida más permeables, mutables, liberales y cosmopolita
del esquema social, es más sexy a los treinta que a ninguna
otra edad. Es suficientemente atractiva y lozana como para encandilar
a cualquiera, y suficientemente adulta como para enredarte en cualquier
laberinto de pasiones. Cada historia es un mundo, y cada caso un
enigma único, pero definitivamente las personas jóvenes
con buen talante y patas de gallo, son muy sexys.
Hoy tengo una conciencia de mi cuerpo, de
mis emociones y de mis ideales que no tenía a los dieciocho.
La experiencia acumulada puede dar risa o dar caspa pero en el escalafón
humano constituye un valor irremplazable. No subestimo las bondades
de ningún momento histórico, porque por defecto o
por exceso, el sentido de la vida tiene que ver con el punto de
vista y no con los datos cronológicos de tu ficha de nacimiento.
Transitar la vida encaramada en mis tacones de aguja después
de haber amado, sufrido y parido, tiene un valor erótico
determinante y multiplicador. Por eso, a pesar de mis conflictos
con las condenas del tiempo, sé que los años que tengo
me embellecen y me reconfortan. l
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